Mi adiós a Kabul
Kabul -- Varias semanas antes de dejar mi puesto como jefa de la oficina de Kabul, soñé que el aceite de oliva podría ser la poco probable solución para mi insomnio.
En el sueño entraba en un supermercado orgánico de la capital afgana, como una versión minimalista de un Whole Foods Market, pero rodeado de muros de concreto y alambre de púas.
Un alto funcionario de Naciones Unidas que cortaba col rizada compartía conmigo el aceite de oliva como remedio para mi insomnio crónico.
Y entonces... ¡chan! Ya estaba despierta de nuevo.
Pero al menos, por una vez, no había soñado con un ataque suicida.

Mi lucha con el sueño no era inusual teniendo en cuenta dónde estaba.
Llegué a la capital afgana en agosto de 2017, menos de tres meses después de que un enorme camión bomba explotara a unos cientos de metros de donde entonces quedaba la oficina de AFP.
La explosión mató a más de 150 personas e hirió a muchas más, pero milagrosamente mis colegas de la agencia resultaron ilesos.
Fue el ataque más letal en Kabul desde el inicio de la guerra en 2001 y un sombrío augurio de lo que vendría durante mi estadía laboral de 18 meses, que se superpondría con la fase más sangrienta del conflicto hasta el momento.

Me habían informado sobre los riesgos de trabajar en Afganistán.
Tal como se les pide a todos los periodistas de AFP antes de ir a una zona de conflicto, tuve un entrenamiento sobre trabajo en ambientes hostiles en el que aprendí, entre otras cosas, cómo hacer un torniquete para impedir que alguien se desangre hasta morir o, mi favorito, cómo derribar a un atacante clavándole un lápiz en el ojo.
La guerra de Afganistán era casi tan larga como mi carrera periodística y yo había seguido durante mucho tiempo el conflicto, pero nunca había estado allí.
Estaba nerviosa por ir, pero sobre todo me sentía muy emocionada.

Kabul es una ciudad fuertemente militarizada, desfigurada por muros que protegen a los edificios de autos bomba, pero que también hacen que muchas calles luzcan idénticas.
Por donde mires hay vehículos blindados equipados con armas y soldados o policías cargando metralletas AK-47s mientras patrullan las calles o cachean personas, en lo que debe ser uno de los trabajos más peligrosos del mundo.
Y las conversaciones son a menudo interrumpidas por el sonido de los helicópteros Black Hawk y Chinook sobrevolando.
Pero lo más asombroso es cómo los afganos continúan con sus vidas diarias a pesar de la constante amenaza de violencia letal: llevan a sus hijos a la escuela, conducen al trabajo, van de compras, venden frutas en las calles, se juntan con amigos a tomar café, se casan.

Tras cuatro décadas de guerra, Kabul es aún una ciudad en funcionamiento, incluso cosmopolita desde el punto de vista de algunos afganos que viven en localidades más pequeñas que no tienen restaurantes o centros comerciales.
Pero está lejos de lo normal.

Mi vida en Kabul fue frecuentemente interrumpida por el sonido o la noticia de una explosión, generalmente resultado de un atacante suicida que se hizo volar por los aires en las afueras de un establecimiento gubernamental o internacional, una bomba conectada a un vehículo, o un militante lanzando granadas de mano a un punto de control de seguridad.
Esos ataques son a menudo reivindicados por talibanes o su rival, más pequeño pero no menos peligroso, el grupo Estado Islámico.

Durante mis primeros meses trabajando aquí, el sonido de una explosión hacía que me temblaran las manos y aceleraba mi ritmo cardíaco, en particular si había ocurrido en un lugar donde yo sabía que el número de víctimas sería alto, como una mezquita o una sala de bodas.
A veces, como cuando una ambulancia cargada con explosivos detonó en una concurrida calle comercial en el centro de Kabul matando a más de 100 personas, la oficina de AFP literalmente se sacudía por las ondas de choque.
Pero con el tiempo prácticamente me acostumbré a las explosiones y, lamentablemente, a escribir sobre ellas casi como una rutina, al punto que encontrar nuevos adjetivos y frases para describir la violencia y la carnicería era todo un desafío.

La muerte nunca está lejos en Afganistán y yo tuve un par de acercamientos.
Uno de ellos me encontró en una conferencia en el hotel Intercontinental, un lugar emblemático de Kabul, varias horas antes de que fuera atacado por talibanes.
Más tarde se supo que algunos de los atacantes se registraron en el hotel y que probablemente estaban en sus habitaciones mientras yo permanecía sentada en un salón de actos de la planta baja escuchando discursos.
Recién unos días más tarde me di cuenta de lo físicamente cerca que había estado de personas que me habrían matado ante la más mínima oportunidad; de hecho, los atacantes habían ido de habitación en habitación buscando extranjeros.
Inevitablemente, la guerra y la miseria que causa dominaron nuestra cobertura de Afganistán. Pero ningún país es unidimensional y siempre busqué historias que mostraran un lado diferente, uno donde la belleza y la alegría aún existían.

Entre mis mejores recuerdos allí están las caminatas con un grupo de niñas y mujeres afganas en las áridas montañas que rodean Kabul para una historia sobre corredoras femeninas o entrevistar a un concursante afgano de un show de talentos cuya extraña semejanza con el primer ministro canadiense Justin Trudeau lo había vuelto popular.
Y nunca olvidaré estar sentada en el techo de una mezquita en la ciudad occidental de Herat viendo la puesta de sol sobre la antigua Ciudadela después de entrevistar a uno de los últimos sopladores de vidrio del país.
A pesar del constante derramamiento de sangre, parecía poder distanciarme de la miseria. Era algo que les sucedía a otras personas, no a mí, no a las personas cercanas a mí.

Eso cambió el 30 de abril de 2018.
Tengo un recuerdo visceral del momento en el que recibí la llamada telefónica de un colega angustiado diciéndome: “Perdimos a Marai”, el jefe de fotografía de AFP que acababa de ser asesinado junto con otros ocho periodistas en un ataque con dos bombas en Kabul.
Recuerdo que fui a la morgue con el chofer de AFP Mohammad Akhtar, sentada en el asiento trasero porque soy mujer, e inclinándome para tomar su hombro, diciéndole que todo estaría bien.
No lo estaba. Marai se había ido. Y el mismo Akhtar fue asesinado en un ataque suicida menos de tres meses después.


La morgue era un caos. El personal estaba tan abrumado por la cantidad de cadáveres que llegaban desde la escena del ataque que alinearon las bolsas negras afuera, en la carretera asfaltada.
Más inquietante aún era la familiaridad de las personas con el proceso de identificar los cuerpos de colegas o seres queridos. Claramente lo habían hecho antes, posiblemente muchas veces.

Las trágicas muertes de Marai y Akhtar, que se produjeron cuatro años después de que el reportero de la AFP Sardar Ahmad fuera asesinado en un ataque talibán en el hotel Serena de Kabul, nos afectaron a todos en la oficina. Pero el apoyo inquebrantable de nuestros colegas de AFP, particularmente en Islamabad y Hong Kong, nos ayudó en esos días oscuros.

Me sorprendió la resistencia y el profesionalismo de mis colegas de Kabul que, a pesar de la profundidad de su dolor, se las arreglaban para cuidarse entre sí y seguir siendo productivos.
En los últimos meses un poco de alegría regresó a la oficina.
El jefe de fotografía, Wakil Kohsar, anunció el nacimiento de su primer hijo y el videasta Rateb Noori está planeando su boda con entusiasmo.
Incluso en la guerra, la vida continúa.

Antes de salir de Afganistán, alguien me preguntó qué había aprendido de mi experiencia allí.
En ese momento me pareció una pregunta extraña y no supe cómo responder. Pero al reflexionar, se destacan dos cosas.
Una es la importancia de celebrar las alegrías de la vida, sin importar cuán grandes o pequeñas sean. Nunca sabemos cuándo podrían ser las últimas.
Y la otra es el valor de una buena noche de sueño.
