Vista aérea de la carretera Transamazonica (BR-230) cerca de Medicilandia, Estado de Pará, Brasil el 13 de marzo de 2019 (AFP / Mauro Pimentel)

Las aventuras de 'Pie Roto' en el Amazonas

Altamira -- Después de cinco años como periodista de video en Sudamérica he encontrado que una sana dosis de humor es esencial para el trabajo. Ayuda a digerir temas "pesados" como conflictos, desastres y asuntos políticos,  y con frecuencia también a superar misiones de sueños que se salen de control por un pequeño desliz.

La primera vez que me caí en el Amazonas supe que tenía los tobillos débiles. Eso fue hace dos años. Nos habíamos apresurado a regresar a nuestros botes después de grabar a un pescador atrapando una arapaima gigante (¡un pescado de 200 kilógramos!) en un lago.

Pescador encuentra en su red un cocodrilo vivo de 2,5 metros en la región amazónica occidental, el 20 de septiembre de 2017 (AFP / Carl De Souza)
Pescadores arrastran a un muelle un arapaima en la región amazónica occidental cerca de Volta do Bucho, en la Reserva de Ituxi, el 20 de septiembre de 2017. (AFP / Carl De Souza)

 

En un momento caminaba alegremente y al siguiente estaba postrado en el suelo. El resto del viaje mi compañero fotógrafo cargó amablemente mi trípode.

Después me caí otra vez en mi segundo viaje a la región de las historias. Había ido con mis colegas de foto y texto al pueblo remoto de Altamira, en el norte de Brasil, para hacer un reporte sobre el derecho de los indígenas a la tierra y la deforestación ilegal. Esta vez pensé que estaba preparado: botas de excursión reforzadas, maletas  mejor escogidas y dos años de conocimientos.

Estaba equivocado.

Cinco minutos después de desembarcar en la tierra de los indígenas arara, a donde llegamos tras cuatro horas en bote desde Altamira, grababa a los locales bajando de un pequeño bote. Habían descargado unos monos muertos que traían para cocinar. Curioso por este tema novedoso me apresuré a grabar diferentes ángulos para obtener una buena secuencia. Escuché un crujido, me pregunté si sería mi rodilla, caí en el lodo. Mis colegas me ayudaron y recogieron mi cámara. Me di cuenta de que seguía filmando con la cámara señalándome directamente en el momento de mi caída.

Manos ansiosas me ayudaron a subir el terraplén para sentarme bajo un árbol hasta que nuestro guía llegó con una motocicleta para llevarme a una clínica local. 

Un motociclista recorre una carretera hacia Altamira, estado de Para en Brasil, el 10 de marzo de 2019 (AFP / Mauro Pimentel)

Como otras tribus del Amazonas, los arara mezclan lo tradicional y lo moderno. Su ciudad tiene una escuela y clínica de gobieno, los jóvenes miran videos musicales en sus teléfonos, aunque también les encanta ir de cacería juntos. Un generador eléctrico proporciona electricidad por cerca de tres hora en la noche. La mayoría se viste al estilo occidental, pero algunos llevan plumas de loro en la cabeza.

Un hombre indígena Arara recoge bananas cerca del campamento tribal de Laranjal, en estado de Pará, en la selva amazónica del norte de Brasil, el 14 de marzo de 2019. (AFP / Mauro Pimentel)

Los locales estaban orgullosos de su clínica, donde una enfermera del gobierno vive las 24 horas del día. Pero la mujer no tenía hielo, ese efectivo remedio para los tobillos torcidos. Así que puso algo de agua helada en un guante quirúrgico de latex que sostuve en mi pie. Siempre había niños curiosos al rededor. Más tarde  jugaba tirándoles el guante lleno de agua. Había gritos y risas.

Esa noche descubrí que vinieron con un nombre para mí: "Pe Quebrado", que quiere decir pie roto en portugués. "Dónde está el Pie Roto", preguntaban a mis colegas si yo desaparecía por un minuto.

Por suerte me lastimé al final del viaje. La visita a su comunidad era el último tramo. El trabajo siguió siendo complicado, es difícil dar saltitos mientra sostienes una cámara y un trípode. Seguimos a un anciano dentro del bosque en su camino a cortar bananas. Irremediablemente me quedé atrás. En un punto conseguí un pequeño ayudante entre los niños. 

Niños indígenas de Arara juegan en la aldea de Laranjal, en el estado de Pará, en la selva amazónica del norte de Brasil, el 14 de marzo de 2019. (AFP / Mauro Pimentel)

En la tarde hubo una conmoción. Estábamos hablando tranquilamente con la enfermera en la clínica, cuando todo el pueblo se precipitó hacia los árboles. Cada persona en una dirección diferente. Los hombres corrieron con lanzas y armas en las manos. Se veían excitados. Mis colegas siguieron a un grupo. Maldiciéndome de nuevo por haberme caído decidí dar brincos hacia el camino esperando encontrarme con algunos de regreso. Mientras tanto grabaría la belleza del bosque. 

Mi esperanza se evaporó cuando vi numerosas arterias que serpenteaban del camino principal. ¿Cómo sabría cual tomar? Sintiendo lástima por mí, me preparé para grabar de cerca una mariposa, un coco colgando de una palmera y la luz del sol cayendo a través del follaje.

Un mono es visto dentro de una casa tradicional Arara, en el estado de Pará en Brasil, el 13 de mayo de 2019 (AFP / Mauro Pimentel)

Un poco después escuché voces y pasos acelerados de regreso en el camino principal. Los hombres estaban regresando con las manos vacías, extrañamente estaban contentos. Unos minutos después los seguían las mujeres y los niños llevando pedazos de un cadáver de jabalí. Amplías sonrisas. Dos mujeres equlibraban un tubo sobre sus hombros, delante y detrás, con un trozo de carne colgando. Un niño que traía una pierna me sonrió.

Nos ofrecieron un corte de su cacería, aunque debido a un malentendido acabamos sin carne, y aún se me hace agua la boca pensando en ese jabalí.

Los indígenas arara viajan en un barco de regreso al campamento tribal de Laranjal, en el estado de Pará, en la selva amazónica del norte de Brasil, el 15 de marzo de 2019 (AFP / Mauro Pimentel)

Unos días más tarde, luego de cuatro horas de viaje en bote y tres vuelos en avión, llegué a mi casa en Sao Paulo. Bajo la insistencia de mis jefes fui al doctor para revisarme el pie y pude conocer el intrincado sistema de salud de Brasil, pero esa historia la dejo para otro día. 

El doctor Roque dijo que me había torcido el tobillo y fracturado el hueso donde la pierna y el talón se unen. Aunque, no debió ser demasiado serio porque el buen médico me mandó de regreso al trabajo. Ni siquiera me despidió.

La caída ocurrió al final de la misión, después de que había grabado las principales entrevistas e imágenes de la impresionante escala de deforestación del Amazonas. Esto no afectó mi trabajo en esa historia en particular. Pero lo perjudicó al final en la comunidad porque no obtuve todas las imágenes y entrevistas que quería. Por otro lado, me ayudó a conectarme mejor con personas cuyas lenguas no hablo. Los niños corrían lejos y lloraban cuando veían a un tipo extranjero con su gran cámara. Creo que el hecho de que me haya herido nos recordó a todos que somos iguales.

Vista aérea de la primera etapa de la construcción de la represa de la Central Hidroeléctrica de Belo Monte, en un sitio llamado Power House en el río Xingu cerca de Altamira, estado de Pará, Brasil, el 30 de mayo de 2012. (AFP / Evaristo Sa)
Johannes Myburgh