(AFP / Ahmad Muwafaq)

Después de la guerra

Mosul -  “Hay familias viviendo en este callejón”. Esas palabras, en árabe, se leen pintadas en rojo, negro y azul sobre un lienzo andrajoso que cuelga en una calle sin salida que da a una avenida principal en Mosul, Irak.

El callejón luce como cualquier cosa menos un lugar donde vivir, con agujeros de bala en las paredes casi dos años después del final de la batalla, y con aguas servidas gorgoteando a través del pavimento agrietado.

El cartel, dicen mis colegas de la AFP, se colgó para avisar a grupos de ayuda de la existencia de residentes en ese laberinto del oeste de Mosul.

"Hay familias viviendo en este callejón" dice en árabe este carte colgado en el este de Mosul, en febrero de 2019 (Photo courtesy of Maya Gebeily)

Es mi primera vez en esta ciudad del norte de Irak desde una breve misión para la AFP en octubre de 2016, cuando el ejército iraquí llevaba adelante una mortal ofensiva contra el grupo yihadista Estado Islámico (EI).

Esa lucha duró nueve meses brutales, sangrientos, pero su objetivo fue finalmente alcanzado, bajo una minuciosa cobertura de medios de todo el mundo.

Lo que observé tras unos pocos días en el Mosul post EI, y en su gemela ciudad siria de Raqa semanas después, es que lo que viene después es infinitamente más complejo de explicar y reportar con fidelidad.

No hay estrategia “paso a paso” para reconstruir el espíritu de una ciudad. No hay centro de comando y control unificado. En general, ni siquiera está claro cómo se supone que debe lucir la victoria o cuándo puede declararse.

Pero así como cubrimos cada aspecto de la lucha militar, debemos proveer un testimonio cuidadoso y apasionado de las ciudades y sociedades que se levantan de una guerra.

Vista general de la Ciudad Vieja de Mosul, el 8 de enero de 2018 (AFP / Ahmad Al-Rubaye)

En una fría mañana de febrero, entramos a Mosul desde el este, que quedó más intacto que el oeste por la mitad del rio Tigris.

Algunas áreas me eran inmediatamente familiares: la intersección de una autopista que había sido muy peligrosa de cruzar porque militantes del EI luchaban desde un cementerio cercano; un campo donde médicos extranjeros habían curado las heridas de civiles y soldados iraquíes; una franja entre dos barrios donde, durante mi misión de 2016, había visto un cuerpo anónimo hundirse día tras día en el agua lodosa hasta quedar completamente sumergido.

Ahora, una ruta pavimentada y con semáforos atravesaba el área. ¿Cuánto más, cuántos más, yacen debajo del asfalto fresco?

Después de reportear desde una clínica de Médicos Sin Fronteras, paramos en un restorán familiar para un almuerzo tardío. Desde allí, caminamos a través de un mercado abarrotado hasta la mezquita Nabi Yunus, que el EI saqueó y destruyó cuando invadió la ciudad en 2014.

Los escalones que conducían a su patio estaban llenos de jóvenes y parejas que disfrutaban la tarde invernal. Gran parte del este era así: monumentos que atestiguaron una atrocidad mundialmente infame, empapeladas con escenas de normalidad.

Ese velo no existía en el oeste.

Los restos de la mezquita Al Nuri y su minarete inclinado en Mosul, el 16 de diciembre de 2018 (AFP / Zaid Al-obeidi)

El oeste era hogar del patrimonio más antiguo de la ciudad, su célebre museo, su antiguo alminar inclinado y la mezquita Al Nuri adyacente, donde en 2014 el jefe del EI Abu Bakr Al Bagdadi se ungió como "califa" de franjas de Siria e Irak.

El oeste también es donde el EI mantuvo su última resistencia en Mosul, golpeado fuertemente por las fuerzas de seguridad iraquíes. No cubrí esa etapa de la ofensiva, pero mis colegas de la AFP y decenas de otros medios documentaron la ferocidad de esos últimos días.

Cruzando el río Tigris por un puente de metal, nos acercamos a la orilla oeste. Me tomó un momento darme cuenta de que las pequeñas montañas en el otro lado no eran en realidad basura apilada, sino restos de casas, tiendas y mezquitas, reducidos a escombros.

Fue una introducción adecuada al resto del oeste: amplias calles llenas de edificios pulverizados, divididos por lotes vacíos cuyas estructuras habían sido totalmente arrasadas. Casi dos años después de la recaptura de la ciudad, las excavadoras y las grúas todavía derribaban cosas, borrándolas de la memoria, en lugar de reconstruirlas.

Un iraquí camina entre los escombros de un edificio en Mosul, el 13 de enero de 2019 (AFP / Zaid Al-Obeidi)

Una de esas estructuras era la Compañía Nacional de Seguros, desde cuyo techo el EI arrojó a hombres acusados de ser homosexuales. El edificio era un ícono de la arquitectura moderna en Mosul, y hubo un gran debate sobre si su carcasa debería permanecer erguida.

Les pregunté a mis colegas de Mosul, con quienes viajaba, si pensaban que era importante transformar el edificio en un monumento para las víctimas del EI.

"Por supuesto. Tenemos que recordar todo lo que sucedió aquí", contestó con entusiasmo uno de los que había vivido durante unos meses en el Mosul gobernado por el EI, y luego escapó a Bagdad.

Después de una larga pausa, mi segundo colega murmuró un "no". Había pasado los tres años de gobierno del EI en Mosul. "Cada signo de ellos, todo lo que hicieron, debe ser borrado", opinó.

Una estructura en Mosul, fotografiada en febrero de 2019 (Cortesía de Maya Gebeily)

Continuamos en silencio y llegamos a lo que quedaba de la mezquita Al Nuri, lugar de nacimiento del "califato". El sitio aún no había sido autorizado para visitas, y un miembro de las fuerzas de seguridad nos miró con recelo cuando descendíamos del automóvil.

La puerta ornamentada que conducía al patio de la mezquita estaba llena de agujeros de bala y mostraba otra pancarta de lona caída que, en inglés, prometía la rehabilitación del sitio. Entré en el patio para admirar la mezquita y su cúpula azul verdosa. Estaba plagada de huecos y podía ver todo su interior. "A la mierda ISIS", había pintado alguien con aerosol en un rincón, otra vez en inglés.

Me pregunté dónde se habría parado exactamente Bagdadi cuando hizo su primera aparición en 2014, y el inimaginable efecto de sus palabras. Pensé en las sociedades que habían destruido, en las infancias condenadas a los campamentos de desplazados, en el efecto de observar tantas decapitaciones y azotes.

No me considero supersticiosa, pero la energía alrededor de Al Nuri solo desprende maldad. Como si hubiera dado a luz algo venenoso y todavía se pudriera por dentro. Al igual que el sitio, a pesar de sus siglos de historia, no pudo sacudirse el legado de depravación que el EI le impuso.

Los restos del minarete inclinado Al Hadba en Mosul, el 9 de julio de 2018 (AFP / Zaid Al-obeidi)

Al volver por la orilla del río, pasamos por fachadas de tiendas quemadas, rotas y abandonadas, como hileras de dientes llenos de caries. En medio, un comercio exhibía artículos para el hogar en venta (jarras de plástico, limpiavidrios y trapeadores) que parecía impensable que alguien que viviera entre tales escombros estuviera dispuesto a comprar en ese momento.

Inmediatamente me acordé de una escena del este de Mosul en 2016, donde las familias que optaban por desafiar la ofensiva en lugar de huir a los campamentos de desplazados barrían sus escalinatas delanteras mientras los morteros se estrellaban contra ellas. ¿Un gesto de desafío? ¿Locura? ¿Normalidad?

Encuentro de artistas en Mosul, en febrero de 2019 (Cortesía de Maya Gebeily)

También había vida en un ala del museo de Mosul, donde artistas exhibían pinturas y esculturas sobre el tema del "retorno". Entre los asistentes se encontraban un hombre ciego de Moslawi y su madre, quienes habían sobrevivido años bajo el EI escuchando  una estación de radio subterránea llamada Radio Mosul.

Los presentadores de la estación y algunos cantantes también estaban en la exhibición, y la alegría total del hombre por escuchar y reconocer sus voces en vivo casi canceló el efecto de la densa energía de Al Nuri. Casi.

Días después de mi viaje a Mosul, AFP me envió en misión al este de Siria, donde las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) respaldadas por Estados Unidos estaban atacando el último bolsón de territorio del EI, una pequeña ciudad llamada Baghuz.

Cubrimos el éxodo de civiles, los combatientes extranjeros en detención y las preocupaciones humanitarias en los campamentos de desplazados durante dos semanas y estábamos listos para regresar a casa, pero primero queríamos echar una mirada a Raqa.

El Estado Islámico había reclamado a Raqa como su capital siria de facto durante varios años, haciendo alarde de su implementación de la ley islámica (sharía) allí y llevando a cabo ejecuciones en masa en la plaza Al Naim.

La plaza Al Naim de Raqa, parcialmente renovada, el 14 de febrero de 2019 (AFP / Bulent Kilic)

Mis colegas y yo pasamos un mes en 2017 cubriendo la batalla de las FDS para tomar el control de la ciudad, una ofensiva respaldada por feroces ataques aéreos de la coalición liderada por Estados Unidos que habían convertido a Raqa en un desierto monocromático, vacío de residentes.

Todo ese mes de cobertura se estaba acumulando en un solo momento, el fin del gobierno del EI en su capital siria. Era, en lo que se refería al mundo, una ciudad de una sola historia.

Al regresar en febrero, encontré otra ciudad de una sola historia. Solo la planta baja de la mayoría de los edificios eran casas o tiendas funcionales, ya que los residentes tenían los medios para limpiar un solo piso de las minas que el EI había dejado atrás. Allí reabrieron tiendas de ropa o de materiales de construcción, restaurantes que servían fiambres y anillos de falafel crujientes.

Pero todo lo que estaba encima permanecía como una precaria maraña de hormigón que amenazaba con colapsar en cualquier momento. Como en Mosul, las excavadoras aún se utilizaban para derribar edificios y sacar cadáveres podridos. Y al igual que la división de Mosul entre el este y el oeste, lo antiguo y lo nuevo, Raqa se dividió esquizofrénicamente entre sus pisos bajos y altos.

Pequeño mercado en Raqa, el 14 de abril de 2019 (AFP / Delil Souleiman)

Volver me trajo algunas reuniones surrealistas.

En 2017, mis colegas y yo habíamos entrevistado a miembros del Consejo Civil de Raqa, una especie de municipio en el exilio que se basaba más al norte, ya que la batalla por su ciudad natal aún estaba en su apogeo. Desde allí, se prepararon para gobernar la ciudad tan pronto como fuera recapturada de manos del EI.

Ahora estaban basados ​​en un complejo de hormigón dentro de Raqa, y me encontré con uno de los funcionarios de prensa del consejo, Mohamed. Había estado un poco distante en 2017, y eso, junto con sus ojos increíblemente azules, no había cambiado.

Pero todo a su alrededor parecía haberse endurecido. Las arrugas en su frente, los pliegues alrededor de su boca. El optimismo sin aliento con el que había discutido sobre la reconstrucción de su Raqa natal se había ido, reemplazado por una realista frialdad burocrática.

Un niño con su padre en Raqa, el 14 de febrero de 2019 (AFP / Bulent Kilic)

"Felicidades. Es genial verte en la ciudad ahora en lugar de en Ain Issa. ¿Cómo están las cosas?", pregunté con una sonrisa mientras me acercaba a su enorme escritorio para estrechar su mano.

"Mucho trabajo. Bienvenida de nuevo", dijo secamente, gesticulando hacia una pila de papeles.

También estaba Ahmad, un flaco oficial de prensa de las FDS que nos había acompañado regularmente para encajar en su Raqa natal. Desde entonces se había mudado a la ciudad con su esposa y trabajaba con periodistas extranjeros que cubrían Baghuz. Había cambiado su uniforme militar por un suéter y unos vaqueros.

"¿Estás esperando el final de la batalla? Has trabajado en cosas relacionadas con Daesh durante tanto tiempo", le pregunté después de un abrazo.

"Estamos cansados de la guerra. Pero de todos modos era nuestro medio de vida", se encogió de hombros. "Cuando terminen las batallas, cuando los periodistas se vayan, ya no sé en qué trabajaré".

Raqa y Mosul son ciudades antiguas e inmensamente ricas. A lo largo de su historia, han cambiado de manos tal vez decenas de veces, y el gobierno del EI es solo el episodio más reciente. Pero las destruyó y finalmente las definió, gracias al poderío militar moderno y al ciclo de noticias de 24 horas.

Como corresponsales en tiempos de guerra, contamos el número de ataques aéreos y coches bomba en una mañana determinada, los barrios retomados y el balance creciente de muertos. Vimos una bandera derribada y reemplazada por otra. Contamos las historias de familias que huían, y la infraestructura colapsada.

Dos iraquíes que perdieron miembros durante el conflicto, el 16 de enero de 2018 (AFP / Safin Hamed)

Pero, ¿cómo podemos cubrir fielmente el intento de resurrección de una ciudad? ¿Cómo medimos si las familias de Mosul confían entre sí de nuevo? ¿Son suficientes algunas horas en Raqa para saber si los sirios se sienten seguros en el antiguo bastión yihadista?

Si realmente nos importa que la historia sea correcta, debemos sumergirnos en la ambigüedad y la dirección sin rumbo de sus consecuencias.

Debemos cubrir el complicado asunto del resurgimiento civil con tanta dedicación como seguimos el control militar, porque, en lo que respecta a los residentes de Mosul y Raqa, la batalla no ha terminado.

Estudiantes iraquíes, en Mosul, el 28 de noviembre de 2018 (AFP / Zaid Al-Obeidi)

 

Maya Gebeily