Una coronación frustrante
Bangkok - A principios de mayo, Tailandia vivió un evento que no se repetía desde hace 70 años: la coronación de un rey. Una ceremonia digna de la pompa de la corte de Versalles, con sus propios códigos ancestrales que mezclan ritos budistas e hindúes.

Era una coronación que debía cubrir intentando que el lector la viviera al máximo. Pero no más. En la tierra de la lesa-majestad (delito de lesión o agravio contra la realeza), es imposible descifrar la monarquía tailandesa y mucho menos criticarla, bajo pena de acabar tras las rejas.
Una vez, una persona fue encarcelada porque publicó en Facebook comentarios que fueron considerados insultos para el perro del difunto rey.
Y no hay licencias para un corresponsal extranjero.

Me lo advirtieron antes de pisar el reino.
“Hay cosas de las que nunca debe hablar: la familia real es sagrada. Tendrá que autocensurarse”, me dijo un diplomático tailandés en la embajada de Tailandia en París.
Asentí. Por ingenuidad de novata, ignorante casi total sobre el país en el que me preparaba a pasar los próximos años. Por cansancio también, ya que había pasado semanas peleando contra la burocracia para obtener la visa que me permitiría ejercer mi profesión.
Y de pronto, un año después, me toca cubrir la coronación del nuevo rey, Maha Vajiralongkorn. Aunque técnicamente accedió al trono en 2016, tras la muerte de su padre, respetó un largo período de luto antes de ser coronado de forma oficial.


Las festividades se extendieron a lo largo de tres días y se transmitieron en bucle por todas las televisiones del país.
Describí el inicio de la ceremonia a las 10:09 am, una hora elegida con el mayor cuidado por los astrólogos reales; cómo el soberano, en túnica blanca, recibió agua sagrada; cómo colocó sobre su cabeza la "Gran Corona de la Victoria", en esmalte dorado rematado con un imponente diamante indio.
Conté cómo esta coronación encendió, por primera vez, las redes sociales del país. El sostenido abrazo del monarca con su hermana mayor, quien le había hecho una afrenta al querer buscar el puesto de primera ministra para un partido opositor, un intento que frenó de inmediato.

Al día siguiente escribí sobre la gran procesión real durante la cual el soberano fue transportado por las calles de Bangkok en un palanquín dorado llevado por 16 soldados que daban 75 pasos por minuto.
También hablé de los miles de tailandeses postrados frente a él a lo largo del camino, postrándose sobre el asfalto caliente en la calurosa tarde del verano tailandés. Decenas terminaron desvaneciéndose.

Para AFP, cuatro fotógrafos y videastas siguieron la procesión desde estrados dispersos a lo largo de la ruta.
Las instrucciones para el equipo eran estrictas. Vestirse de azul marino, corbata amarilla -el color de la monarquía- y zapatos negros impecablemente pulidos. No acercarse a menos de cinco metros del monarca. No filmarlo por detrás. No pararse encima de las gradas para no quedar más alto que el rey. Inclinarse dos veces durante su pasaje.
Las imágenes del nuevo soberano, en su atuendo ceremonial cosido con hilos de oro y rodeado de más de mil soldados, son magníficas.


Y el símbolo es fuerte para los tailandeses. Probablemente nunca más tendrán la oportunidad de ver a su soberano tan de cerca. Sus apariciones en público hasta ahora han sido extremadamente raras, a diferencia de su padre, que solía viajar por las provincias del reino.
Después de escribir sobre todo esto, dejé la oficina con un sentimiento de frustración.
¿Qué piensan los tailandeses de su nuevo rey? ¿Cómo el que ha reformado la monarquía desde 2016, reforzando el control, pretende ejercer su reinado? ¿Qué posee exactamente la familia real, una de las más ricas del mundo? ¿Dónde reinará el soberano que ha estado acostumbrado durante muchos años a quedarse en Baviera, donde tiene varias residencias de lujo?
Tantas preguntas quedarán sin respuesta.
No se bromea con la lesa-majestad, punible con tres a quince años de prisión.

Desde que los militares llegaron al poder después del golpe de 2014, alrededor de 100 personas han sido procesadas por ese crimen. Aunque no se ha presentado ninguna nueva demanda en más de un año, una docena aún siguen tras las rejas.
Una “ciberpatrulla” de funcionarios, reforzada después de 2014, vigila a los internautas, mientras que grupos pro-monarquía monitorean extraoficialmente la web. El más famoso, "The Garbage Collection Organisation" ("La organización de recolección de basura"), rastrea a cualquier detractor de la realeza.
En diciembre de 2018, dos disidentes tailandeses que transmitían programas de radio anti-monarquía desde la vecina Laos, donde se habían refugiado, fueron encontrados muertos, sin vísceras y aplastados con cemento.
Otros tres, arrestados en Vietnam y supuestamente transferidos a Tailandia hace algunas semanas según varias ONG, están desaparecidos.
Las pocas veces que me atreví a hacer preguntas sobre la familia real a mis interlocutores, recibí como respuesta solo una sonrisa. La famosa sonrisa tailandesa que tan a menudo permite a quien la usa evitar una situación delicada y enmascarar su vergüenza con elegancia.
A veces mi trabajo es cercano al absurdo.


Unos días antes de su coronación, Maha Vajiralongkorn, tres veces divorciado, se casó con su compañera de mucho tiempo, una de sus exguardaespaldas. Muchas preguntas surgen sobre esta mujer, una desconocida para los tailandeses elevada ahora al rango de reina Suthida.
Pero Suthida ahora está protegida por la lesa-majestad y yo no obtendré ninguna información sobre sus orígenes y su camino. No podré confirmar siquiera su edad.

La familia real debe cultivar el misterio para sus súbditos. Esta es una de las garantías de su poder.
"Desde mi infancia, he estado condicionado a nunca dudar, a considerar a la monarquía como infalible. Nunca hablo de eso en la oficina. Ni siquiera lo hablo con mis padres o mi esposo", me dice una famosa periodista tailandesa que prefiere permanecer en el anonimato.
Otro se atreve a dudar de los méritos de la lesa-majestad en mi presencia. "No hay una definición precisa de este crimen, deja a las autoridades un margen de maniobra para interpretarlo de una manera muy amplia, a menudo contra oponentes políticos", lamenta. "Si no podemos hablar de nuestra historia pasada y presente, nuestra sociedad está condenada".

En confianza, vuelvo a mencionar la personalidad desconcertante del nuevo rey y sus supuestas aventuras, comentadas por los medios de comunicación extranjeros pero nunca en Tailandia.
"Poco importa. Esta imagen de rey caprichoso está desapareciendo a favor de una imagen sagrada y poderosa", asegura, cerrando la puerta por un instante entreabierta.
Antes de agregar: “Y tú, ¿qué sentido tiene criticar constantemente a tus líderes?” Entonces tomé una actitud muy tailandesa. Le sonreí.
