La sorpresa de Hong Kong
Hong Kong -- Son días sorpresivos en Hong Kong. La educada, confiable y estable ciudad ha asombrado al mundo al mostrar una vena rebelde y firme de una forma no vista en cinco años.

Rodeada de colinas que bordean sus rascacielos, la ciudad donde nací siempre está llena de gente, pero las personas suelen parecer muy reservadas. He vivido en mi apartamento durante casi tres años y ni siquiera conozco a quien reside al final del pasillo.

Así que cuando cerca de un millón de hongkoneses salieron a las calles el domingo 9 de junio para protestar por un proyecto de ley que autoriza las extradiciones a China continental, la escalada resultó sorprendente.
Hong Kong ha tenido grandes protestas antes. Enormes manifestaciones a favor de la democracia encabezadas por la "Revolución de los Paraguas" paralizaron hace cinco años partes de la ciudad durante varios meses.
En aquel entonces, las protestas eran como la ciudad misma: pacíficas, civilizadas, educadas. Había cientos de voluntarios que instalaron puestos de asistencia médica, para que la gente cargara sus teléfonos celulares y repartiera agua y bocadillos. Había equipos de voluntarios dando vueltas, recogiendo basura. En un momento dado, se instalaron escritorios en la carretera, para que los jóvenes pudieran estudiar mientras protestaban. Fue increíble.

Había una definitiva sensación de paz y esperanza de cambio. Pero finalmente las protestas se desvanecieron y la policía las despejó. Recuerdo la primera vez, después de esas manifestaciones, que tomé un taxi desde la oficina hasta la terminal de mi ferry. El camino había sido ocupado por los manifestantes y todavía se podían ver las pintadas y graffitis que habían hecho.
Pero poco a poco esas marcas se desvanecieron. La ciudad volvió a la normalidad.

Cuando la gente salió el 9 de junio, tomó a todos por sorpresa, pero nada indicaba que se convertiría en algo parecido a las manifestaciones de 2014. El gobierno dijo que el proyecto de ley se aprobaría según lo planeado. Volví de vacaciones al día siguiente de la manifestación y cuando pregunté a mis colegas si pensaban que sucedería algo parecido en los días siguientes fueron escépticos. Aunque las protestas continuaron aquí y allá, no había realmente signos de que se convertirían en algo enorme.
Entonces llegó el miércoles 12.

Llegué al centro con un colega y al salir de la estación de tren de Admiralty quedamos boquiabiertos. Un mar de gente llenaba la autopista, trepando sobre las bardas de hormigón que protegen a los peatones del tráfico. Por unos instantes sólo miramos la escena, asombrados.

Un océano de gente llenó las calles. Saltaban por encima de las barricadas, se daban la mano. "¡Supongo que te veré más tarde!", le grité a mi amigo fotógrafo. Se rió y nos pusimos inmediatamente en modo trabajo.
Alguien me ayudó a subir a la barda de concreto desde donde tomé mis primeras fotos. Me pasaban mil cosas por la cabeza. "No te distraigas por la magnitud de lo que ocurre", pensé. "Concéntrate en los detalles y la historia. Lleva las primeras fotos a los editores y ¡rápido!".

Después de tomar algunas fotos, usé mi cámara wifi para enviar tres de las mejores a mi teléfono, que luego sostuve en alto en el aire para captar algo de recepción y enviarlo a la mesa de edición.
Siempre es un problema transmitir en una situación así porque mucha gente está usando sus teléfonos al mismo tiempo. Mandar mis fotos fue una agonía. Una de esas primeras imágenes que envié terminó en la primera plana del Wall Street Journal al día siguiente.

El haber cubierto las protestas de los paraguas en 2014 me facilitó el trabajo en esta ocasión. Me acordé de algunos de los lugares para conseguir buenas tomas. Sabía cómo fotografiar la historia. Pero entonces las cosas empezaron a ponerse un poco salvajes.
Tanto los manifestantes como la policía parecían estar mucho más preparados esta vez. Como si cada parte hubiera aprendido las lecciones de hace cinco años.
Todos parecían saber lo que hacían... Por ejemplo, aparentemente muchos de los manifestantes llegaron al centro con boletos de metro de un solo uso. Si se usa un pase mensual, los movimientos pueden ser rastreados. Pero los billetes de un solo uso no dejan huellas. La indicación de hacerlo así se difundió en las redes sociales.

Para cuando llegué al centro, los equipos médicos ya estaban en la escena. Las barricadas se instalaron a la velocidad del rayo.
La policía también parecía más preparada. En 2014 disparó gas lacrimógeno, pero no logró dispersar a la multitud. Esto despertó en los manifestantes, en general pacíficos, un gran malestar. Al parecer los uniformados se reprimieron hasta recibir el visto bueno para despejar las autopistas.
Esta vez dispararon más de 150 rondas de gas lacrimógeno y como resultado el camino se despejó relativamente rápido.


Afortunadamente para mí, la dirección de AFP siempre pide a su personal llevar a las manifestaciones máscaras de gas y gafas protectoras. Normalmente me siento un poco bobo cargándolos. No va a pasar nada, pienso. También hice un curso de entrenamiento para trabajar en un ambiente hostil. Otra cosa a la que pensé que nunca tendría que recurrir. Pero ese miércoles, me alegré de tener equipo y conocimientos de seguridad.
Nunca había experimentado algo así. La gente corría a mi alrededor tosiendo y con agua saliendo de sus ojos. Gracias a mi máscara y a las gafas pude respirar normalmente y permanecer tranquilo. Era extraño poder respirar cuando todos a mi alrededor estaban luchando, pero yo podía trabajar e incluso ayudar a algunas personas adoloridas.

Cuando el humo se despejó, el gobierno se mantuvo firme en que no abandonaría su proyecto de ley y los manifestantes tampoco cedieron ni un ápice, llamando a otra protesta el domingo siguiente. Mis colegas y yo no sabíamos qué esperar.
Tenías la sensación de que la gente estaba realmente insatisfecha con su falta de control sobre su futuro después de que Gran Bretaña devolvió la ciudad a China en 1997.
Hubo una consigna de protesta muy conocida: "Hong Kong no es China". Pero el control de China se estrechó en los últimos años y se sentía. Creo que la gente estaba muy frustrada por eso. Sentían que no eran parte de China, y sin embargo China imponía decisiones y leyes. La violencia de ese miércoles ¿disuadiría a la gente de volver a salir o les excitaría? Esa pregunta nos hicimos tras los primeros días de protestas.
Y entonces, en un impactante anuncio, la líder de Hong Kong, Carrie Lam, dijo que suspendería la legislación, aunque no llegó a decir que sería desechada permanentemente. La medida parecía apuntar a pacificar la opinión pública y ahora realmente no sabíamos lo que sucedería al día siguiente: ¿la gente seguiría saliendo o se quedaría en casa?


Estar en medio de una noticia de primera plana mundial en casa es extraño. Normalmente, cuando vives y trabajas en Hong Kong, te vas de misión para cubrir algo de esta magnitud. No esperas que suceda en la puerta de tu casa.
El domingo 16 de junio, Hong Kong dio otra sorpresa.

Aún más personas marcharon bajo el calor tropical: cerca de dos millones. Si la cifra es acertada, sería la manifestación más grande que la ciudad haya visto jamás.
No hubo violencia esta vez. Al parecer la policía permitió que los manifestantes se esparcieran en las carreteras. Eran mucho más pacíficos, como en las protestas de los paraguas hace cinco años.
En un momento dado, una ambulancia intentó atravesar una carretera llena de gente. Y la multitud se separó para dejarla pasar. Fue conmovedor. Todos aplaudían, este hecho pareció definir el día en que los hongkoneses pudieron protestar y permanecer en paz.

Todo el mundo estaba impresionado por el tamaño de la marcha.
Creo que este es un verdadero punto de inflexión en la historia de esta ciudad. Frustrados por la progresiva pérdida de control debido a China, los residentes protestan por otra invasión de sus derechos.
Cuando la protesta pacífica del 9 de junio no funcionó, salieron de nuevo en un torrente de pura frustración hacia el gobierno, pero fueron rechazados por la policía.

Cuando se negaron a retroceder a pesar de los gases lacrimógenos y las balas de goma, las autoridades municipales anunciaron una pequeña concesión. Pero eso no pudo sofocar los "no". Salieron en mayor cantidad. "No nos silenciarás", decía una pancarta que vi.
No tengo ni idea de adónde nos llevará esto. Parece que cualquier cosa puede pasar.
