Tiempos convulsos en Turquía

Estambul -- Hace un par de semanas, aterrizando en Estambul, me quedé pegado a la ventanilla observando la estremecedora belleza de la ciudad como si fuera la primera vez que la veía, a pesar de que he vivido casi cinco años en ella.

La vista era además excepcionalmente intensa, ya que era una de mis últimas llegadas al país como corresponsal de la AFP, después de cuatro años y medio de hermosos, bellos y a veces perturbadores episodios en Turquía.

Mi mirada pasaba por el brillante canal del Bósforo, con sus enormes buques que parecen piezas de Lego, y abierto al mar de Marmara, donde las islas de Princes emergen como lomos de ballenas.

Una fotografía del estrecho del Bósforo tomada desde la ventana de un avión, en un vuelo comercial el 16 de junio de 2013 (AFP / Patrick Baz)

Luego pasaba sobre el centro histórico, donde la basílica bizantina Santa Sofía se erige frente a la mezquita azul de Sultanahmet en un diálogo perpetuo, ambas flanqueadas por el palacio Topkapi, en el que vivieron los sultanes otomanos cuando su imperio estaba en lo más alto.

Mientras el avión daba vueltas en el aire esperando la señal de aterrizaje  - una experiencia habitual en el congestionado aeropuerto principal- seguía observando Estambul, impresionado por todo lo que ha cambiado esa ciudad en los cuatro años y medio en los que he vivido aquí.

Santa Sofía, 9 de diciembre de 2017 (AFP / Ozan Kose)
La Mezquita Azul, el 9 de diciembre de 2017 (AFP / Ozan Kose)

 

Desde la ventanilla pude ver el tercer puente construido sobre el Bósforo que fue inaugurado por el presidente Recep Tayyip Erdogan en 2016, símbolo de su enorme y controvertida ambición por proyectos de infraestructuras gigantescos.  Una gran mezquita nueva de un tamaño que rivaliza con los grandes edificios otomanos domina la ciudad desde la colina de Camlica, en la parte asiática de la metrópoli, y constituye un signo de la creciente presencia del Islam en Turquía, oficialmente un estado laico.

La mezquita de Solimán, en Estambul, el 24 de diciembre de 2018 (AFP / Ozan Kose)

Vi cómo toda la zona portuaria de Kabatas a Karakoy en la parte europea había sido demolida para hacer espacio a un nuevo y masivo desarrollo del puerto, y cómo la plaza Taksim, el corazón de la ciudad moderna, estaba siendo transformada por una mezquita que se construye a una velocidad vertiginosa.

Estas modificaciones físicas, tan evidentes de un vistazo rápido desde la ventanilla de un avión, reflejan los extraordinarios cambios que se han producido en la política y la sociedad turcas en los úlltimos cinco años.

Un motociclista alemán hace acrobacias frente a la Mezquita Azul en Estambul, el 5 de abril de 2009 (AFP / Dimitar Dilkoff)

Cuando llegué a Estambul en junio de 2014, el jefe de estado turco dirigía el país desde una modesta vivienda en Ankara y no se llamaba Recep Tayyip Erdogan. El gobierno estaba envuelto en unas conversaciones de paz indirectas con militantes kurdos para poner fin a tres décadas de insurgencia, y las instituciones nacionales todavía estaban repletas de partidarios de un sombrío predicador musulmán llamado Fethullah Gulen.

Pero a lo largo de esos cinco años llegué a cubrir seis elecciones nacionales - dos presidenciales, tres legislativas y un referéndum - un golpe de estado fallido, y horribles ataques terroristas que contribuyeron a configurar el destino turco.

Estas mujeres escuchan los nombres de personas asesinadas durante el fallido golpe de Estado, en el Puente de los Mártires 15 de Julio, durante el segundo aniversario del intento de golpe, el 15 de julio de 2018 (AFP / Ozan Kose)

Cuando echo la vista atrás, me resulta abrumador ver todo lo que ha cambiado el país en tan poco tiempo. En mis puestos anteriores con la AFP en Irán y en Rusia, tuve el privilegio de cubrir sociedades increíblemente vibrantes gobernadas de manera muy específica, y pude presenciar en primera línea la tensión que causaba esa forma de gobierno.

En aquellos lugares siempre sentí que vivía en sociedades y en sistemas donde las reglas del juego, por lo menos hasta entonces, ya estaban definidas. En mis cinco años en Turquía, sin embargo, vi cómo se creaban esas reglas, y pude ser testigo de verdaderos cambios en la forma de gobernar un país.

Poco después de mi llegada en agosto de 2014, Erdogan, previamente primer ministro, fue elegido presidente en las primeras elecciones a jefe de estado en la historia de Turquía y enseguida se mudó a un enorme palacio presidencial construido en Ankara como un gran símbolo del nuevo poder.

Después de su llegada, el proceso de paz se rompió cuando los militantes kurdos violaron un alto al fuego tras unos ataques yihadistas, y las autoridades se embarcaron en una campaña despiadada para pulverizarlos. Y a partir de fines de 2014 las autoridades comenzaron a perseguir a presuntos partidarios de Gulen, proceso que se convirtió en una verdadera ofensiva en masa a partir de 2016 tras el fracaso del golpe de estado atribuido a su grupo.

El palacio presidencial en Ankara, el 22 de octubre de 2014 (AFP / Adem Altan)
El nuevo palacio del presidente turco Recep Tayyip Erdogan, se eleva sobre el mausoleo del fundador de Turquía Kemal Ataturk, en Ankara, el 3 de julio de 2016 (AFP / Adem Altan)

 

Después de su victoria en el referéndum de abril de 2017 que institucionalizó sus nuevos poderes como presidente, vi cómo Erdogan afirmaba su control en el país, incluyendo los medios de comunicación.

Después de haber trabajado en Moscú, observé con particular fascinación el drama de las relaciones de Turquía con Rusia, que pasaron en pocos años de un pragmatismo sospechoso a una animosidad explicita, y de ahí a una alianza capital.

Pude ver divertido cómo Erdogan tenía más llamadas y encuentros cara a cara con Putin que con cualquier otro líder del mundo: solo en 2018 ambos jefes de estado hablaron 25 veces (en 18 ocasiones por teléfono y siete frente a frente).

El presidente de Rusia Vladimir Putin (izquierda) con su contraparte turco Recep Tayyip Erdogan el 1 de diciembre de 2014, en la entrada del palacio presidencial en Ankara, (AFP / Adem Altan)

Y entretanto la cara de Estambul iba cambiando y yo lo constataba desde la ventana trasera de mi casa, que me proporcionaba una vista privilegiada de una parte del Bósforo. Cuando llegué en 2014, el desfile de cruceros gigantes era continuo, pero estos se desvanecieron a medida que Turquía empezó a ser blanco de ataques terroristas en el verano boreal de 2015.

La gente alimenta a las gaviotas mientras se traslada en la parte de atrás de un ferri que cruza el Bósforo, el 29 de enero de 2019 (AFP / Bulent Kilic)

Varios amigos vinieron y se fueron con el cambio de atmósfera. Muchos de ellos, la mayoría extranjeros, en 2016 decidieron que ya era suficiente, tras el golpe de estado fallido, la represión y los ataques terroristas.

Muchos de mis amigos turcos, aunque no todos, siguen haciendo sus planes para irse del país, incómodos con la rapidez de los cambios, y al mismo tiempo algunos turistas occidentales empiezan a volver poco a poco, acompañados también de un número creciente de visitantes procedentes de los países del Golfo y de Asia.

Polvo pigmentante en el distrito histórico de Karakoy en Estambul, el 22 de febrero de 2017 (AFP / Ozan Kose)

No tengo duda de que muchos historiadores entenderán estos cinco años como un giro fundamental en la historia de la Turquía moderna.

Durante estos años bajo Erdogan, el país revivió su ambición de la era otomana en la escena internacional, no solo de cara a sus vecinos Siria e Irak sino también girándose al oeste, hacia los Balcanes y sobre todo África.

Erdogan ha dejado clara su ambición de equipararse a Ataturk, cuya imagen gigante aparece en algunos mítines junto a una suya del mismo tamaño.

El presidente de Turquía Recep Tayyip Erdogan habla frente a líderes locales de su Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), frente a un gran retrato suyo y otro de Mustafa Kemal Ataturk, fundador de la Turquía moderna, el 11 de enero de 2019, en la sede del partido en Ankara. (AFP / Adem Altan)

Estoy seguro de que los próximos cinco años van a ser igualmente decisivos, en un momento en el que el país se prepara para celebrar el centenario de la fundación de la república moderna en 2023. Me da pena irme ahora, con todo lo que queda por escribir, pero hay un momento en el que hace falta pasar la página.

Un vendedor de libros de Estambul, 24 de febrero de 2017 (AFP / Ozan Kose)

Cuando me siento en un café en cualquier ciudad de Europa occidental y me pongo a pensar en Turquía, no es la cobertura de los grandes acontecimientos lo que más echo de menos, sino los simples placeres de la vida cotidiana.

Salir a correr cuando amanece a la orilla del Bósforo, antes de que el caos urbano se imponga, atravesar el estrecho en Ferry con un vaso de té en la mano sentado en mi lugar favorito: en uno de los bancos laterales con las piernas colgando mientras el mar me salpica los zapatos.

Pescador a bordo de sus embarcaciones en el Bósforo, el 22 de febrero en Estambul (AFP / Bulent Kilic)

Observar esta sociedad tan diversa donde en un cuarto de hora de taxi uno puede pasar de un distrito europeo secular, donde se sirve alcohol libremente, a un mundo dominado por el islam más devoto.

Y, sobre todo, viajar por Turquía, descubrir lugares absolutamente fascinantes en compañía de la gente más cálida y hospitalaria que uno puede encontrar. Muchas cosas cambian en este lugar, pero espero que algunas permanezcan eternas.

La gente trabaja entre puestos de comida en el distrito de Eminonu en Estambul, el 19 de febrero de 2017 (AFP / Ozan Kose)

La próxima vez que viaje a Estambul experimentaré además un cambio suplementario: tal vez ya no exista esa vista aérea de la península o una larga espera en el cielo porque pronto va a abrir un nuevo aeropuerto gigante a orillas del mar Negro. Bautizado simplemente “Aeropuerto de Estambul” se trata de uno de los proyectos más ambiciosos de Erdogan, y supone otro cambio mayúsculo y salvaje que, probablemente, no sea el último en llegar.

La Mezquita de Solimán (d) y la Nueva Mezquita, en un amanecer de octubre de 2017 en Estambul (AFP / Ozan Kose)
Stuart Williams