"Brasil, arigato gozaimasu”
Entonces, cómo se dice en japonés “¿Cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar a Brasil?” El corresponsal en Rio de Janeiro Sebastian Smith recorre los tres tumultuosos años que estuvo en Brasil antes de partir rumbo a Washington D.C. como nuevo corresponsal de AFP en la Casa Blanca.
Rio de Janeiro – Esta es la historia sobre cómo tuve que aprender japonés para entender lo hace que hace latir a los brasileños. Ah, y cómo en el proceso me rompí un dedo del pie, me disloqué un dedo de la mano, torcí cosas, lastimé otras, hice amigos y aun así terminé con interrogantes sobre este encantador y desconcertante país.
Pero las cosas nunca son simples en Brasil.

Primero, cómo llegué aquí.
Comenzar un trabajo nuevo como corresponsal extranjero a menudo es como una versión exitosa de un matrimonio arreglado.
Tus jefes ya te aprobaron y el país te espera. Ambos aún necesitan conocerse, pero probablemente ya tienen algo en común. Por ejemplo, hablas el idioma o tal vez trabajaste en ese lugar años atrás, o siempre estuviste fascinado por la cultura del país.
También están los nombramientos a un puesto que son como una especie de cita a ciegas. En este caso, no lo has pensado mucho. Te atraen los pocos detalles que conoces del país. Preparado o no, te lanzas, con el corazón palpitando, y tratas de hacer calzar la descripción con la realidad.

Así fue mi traslado a Rio de Janeiro en 2015, después de trabajar varios años con AFP en Estados Unidos, Europa y Rusia.
Ni yo ni mi familia habíamos estado en Brasil y la mayoría de mis impresiones sobre el país venían de películas o recuerdos de la camiseta amarilla de la selección de fútbol alternando victorias sobre todo el mundo con colapsos en llanto. Lo único que podía anticipar con exactitud era que nunca podría bailar samba en forma convincente.
Pero hay veces que como periodista es bueno estar en blanco.
En 2015, la clase política brasileña se hundía en una crisis de corrupción denominada “Operación Lava Jato”, Rio estaba a un año de recibir a los primeros Juegos Olímpicos de Sudamérica, y yo iba a garabatear sobre todo eso.
Algunos días la escena que se veía desde la AFP en Brasil se parecía a una telenovela latinoamericana y otros a una pesadilla.
El brutal impeachment contra la presidenta Dilma Rousseff en 2016, la economía convirtiéndose en lo que los inversores encantadoramente apodaron “basura”, el carnaval, “Lava Jato”, la epidemia de Zika, las guerras del narcotráfico, los preparativos agridulces para unas Olimpiadas que todos sabían que alimentarían una rampante corrupción…

El brutal impeachment contra la presidenta Dilma Rousseff en 2016, la economía convirtiéndose en lo que los inversores encantadoramente apodaron “basura”, el carnaval, “Lava Jato”, la epidemia de Zika, las guerras del narcotráfico, los preparativos agridulces para unas Olimpiadas que todos sabían que alimentarían una rampante corrupción…
Las historias venían una tras otras, superponiéndose, como aquella sobre los temores de que los mosquitos portadores de Zika se dieran un festín con las carnes expuestas durante el carnaval; o cuando Michel Temer, el impopular sustituto de Rousseff, fue abucheado durante la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos.
La cobertura de los acontecimientos es, sin embargo, apenas el comienzo de la relación de un periodista con un país.
Yo quería algo más profundo.
Y así fue como una noche me encontré subiendo unas escaleras hacia un club de judo.
No sabía nada de judo, inclusive menos de lo que sabía de Brasil, pero el club quedaba a la vuelta de mi apartamento. Cada vez que regresaba del trabajo, veía a personas vestidas de blanco o azul haciendo volteretas del otro lado de la ventana. Estaba intrigado.
Se me ocurrió que un deporte algo rudo y con revolcones podía ser una metáfora de la vida en el país más grande del continente. No había otros gringos en el club. Es más fácil para un extranjero compartir el tiempo con otros expatriados y como periodista es demasiado fácil apoyarse en las opiniones de los analistas profesionales que citamos en nuestras historias. Quería un contacto con lo real.
Mi educación iba a comenzar en el Club de Judo Oswaldo Simoes, un pequeño lugar con un tatami azul, con el retrato tradicional del fundador del deporte Jigoro Kano y con redes en las ventanas.

Uno de mis objetivos era mejorar mi portugués. En un lugar tan puramente brasileño como el JCOS –la abreviación del nombre del club- no me iban a faltar compañeros para aprender el idioma.
El único problema era que si te parece que la gramática y la pronunciación pueden ser difíciles en circunstancias normales, imagina intentarlo cuando tu interlocutor te está estrangulando o te está lanzando por el tatami. Esa fuerte red en las ventanas, se me ocurrió…, era para mantener a las personas dentro del dojo.
Además descubrí otro obstáculo en mi viaje lingüístico: Tenía que aprender japonés.
Está bien… solo estaba aprendiendo el vocabulario del judo, no es que realmente iba a hablar japonés, pero cuando palabras como koshi, kuzuri, kumikata y kansetsu forman parte de tus conversaciones después del trabajo, ya sabes que no estás más en Kansas.
O sea, incluso decir bien los nombres de mis colegas era difícil.
Los brasileños tienen manía por los apodos y las abreviaciones, como llamar al expresidente Luiz Inácio Lula de Silva simplemente “Lula”, incluso si su verdadero apellido es Silva.

En el JCOS, los nombres de las personas estaban inscritos en sus cinturones, pero esto tampoco ayudaba mucho.
Por ejemplo Leo, un tipo enorme. Era fácil de decir. Luego vino su hijo, él también se llama Leo, excepto que incluso es más grande que su padre. Casi siempre lo llamaban Big Leo, o a secas Big, sí, en inglés, pronunciado beeg.
El judoca Ze en realizad se llamaba Jose Carlos. Su hijo, un adolescente robusto, también tenía un nombre, pero nunca lo supe porque para todos era Toddy Riner. Ese es un Riner en honor a la deidad judoca francesa Teddy Riner, un peso pesado, y Toddy porque el joven adora
tomar la leche chocolatada que en Brasil se llama Toddy. ¿Entendieron? Lo llamábamos Toddy para abreviar.
¿Y yo? Yo era “o gringo”, que no tiene una connotación peyorativa en Brasil, solo significa que eres extranjero.
Pero, poco a poco, ya no era tan gringo como solía ser.
Estaba empezando a lanzar gente, y no siempre era yo el que quedaba mudo. Estaba mejorando mi portugués e incluso comprendiendo el léxico japonés. Pero sobre todo, tenía la oportunidad de conocer a los brasileños fuera de sus trabajos y verlos como se ven a sí mismos.

Después de tres años en la lona con Oswaldo y su equipo del JCOS, y en víspera de mi partida del país más grande de Latinoamérica hacia el más grande de Norteamérica, aquí están algunas de mis conclusiones:
Inscribirme en JCOS significó un verdadero rito de iniciación: unirme a mi primer grupo de WhatsApp.
Esta aplicación de mensajería ha tenido una impactante aceptación en la sociedad brasileña. Casi cualquiera con un celular, en este país de 209 millones de habitantes, utiliza WhatsApp para hacer llamadas y enviar mensajes.
El flujo diario de mensajes grupales fue una ventana al talento de clase mundial de los brasileños para hacer memes, su constante compartir de videos YouTube y sus épicos intercambios de emoticones llenos de bromas en los que, para extrañeza de un gringo, resultó que “KKK” significa LOL.
Un hecho probado: Pongan dos o más brasileños en un grupo de WhatsApp y los KKK fluirán.

No es cierto, pero aun así… Quedé impactado la cantidad de gente que rodaba por las noches alrededor del tatame, pasaba sus días en un traje luchando con asuntos legales. No me sorprendió que Brasil tenga más de un millón de abogados, poniéndose en la cima de los rankings per capita. Muchos abogados y una lenta e ineficiente justicia son algunas de las características que definen al país.
El JCOS está ubicado en la relativamente alegre Copacabana y varios de sus miembros pertenecen a la clase media acomodada brasileña. Pero como lo confirman las constantes muertes y heridos por balas perdidas alrededor de Rio, realmente no existe un lugar seguro en una ciudad donde los criminales a menudo son más fuertes que los policías y los policías pueden ser tan violentos como los delincuentes. En medio de un entrenamiento, podíamos escuchar gritos y otras señales de pelea o problemas en la calle, siempre atrayendo a varios judokas a ver por la ventana.
Muchos de los miembros del club vivían lejos, manejando largas distancias a través de la ciudad y nuestro grupo WhatsApp se llenaba con advertencias escalofriantes sobre tiroteos o redadas policiales en las principales autopistas.

Como muchos cariocas, los miembros del JCOS nunca pararon de pelear unos con otros, reírse y hablar fuerte. Los cariocas no son tímidos ni silenciosos.
“Los típicos abogados”, diría refunfuñando el sensei, generalmente tratando de controlar su risa. Pero reveladoramente había un tema fundamental que quedaba fuera de las bromas: la política.

Son días tensos en Brasil de cara a las elecciones presidenciales de octubre.
El político más popular es Lula, a pesar de que está encarcelado por corrupción. El siguiente más popular es el excapitán de ultraderecha Jair Bolsonaro, quien piensa que la dictadura (1964-1985) fue algo muy bueno. El resultado de esta elección impactará en el destino de decenas de millones de personas, pero discutir las opciones entre amigos, claramente, es demasiado doloroso.
“Solo judo”, rápidamente recordaría alguien cuando la regla no escrita se rompía en WhatsApp.
Aunque había otro tema considerado demasiado explosivo para hablar en el JCOS: los equipos de fútbol.
Las sesiones especiales de entrenamiento, por ejemplo con un importante atleta invitado, solían empezar con el himno de Brasil. Los brasileños están cariñosamente orgullosos de su país, pero sin la agresividad del nacionalismo.

Una vez más, estos son tiempos difíciles. En el sensei Oswaldo, quien representó a Brasil en las Olimpiadas de Moscú y en innumerables competencias internacionales, encontré una auténtica desesperanza ante la corrupción y crimen que envenenan el país que quiere.
Esto explica el crecimiento de los reportes sobre brasileños que quieren emigrar u obtener la doble nacionalidad. Un compañero judoca regresó de unas vacaciones en Japón, patitieso por lo ordenado que es el país. “En realidad no quería regresar”, dijo con tristeza.
Otro judoca está apunto de mudarse con su familia a Alemania. ¿Qué precio se le puede poner a un ambiente seguro para criar a tu pequeño hijo, lejos de las armas automáticas en Rio?
A lo largo de los años se han visto muchas imágenes de las estrellas del fútbol brasileño llorando, ya sea de alegría o de tristeza. Cualquiera que se intercambie correos o llamadas telefónicas con un brasileño, incluso en muchos ambientes profesionales, experimenta el casual “abrazos y besos”, en lugar del educado “todo lo mejor” del inglés.

En el JCOS, el sensei Oswaldo saluda a los estudiantes con abrazos y a veces un beso en la cabeza, justo antes de que les enseñe a que se lancen mutuamente por los aires. La sociedad brasileña es muy machista, pero la ternura es real y es contagiosa. Es uno de esos detalles que hace la vida más llevadera en lugares difíciles.
Una vez, todo el club recaudó dinero en secreto para enviar al sensei a Miami para competir en el torneo mundial de judocas veteranos. Como alguien que solo gana un modesto salario, él nunca habría tenido la oportunidad de hacer ese costoso viaje. (El viejo guerrero ganó la medalla de bronce en esa competencia).
La noche en que el secreto fue revelado, los alumnos del sensei –luciendo camisetas especialmente estampadas para la ocasión- saltaron al dojo y cantaron “El campeón regresó”, típico cántico del fútbol. Se hicieron discursos, el sensei se secó las lágrimas y todos fueron a un bar para celebrar.
Brasil en estado de pureza: alegre, espontáneo y generoso.
A veces Brasil parece estar tan hundido en problemas económicos, sociales, medioambientales, criminales y de corrupción que te preguntas si algún día podrá salir de ellos.
Durante las muchas horas que pasé en el JCOS y las ocasionales temporadas de fuerte entrenamiento los fines de semana nos encontramos con judocas de otros clubes. No podía evitar pensar que si Brasil practicara más los valores del judo podría tener mejores oportunidades.
Es verdad, no hay garantías… El ruso de Vladimir Putin es un judoca de larga data y muchos lo acusan de abusos a los derechos humanos y de corrupción.

Pero el judo ha ayudado a muchos a ordenar sus vidas.
Miren a Rafaela Silva, la judoca negra que creció en una peligrosa favela carioca. No solo se ganó el corazón del país cuando obtuvo la medalla de oro en los Juegos de Rio, sino que aprovechó su alto perfil para acallar a los racistas –en un país dividido por el racismo- que la tildaron de mono después de que fuera descalificada en las Olimpiadas de Londres cuatro años antes.
Pocos brasileños negros tienen la oportunidad de responder un abuso de esa manera. Rafaela lo hizo por todos ellos.
Otro judoca medallista olímpico, Flavio Canto, viene del otro extremo de la sociedad, un chico dorado, hijo de un físico nuclear. Canto también puso su fama y talento al servicio de la construcción del exitoso Instituto Reação, un organismo de caridad que entrena en judo a niños pobres de Rio. ¿Entre sus alumnos? Rafaela Silva.
Cada judoca, desde el cinturón blanco en adelante, aprende sobre el respeto, a ayudar a otros, luchar por la perfección, la paciencia y la fortaleza sin vicios.
¿Imaginan si personas como el presidente Michel Temer y gran parte del Congreso, los líderes de los escuadrones urbanos de la muerte, los cínicos capos de las drogas, la policía corrupta y los funcionarios que roban mientras dejan en las ruinas los servicios públicos, pudieran aprender las mismas cosas?
En el tatami, los blancos y negros realmente son iguales, pelean y sufren por igual y hacen la reverencia hacia el otro como iguales.
¿Imaginan si esos valores se pudieran esparcir por un país que podría elegir a Bolsonaro, un hombre que se burla de la idea de que Brasil debería arrepentirse de su pasado como el mayor importador de esclavos africanos?

En judo, la humildad y la simplicidad son principios fundamentales.
¿Imaginan si pudieran transmitirse a las élites en sus barrios lujosos de Rio y Sao Paulo, mientras miran desde arriba a las personas más humildes y simples hurgar en la basura allá abajo?
Brasil, tienes tanto porque luchar. Por lo que vi en el JCOS también tienes mucha fortaleza.
Te deseo muchos, muchos “ippons”, como los japoneses llaman a una llave de combate que genera puntos ganadores.
“Duomo arigato gozaimasu”, gracias por los recuerdos.
Espero que tus lágrimas en el futuro sean más por alegrías que por tristezas.
