Dos hermanas eritreas se reencuentran después de dos décadas en el aeropuerto de Asmara, el 19 de julio de 2018 (AFP / Stringer)

De repente, la paz

Asmara  Me encontraba en la calle principal de Asmara, en la capital de Eritrea, cuando un hombre de traje color crema y zapatos negros -con una preocupante punta metálica- me abordó y me suplicó que lo entrevistara. Se trataba de un etíope que se había tomado uno de los primeros vuelos entre Etiopía y Eritrea, tras el restablecimiento de relaciones entre ambos países en julio pasado.

Deseaba compartir su alegría de ver que Etiopía y Eritrea habían enterrado el hacha de guerra luego de 20 años de conflicto. Pero rechazó completamente hablar de su pasado como piloto de la Fuerza Aérea. Debido a su edad, seguramente tuvo que bombardear al país que hoy vino a visitar.

Este tipo de escena se repitió varias veces durante los seis días que pasé en Eritrea en julio. Fui a cubrir lo que actualmente parece un hecho raro: la llegada repentina de la paz.

Dos hermanas eritreas se reencuentran después de dos décadas en el aeropuerto de Asmara, el 19 de julio de 2018 (AFP / Stringer)

Mi sola presencia ya representaba algo destacable. Etiopía es uno de los países más cerrados del mundo en cuanto a la prensa. Mis colegas y yo fuimos los primeros periodistas de AFP en ser admitidos en cinco años. Y lo que más sorprende es que vine junto a un grupo de etíopes en un vuelo de Ethiopian Airlines.

Ambos países cortaron relaciones hace 20 años. Si bien comparten una larga historia de enfrentamientos, su conflicto actual comenzó en 1998 por un diferendo fronterizo que degeneró en violencia y terminó en una guerra sangrienta que duró dos años.

Durante los siguientes 18 años, las dos naciones se desafiaron con la mirada. Etiopía se negó a retirarse de una parte del territorio que ocupó en Eritrea durante la guerra, una actitud que violó una decisión de una comisión de la ONU sobre la demarcación de la polémica frontera.

Un soldado etíope en un puesto de observación frente a la zona de seguridad en la frontera eritrea, en la ciudad de Zala Anbess, en el norte de Etiopía, el 19 de noviembre de 2005 (AFP / Marco Longari)

Esos años de impasse fueron bautizados como “ni guerra ni paz”. Fue un periodo muy duro dado que ambos países comparten relaciones culturales y étnicas muy estrechas. Eritrea era parte de Etiopía y cuando se separaron en 1993, tras décadas de guerra de independencia, padres y amigos conservaron sus vínculos.

En abril pasado, el primer ministro de Etiopía, Abiy Ahmed, anunció su voluntad de alcanzar la paz con Eritrea. Lo logró dos meses más tarde, luego de anunciar que su país se retiraría del territorio reclamado por Eritrea y firmó un pacto de paz con el presidente eritreo Isaías Afewerki. 

Poco tiempo después, dos colegas de AFP y yo fuimos parte de un grupo de periodistas presente en uno de los primeros vuelos de Ethiopian Airlines con destino a Asmara desde la guerra.

Siempre recordaré lo sucedido a bordo: apenas se apagó la señal de “abrochen sus cinturones”, los pasajeros se pusieron a bailar mientras algunos músicos tocaban instrumentos etíopes tradicionales.

Pasajeros de Ethiopian Airlines viajan hacia Eritrea, el 18 de julio de 2018, el primer vuelo comercial entre las dos naciones en los últimos 20 años (AFP / Maheder Haileselassie Tadese)

Pero lo que más recuerdo es cómo este vuelo ilustró cuánto daño hizo la guerra a estas dos sociedades. Algunos de los pasajeros viajaban a Asmara para reunirse con sus hermanos, primos y amigos, de quienes habían estado separados desde la brutal ruptura de las relaciones entre los dos países.

Muchos pensaban que sus familiares estaban muertos. Y recientemente, gracias al restablecimiento de las líneas telefónicas cortadas por la guerra, recibieron noticias de ellos. Presenciar la manera en que fueron recibidos en el aeropuerto de Asmara fue una experiencia única. Había un batallón de gente con banderas de Eritrea gritando “bienvenidos” en tres idiomas distintos.

Pasajeros con banderas de Etipía y Eritrea celebran tras llegar al aeropuerto de Asmara, el 18 de julio de 2018 (AFP / Michael Tewelde)

Algunos ansiosos se precipitaban a los brazos de sus seres queridos, a quienes no habían visto desde hace años o décadas. La gente lloraba, reía, gritaba y se tomaba fotos.  Comenzaba así a reparar los daños de 20 años de conflicto y crueldad.

Mis colegas y yo tomamos fotos y entrevistamos a los pasajeros en el avión. Cuando llegamos a Asmara fuimos corriendo al hotel para hacer lo que un periodista de agencia como la AFP tiene que hacer: enviar el mayor material posible lo más rápido posible.

Azmera Addisalem y Danait Addisalem abrazan a su padre, un periodista etíope, en el aeropuerto internacional de Asmara, el 21 de julio de 2018, durante primer reencuentro en 20 años. (AFP / Maheder Haileselassie Tadese)

Todo empezó mal. El internet en Eritrea es lento. Solo se puede acceder con un nombre de usuario y una contraseña vendidas en los hoteles y los cibercafés. Mientras que los demás pasajeros de estos vuelos de Ethiopian Airlines celebraban sus encuentros, los periodistas que venían de Adís Abeba buscaban acceder a un internet lo suficientemente rápido para enviar videos y fotos.

Finalmente encontramos una habitación ubicada en la parte trasera de uno de los pocos hoteles de lujo de Asmara, donde un informático tenía una conexión más rápida que la mayoría y nos permitió usarla a cambio de dinero.

Esta lucha despiadada por internet no podría producirse en un lugar más agradable, pues Asmara es una de las ciudades más bellas que he visitado desde hace tiempo. De calles tranquilas y verdes, la ciudad posee antiguos barrios construidos por los colonizadores italianos y cafés donde hombres de traje beben ‘macchiatos’.  Es el tipo de cuidad africana que se puede disfrutar paseando a pie.

La iglesia católica Nuestra Señora del Rosario en Asmara, el 21 de julio de 2018 (AFP / Maheder Haileselassie Tadese)
Un edificio gubernamental en Asmara, el 21 de julio de 2018 (AFP / Maheder Haileselassie Tadese)

 

Pero también era consciente de lo que pasaba fuera de mi alcance.

Luego de la guerra, Eritrea se había convertido en un estado extraordinariamente represivo. Isaías dio la orden de enviar al calabozo sin juicio a periodistas, disidentes y políticos. Pocos de ellos fueron vueltos a ver. También desmanteló los medios de comunicación privados y rechazó implementar una Constitución redactada tras la independencia.

Hoy, la mayoría de los eritreos trabajan en el marco de un programa de servicio nacional de una duración ilimitada que les impide viajar al extranjero o cambiar de profesión. Desde profesores a meseros, todos forman parte de ese programa.

Sin embargo, hay pocos signos de esta represión en las calles de Asmara. Una gran parte de la generación que combatió durante la guerra de independencia evoca con afección a Isaías y los sacrificios que hizo para liberar a Eritrea. Por todos lados encontramos huellas de la guerra de independencia.

El primer ministro de Etiopía, Abiy Ahmed (I), y el presidente de Eritrea, Issaias Afeworki (D), celebran la reapertura de la embajada de Eritrea en Addis Abeba, el 16 de julio de 2018 (AFP / Michael Tewelde)

El director de una escuela de arte, que también fue excombatiente, guardaba en su escritorio una foto de los carros listos para la batalla. Y un día encontré una librería cuyos estantes estaban repletos de memorias de lucha por la independencia publicadas a nivel local.

Pero si preguntas, se puede sentir el descontento sobre el camino que está tomando el país, especialmente entre los jóvenes. Centenas de miles de eritreos dejaron el país en los últimos años y durante nuestra estadía en Asmara,  algunos confesaron su voluntad de partir al extranjero.

Un combatiente eritreo en la frontera con Etiopía (AFP / Amr Nabil)

Si bien nunca fuimos seguidos ni vigilados de manera visible, tuvimos el sentimiento de que todo el mundo estaba pronto para brindar información sobre nosotros, no por apoyo a Isaías sino más bien por miedo de lo que pudiera pasar si no decían nada.

Una vez, mientras entrevistaba a un hombre de negocios, le pregunté si pensaba que Eritrea estaba aislada. Una de las traductoras omitió la pregunta. Dijo que era muy política y que no querían problemas.

Jóvenes refugiados eritreos en un campamento en el norte de Etiopía, en agosto de 2011 (AFP / Jenny Vaughan)

Enseguida entendimos que con nuestra llegada a Asmara se había corrido la voz sobre la presencia de numerosos periodistas extranjeros, entre ellos muchos etíopes. En nuestro hotel, nos buscaban todo tipo de personas y mis colegas, ambos etíopes, eran objeto de un interés particular.

En la mañana, muchas veces los veía en el hall discutiendo con extranjeros que querían explicar el punto de vista de Eritrea sobre el diferendo fronterizo o los aspectos positivos de su sistema político. Las preguntas hechas a mis colegas parecían muchas veces destinadas a descubrir lo que pensaban.

Una noche, un hombre rico de negocios nos llevó a mi y a un grupo de periodistas extranjeros a visitar Asmara,  nos mostró su arquitectura, nos pagó un café e insistió en el hecho de que los eritreos eran menos materialistas que los etíopes. Poco después nos mostró su colección de autos antiguos. Nuestros días en  Eritrea estuvieron llenos de momentos curiosos y refinados, como éste.

Mujeres cantan y bailan en las calles del puerto de Massawa, sobre el mar Rojo, el 25 de abril de 1993, cuando festejaron el resultado de un referendo que selló la independencia de Eritrea tras una guerra de treinta años con Etiopía (AFP / Alexander Joe)

Cuanto más tiempo pasaba en la ciudad, más me daba cuenta que para mi no hacía sólo un reportaje en un país que ejerce un control casi absoluto sobre su población. Era un espectador de un proceso de cura entre dos países con una larga historia de enemistades. Todo se estaba desarrollando en tiempo real.

Al pasear por las calles de Asmara, vi a etíopes ser abordados al azar por eritreos que jamás habían visto y ser tratados como si fueran familiares que no habían visto a hace tiempo.

En la cena, los jefes de los restaurantes recibían a mis colegas, muchas veces en su idioma nacional, el amhárico. Todo el mundo estaba feliz de recibir a los etíopes.

Mujeres celebran la visita del presidente de Eritrea, Issaias Afeworki, a Addis Abeba, el 14 de julio de 2018 (AFP / Stringer)

Algunas veces me sentí incómodo en este momento histórico. Después de unos días, el recepcionista de mi hotel me confió que el primer llamado que recibió de Etiopía tras el restablecimiento de las líneas telefónicas fue el mío: un americano que buscaba una habitación. No pude dejar de pensar que lo decepcioné.

Ahora en Adís Abeba me pregunto a qué se parece Asmara. La ciudad parece congelada. Nada se mueve, se construye o cambia.  Es lindo pero nada que evoque la prosperidad.

Muchos eritreos parecen creer que el regreso de los etíopes marcaría el inicio de un futuro mejor, con la libertad de elegir su trabajo y construir su propia vida. Pero siguen existiendo obstáculos. Los dos países tienen diferendos menores jamás resueltos. La experiencia de Etiopía desde el conflicto – años de crecimiento económico, explosión demográfica y agravación de las tensiones étnicas – contrasta fuertemente con el discreto malestar de Eritrea.

Isaías se aprovechó del miedo a la agresión de Etiopía para justificar sus medidas más duras. Ahora se terminó. Pero nada garantiza que los países no caerán en una relación inestable. Lo único que podemos esperar es que la amistad con Etiopía termine por convencer al gobierno de Eritrea de hacer los cambios que su pueblo dice querer.

Fana Tesfatsion (D) abraza a su hermana Alem tras reencontrarse por primera vez en cinco años en el aeropuerto de Asmara, el 21 de julio de 2018 (AFP / Maheder Haileselassie Tadese)

 

Chris Stein