Cubrir un juicio sin bolígrafo y papel
DALIAN, China -- Empecé a trabajar como reportera en el área de delitos y tribunales en Singapur, así que el protocolo de una corte me es familiar: el ambiente solemne, los rituales del juicio y el aire acondicionado que te genera escalofríos.
Cuando me informaron que sería una de los tres periodistas extranjeros autorizados para cubrir el nuevo juicio por narcotráfico del canadiense Robert Lloyd Schellenberg, aproveché la oportunidad para presenciar en primera fila un sistema judicial famoso por su extrema opacidad.
Lo que presencié en un día frío de invierno en el puerto de Dalian, en el norte de China, fue tan impresionante como asombroso.

Primero las reglas: entrar al juicio sin teléfono, sin cámara, sin grabadora, algo que es muy común en los sistemas judiciales en los que he trabajado.
Pero había otras reglas: entrar sin papel, sin bolígrafo y sin libreta...¿Perdón? Eso quería decir que debía retener todo en la mente para cubrir un largo juicio. Iba a ser todo un reto.
Antes de entrar el lunes en la mañana a la corte se nos recordó el reglamento. Nada en los bolsillos, sin equipo electrónico ni bufanda.

Por supuesto que esto me causó un pequeño problema de seguridad, ya que mis pañuelos mocosos, una tarjeta de la habitación de hotel y un recibo del desayuno (que no eran aparatos electrónicos) fueron retirados del bolsillo de mi chaqueta. En una segunda inspección salieron otros pañuelos y un elástico para el cabello olvidados en el fondo del bolsillo de mi pantalón.
Después hubo muchas miradas molestas, habían revisado mis bolsas y se me permitió pasar, sin pañuelos, sin recibo y sin elástico del cabello. Fuimos conducidos dos pisos arriba a través del vestíbulo de la corte y entramos a la sala número 6, una habitación de tamaño mediano con luces de neón. Para entonces casi todas las bancas estaban ocupadas. Nos dijeron que eran personas del público.

Y sin ningún anuncio, Schellenberg entró a la sala esposado vistiendo un suéter blanco y un pantalón negro.
Se veía más viejo y demacrado de lo que aparecía en la única foto que había visto de él, su corte de pelo ondulado ahora lucía al ras con el cráneo ligeramente calvo en la parte superior. Se veía tenso pero tranquilo con un par de gafas de montura negra puestas, sobre todo tomando en cuenta que enfrentaba la pena de muerte.
Algunos datos sobre el caso: Schellenberg dice que visitó China como turista por primera vez en 2014, pasando primero por la ciudad industrial y portuaria de Dalian. Ahí es donde su versión difiere de las autoridades. Él afirma que Xu Qing, un traductor que le habían recomendado, lo llevó con una banda de traficantes de drogas. Según las autoridades, el canadiense es miembro de una organización delictiva internacional que se preparaba para enviar por mar a Australia unos 200 kilos de metanfetaminas.
Fue arrestado en 2014, pero su caso se prolongó sin despertar mucho interés en el extranjero hasta que apeló una sentencia de 15 años de prisión impuesta en diciembre pasado. Este procedimiento se produjo en medio de crecientes tensiones entre Pekín y Ottawa tras la detención en Vancouver, a petición de autoridades estadounidenses, de la directiva del gigante chino de la telefonía Huawei, Meng Wanzhou.


Las autoridades estadounidenses la acusan de ser responsable de la supuesta violación por parte de su empresa del régimen de sanciones estadounidense contra Irán.
De repente, los medios de comunicación extranjeros (pero no la AFP) fueron invitados a la audiencia de apelación ante el Tribunal Popular Superior de Liaoning. Este ordenó un nuevo juicio, al sugerir un aumento de la sentencia inicial para Schellenberg, argumentando nuevas pruebas de su participación en la organización criminal.
Ese nuevo juicio se llevó a cabo a principios de enero en esa sala gélida. Tres jueces vestidos con largas túnicas rojas y negras ocuparon sus asientos y la audiencia fue declarada abierta.
Con voz seca, la presidenta del tribunal, una mujer con gafas y de edad desconocida, comenzó a leer los comentarios introductorios. Me recordó las clases de chino en las que nuestro profesor, un expresentador de televisión de circuito cerrado de TV, tenía una pronunciación perfecta. Y no eran buenos recuerdos. Después de que la fiscalía hizo las declaraciones de apertura, Schellenberg pudo exponer su caso, antes de que la defensa hiciera uso de la palabra.
Schellenberg dio sus argumentos hablando en inglés y traducido al mandarín (y viceversa) por dos profesores de idiomas convocados para la ocasión.
"Este caso es de King (Xu Qing), un narcotraficante internacional y un mentiroso", dijo jurando que él no era ni consumidor ni traficante. (Estas declaraciones fueron rechazadas después por los medios de comunicación canadienses que citaron expedientes de tribunales locales).

La misma escena se repitió varias veces: la fiscalía presentaba sus argumentos, Schellenberg tomaba la palabra antes que sus abogados intervinieran. Me preguntaba por qué un acusado se involucraría tanto en los procedimientos legales a expensas de abogados capacitados.
Entonces las reprimendas empezaron a caer: unas contra los abogados defensores por repetir ciertas preguntas, otras contra la fiscalía por interrumpir a Schellenberg, y contra el acusado por divagar...A esas alturas, el parecido con mis clases de chino ya me tenía preocupada.
En la mayoría de las audiencias que he cubierto, los abogados hacen una serie de preguntas, algunas de las cuales a veces se reformulan varias veces o también se presentan de manera lógica. Tienen todo el tiempo que necesitan, especialmente si el caso es complicado, pero en Dalian, las preguntas del fiscal eran precisas y aparentemente no estaban relacionadas. Las preguntas a Xu, el único testigo, iban desde cuestiones para averiguar adónde había llevado a Schellenberg en una fecha determinada hasta la solicitud de detalles sobre la utilización de un teléfono Blackberry.

También a Schellenberg se le permitió interrogar al testigo. Recuerdo que le hizo una pregunta sobre los 180.000 yuanes (26.000 dólares estadounidenses) que Xu le había dado. Sin mirarlo, el testigo respondió algo referente a su declaración escrita. Una frase que repetiría a menudo durante el juicio. Los abogados defensores fueron llamados al orden para que hicieran preguntas sobre cuestiones planteadas anteriormente y para que repitieran algunas reformulándolas. Fue una experiencia extraña.

La fase de pruebas llegó después de que el testigo fue liberado. El fiscal hizo una presentación de Powerpoint. Las diapositivas se sucedieron en dos pantallas.
Pero eso no fue suficiente para cautivar la atención de algunos miembros de la audiencia, que se quedaron dormidos con los términos técnicos del caso. Muchos también hicieron repetidas pausas para ir al baño, pero siempre volvían.
Luego vino la llamada fase de "debate", en la que las dos partes se enfrascaron en cuestiones de derecho, al mismo tiempo que poníamos a prueba nuestros conocimientos legales y del idioma chino. Sentí que un dolor sordo estaba ganando terreno en mis sienes. Todo el tiempo, traté de retener tantos detalles como me fue posible. Sin un cuaderno, dibujaba las palabras en mis muslos.
El juicio terminó tan repentinamente como había comenzado. A Schellenberg se le permitió hacer una declaración final y luego la corte se retiró a cenar.
Nos pidieron que volviéramos a las 8:00. Los jueces estaban listos para dar su veredicto.

Cuando la audiencia regresó, la presidenta del tribunal leyó sus comentarios.
"Declarado culpable", "los argumentos de la defensa del acusado fueron rechazados", "es miembro clave de una agrupación internacional de tráfico de droga".
Entonces, nos pidieron que nos pusiéramos de pie.
"De acuerdo con las leyes de la RPC (...) usted ha sido condenado a muerte".
Un silencio cayó sobre la sala. Hubo una larga pausa antes de que uno de los dos interpretes tradujera la sentencia. Y después terminó la audiencia.

Schellenberg pareció tomarlo bien, asintió con la cabeza cuando se le preguntó si había entendido el sentido de la sentencia.
No podía ver su cara desde donde estaba parada detrás de él, pero parecía estar controlado. Sus hombros no colapsaron como he visto en casos similares. Sólo una resignación silenciosa, eso es todo. Le explicaron las formas de apelar la sentencia y antes de que pudiera recuperar el aliento, la audiencia se suspendió y todo el mundo corrió hacia la puerta, la gente ya no podía aguantar después de un largo día encerrada, los periodistas y yo nos apresuramos a buscar nuestros teléfonos y a transmitir la información.
"Hola, ¡es de muerte!", le dije apresurada sobre la sentencia a mi compañero Laurent, que estaba en la oficina.

Esa fue la segunda vez que fui testigo de una condena de muerte y no fue fácil pasar de la primera.
Unas horas más tarde, después de enviar los despachos y trasmitir los videos por Internet, me pregunté como sería no volver a ver a tu familia nunca más. Que tus últimos días los pasaras entre cuatro paredes. En un país desconocido cuyo idioma no hablas.
No hay respuestas fáciles a estas preguntas. Si Schellenberg considerara la posibilidad de apelar, una nueva mirada al sistema judicial podría aclarar algunas cosas.
A menos que las autoridades chinas decidan que los periodistas han visto lo suficiente sobre lo que sucede en una corte a puertas cerradas.
