El exprisionero de Guantánamo Abdul Bin Mohammed Abis Ourgy se moja las manos en el agua en una playa cerca de Montevideo (AFP / Pablo Porciúncula)

Un domingo normal después de Guantánamo

MONTEVIDEO, 2 de enero de 2015 - Al fin tendría un domingo tranquilo luego de quince días de intenso trabajo, cuatro de los cuales debí hacer una frustrante guardia frente al Hospital Militar de Montevideo, esperando la salida de un grupo de seis exprisioneros de Guantánamo que habían llegado a Uruguay como refugiados.

Una serie de conversaciones, bromas y risas cercanas a la ventana de mi dormitorio me sacaron del sueño. Concluí que no podría volver a dormir, me levanté, preparé un mate y con el libro “Cuando éramos honrados mercenarios”, de Arturo Pérez Reverte, salí al fondo de mi casa, refugio del silencio. Pero allí también se escuchaba conversar. Bufé por mi mala suerte e intenté zambullirme en la lectura, pero apenas pude avanzar cuando de entre las voces que comenzaban a quedar en segundo plano surgieron unas palabras que supuse en árabe. Presté atención. Una voz de mujer dijo a alguien: “En español se dice sal”, y ese alguien repitió: “Sal”.

Avancé 20 metros por el fondo y entre frutales divisé un par de grupos de personas paradas en círculos, sólo veía de sus rodillas a los pies, y  el rumor de charlas amenas que mezclaban español, inglés y árabe creció.

Volví al dormitorio a comentar con mi esposa mi sospecha: los ex prisioneros de Guantánamo estaban en la casa vecina. Sin abrir los ojos me sugirió que volviera a dormir, que seguro se me pasaría. Pero yo ya no hubiera podido dormir.

Si eran ellos debía trabajar, pero ¿cómo hacerlo sin violentar el derecho a la privacidad que todos tenemos, el que siempre me he jactado respetar y por el que “milito” en mis clases en la universidad? Cuestiones éticas y profesionales giraban en mi cabeza y yo giraba por la casa sin poder parar.  

El tunecino Abdul Bin Mohammed Abis Ourgy y el palestino Mohammed Tahanmatan conversan con un vecino en el mercado del barrio (AFP / Pablo Poriúncula)

El domingo tranquilo había desaparecido definitivamente, aun cuando no lograba confirmar quiénes habían roto la rutina dominguera de mi barrio. Sin tener un plan salí al frente de casa y ya no quedarían sospechas: frente al portón de mi vivienda se encontraba estacionado el auto que días antes había fotografiado entrando y saliendo del Hospital Militar, llevando entre otros a la abogada del ex prisionero sirio Jihad Diyab (43), Cori Crider, quien brindó las primeras declaraciones respecto al estado de su cliente y el resto de los refugiados.

Supe que irían al mercado barrial. Como siempre, tomé mi pequeña Nikon y a la feria fui. Allí podría encontrarme con ellos, confirmar enteramente mi idea y si las circunstancias lo permitían, hacer alguna foto.

Entre el grupo identifiqué al palestino Mohammed Tahanmatan (35), a quien también reconocieron algunos vecinos que le pidieron para hacerse fotos. La circunstancia de la foto estaba dada y el permiso también, excepto el de Jihad, quien pidió no ser fotografiado. Mi cámara contenía ahora el registro de una escena cotidiana de una feria uruguaya transitada por personas cuyas historias han recorrido el mundo.

El domingo traería alguna sorpresa más. Allí mismo, en la feria, me invitaron a compartir el almuerzo y supe de la condición de no hacer imágenes salvo que ellos las pidieran o autorizaran expresamente y cada vez. 

Así pues, como pocas veces me sucede, me han quedado más imágenes en las retinas que en la cámara. 

 Abdul Bin Mohammed Abis Ourgy y Ahmed Adnan Ahjam condimentan el cordero para asarlo (AFP / Pablo Porciúncula)

Ya en la casa, los refugiados se entretenían en diferentes actividades. “Locura tiene con él”, comentó la madre del pequeño de dos meses al que Jihad sostenía entre sus delgados brazos y no paraba de mimar. La madre del niño era una de los 16 uruguayos que participaron en la reunión. 

El palestino Mohammed y el tunecino Abdul Bin Mohammed Abis Ourgy (49) hablaban en inglés con un grupo de periodistas. De tanto en tanto Abdul pasaba a hablar en el perfecto italiano adquirido en los años que vivió en aquel país, que también le dejó cierta pasión por el fútbol, y ahora asegura ser simpatizante del uruguayo Nacional. 

El sirio Omar Mahmoud Faraj (39) buscaba unas bermudas cómodas para faenar el cordero que sería asado para el almuerzo. No le conformó ninguna de las ofrecidas pues no cubrían sus rodillas. 

Fernando Gambera, dirigente de la central única de trabajadores de Uruguay (PIT-CNT), organización que les cede la casa en la que viven y proporciona la logística en esta etapa de inserción y capacitación, comentó que en varias ocasiones debieron ajustar propuestas para contemplar las costumbres de los refugiados. 

La diferencia cultural estaba presente ahora con la ansiedad de los uruguayos, que comenzaban a sospechar que el cordero jamás estaría listo para la hora del almuerzo (asar un cordero a la parrilla en este país sudamericano requiere  unas 4 horas), mientras los refugiados no mostraban preocupación y aseguraban que sólo les llevaría 40 minutos.

Abdul Bin Mohammed Abis Ourgy y Mohammed Tahanmatan preparan el cordero a la parrilla (AFP / Pablo Porciúncula)

Cerca de las dos de la tarde Abdul hizo un llamado para orar y cinco de los refugiados se reunieron en el salón de la casa junto a uno de los uruguayos que también participó de la oración. 

Jihad se entretuvo un rato más con el bebé y luego se internó en la cocina para preparar ensaladas, la primera comida que ese cocinero de profesión hacía luego de 12 años en prisión.

Al finalizar la oración cada uno de los refugiados ocupó su puesto.  Omar (carnicero de profesión) manejaba el cuchillo para faenar y trocear el  cordero. Los sirios Ali Hussain Shaabaan (32) y Ahmed Adnan Ahjam (36) lo asistían. Abdul condimentaba la carne y se ocupaba de la parrilla asistido por el palestino Mohammed. 

Algunos periodistas comenzaron a despedirse luego de probar, alrededor de la parrilla, los primeros trozos del cordero asado;  Jihad  pidió “five minutes more” para comer todos juntos en una larga mesa dispuesta bajo la sombra y en la que él ocupó  una de las cabeceras.

El tunecino Abdul Bin Mohammed Abis Ourgy muestra su cédula uruguaya durante el almuerzo en una casa en Canelones, cerca de Montevideo (AFP / Pablo Porciúncula)

Los refugiados no hablaban sobre Guantánamo, tampoco lo hacían demasiado sobre su futuro, pero si preguntaban sobre el costo de alquilar una casa en Uruguay, sobre el salario mínimo en el país, sobre la plaza laboral. 

Mohammed me preguntó si alguna vez estuve en Palestina y opinó que debería ir: es un país tranquilo, salvo en la Franja de Gaza, asegura; quiso saber la distancia entre Uruguay y Palestina y las formas de viajar hacia allí. En algún momento de la conversación y como lo han hecho todos en distintas ocasiones, se refirió al presidente uruguayo José Mujica. “Lo ví en TV antes de venir... con su Volkswagen azul color cielo, con su perra a la que le falta una pata... y su esposa, ooh, ella también es increíble...”. Y al ser consultado sobre cuánto acceso tenía para ver televisión en Guantánamo, respondió: “El pasado quiero olvidarlo”. Y se disculpó por evitar hablar de ello.

Luego del almuerzo, sentado en el césped, Jihad habló largo rato por teléfono con su familia, pidió que le acercaran al bebé para que lo escucharan en el teléfono. Le pasó el aparato a Ali, a quien llama “brother” pues se criaron en el mismo pueblo, y también a su profesora de español para que conociera la voz de su esposa. 

Al finalizar la conversación agradeció en nombre de su familia la hospitalidad e informó que más tarde recibiría por mail una foto de ellos que quería enseñar. Y de recibirla estuvo pendiente el resto de la jornada, incluso durante el largo paseo por la playa que le exigió un esfuerzo físico extraordinario y donde se tomó unos minutos para descansar y recobrar energías luego de cruzar una duna de arena.

Cinco de los seis refugiados posan en el jardín de una casa cerca de Montevideo el 14 de diciembre de 2014 (AFP / Pablo Porciúncula)

Jihad rechaza que se hagan imágenes de él para evitar preocupaciones en su familia por su estado físico, producto de los 8 años en que llevó adelante una huelga de hambre a la que sobrevivió obligado a recibir alimentación vía sonda nasogástrica. 

El sirio espera ansioso reunirse con su familia, con la que imaginaba encontrarse al llegar a Uruguay. Lejos de ello, recibió la dolorosa noticia de la muerte de su hijo de 15 años en la guerra siria, un conflicto que ignoraba pues no existía cuando fue apresado. 

De paseo por la playa después del almuerzo (AFP /Pablo Porciúncula) 

Otro de los que se comunicó telefónicamente con su familia fue Ahmed, por segunda vez desde que fuera liberado. Mientras hablaba caminaba entre los frutales, de tanto en tanto miraba hacia el grupo que lo esperaba para bajar a la playa, sonreía, levantaba el volumen de voz y volvía a perderse en la conversación. Habla con su padre que “está viejito”, comentó el palestino Mohammed.

Antes de ir a la playa, los hombres volvieron a reunirse en el salón para orar.

La caminata por la playa duró casi dos horas. Los refugiados marchaban tranquilos, vestidos en jeans y camisetas. Algunos bañistas se percataron de su presencia, pero nadie los interrumpió.

Caminando por la orilla del Río de la Plata, Abdul escribió en español, en la arena, "Viva la Libertad", y entonces pidió ser retratado allí.

Pablo Porciúncula es fotógrafo de AFP en Montevideo.

De izq. a der., Ali Hussain Shaabaan, Omar Mahmoud Faraj, Abdul Bin Mohammed Abis Ourgy y Mohammed Tahanmatan en una playa cerca de Montevideo el 14 de diciembre de 2014 (AFP / Pablo Porciúncula)

Pablo Porciúncula