"Déjalos en paz, sabes bien que están sufriendo"

Avisos de búsqueda de personas desaparecidas durante el tsunami del 26 de diciembre de 2004 en el océano Índico en las paredes de un hospital de Pkuket, en Tailandia, en enero de 2005 (AFP / Pornchai Kittiwongsakul)

PARÍS, 26 de diciembre de 2014 – Todo comenzó cuando estaba echándole un vistazo al hilo de la AFP, una mañana al despertar, en el fresco de Hanoi. Un tsunami arrolló el Océano Índico y azotó las costas de Indonesia, Tailandia, Sri Lanka. Las cifras son estremecedoras: más de cien mil muertos y desaparecidos, y aumentan hora tras hora.

Estamos a finales de diciembre, todo el mundo está de vacaciones y lo que está ocurriendo es lo que llamamos en nuestra jerga pura y dura "un acontecimiento mundial". Poco después, suena el teléfono: es la oficina de Hong Kong, donde está la dirección regional para Asia. ¿Quiero ir allá, vivirlo desde el centro de los acontecimientos, poner todo mi empeño para informar al mundo? No. Conozco la leyenda del periodista y su vocación ante todo, pero no. No necesariamente tenemos la vocación a flor de piel en todo momento, en cualquier circunstancia. Estoy cansado y sería mejor que hiciera una pausa.

Un tsunami golpea Koh Raya, cerca de Phuket en Tailandia, el 26 de diciembre de 2004 (AFP / John Russell)

Pero esta lógica se desmorona pronto. "No tenemos a nadie en la región. Sinceramente, te necesitamos", me dicen. Me envían a India, agrega. Treinta minutos más tarde, será más bien a Aceh, Indonesia. Y después no. "Por Bangkok, vamos a ver que hay, creo que tomarás otro vuelo a Phuket. Muchos turistas extranjeros se han visto afectados".

Ahora, ya no leo el hilo de la misma forma. Hay que ir a lo fundamental: ¿Dónde estamos ahora? ¿Qué sucedió en Phuket? ¿En qué estado se encuentra la ciudad? ¿Podrán aterrizar los aviones? ¿Habrá electricidad?

Sé que un colega sale a Sri Lanka, que otro va a Aceh, que refuerzan la oficina de Bangkok, que mandan fotógrafos a todas partes. La máquina AFP se pone en marcha con una eficiencia sinigual. Paulatinamente, un montón de imágenes terminan por nublarme la cabeza, un vértigo también. Habrá cuerpos, sufrimiento, confusión. Tal vez no se encuentre ningún lugar para dormir, y tengo que resolver como transmitir. ¿Todavía quiero ir? La pregunta ni se plantea. Voy.

Crece la adrenalina, como la aprehensión. Y una certeza, ahora, que soy incapaz de explicar pero que he sentido en el pasado en situaciones extremas: voy a ver el horror, pero por nada del mundo cambiaría mi lugar con nadie. Mi esposa entiende mi partida, pero no estoy muy seguro de lo que piensa. Yo ya estoy lejos, ella lo sabe.

Espero mi maleta ante la cinta del aeropuerto de Phuket. Tras un siglo de retraso, me embarqué con personal de ONG, camarógrafos y algunos turistas. Llamo a Bangkok, adonde se trasladó mi colega Philippe Agret, que estaba de vacaciones en la playa en el Golfo de Tailandia. Estoy contento, nos conocemos bastante. Hay respeto, amistad, eso puede ayudar.

Una calle en Phuket unas horas después del tsunami, el 26 de diciembre de 2004 (AFP)

"Necesitaría un buen papel, bien escrito, un reportaje. ¿Puedes anunciar algo?”.

"Sí, pero bueno, aún estoy en el aeropuerto. No tengo ni idea de con qué me voy a encontrar. ¿Cuándo quieres el anuncio?”.

"Lo ideal sería ahora, pero bueno, haz lo que puedas".

"Sensación de lavadora"

Una hora y media de embotellamiento más tarde, llegué al centro de Phuket a buscar una habitación. Todo está lleno. Está a tres kilómetros del mar y nada se refleja allí en el bullicio del final de la jornada. El dueño  de un hotel termina por acogerme en su casa.

Unos minutos más tarde, cae delante de la recepción un joven australiano. Dan tiene un hombro roto, docenas de puntos de sutura en la cara y hematomas en todo el cuerpo. Pasa su tiempo entre el hospital, al que va a limpiarse las heridas, y la terraza del hotel. Será el protagonista de mi primer retrato. Él me cuenta de la ola, el miedo, el agua que lo arrastra, lo sacude en todas las direcciones. Yo lo describo como "sensación de lavadora". No he visto nada, no he tomado conciencia de nada. El infierno está a tres kilómetros de distancia.

Turistas heridos esperan en el Hospital Internacional de Phuket, el 26 de diciembre de 2004 (AFP / Saeed Khan)

Segundo día. Otros enviados especiales de la agencia han llegado. Un colega tailandés cubre las aldeas locales barridas por la ola. Un angloparlante parte más hacia el norte, a una playa devastada. Cadáveres colgados de los árboles. Me concentro en el centro de coordinación de rescate. Está ubicado en el hotel de la ciudad, un edificio blanco situado en un gran jardín con arbustos cuidadosamente podados.

Sobrevivientes errantes

Aquí es donde se encuentran agrupados todos los operadores turísticos, diplomáticos y otras organizaciones de ayuda extranjeras. Y aquí es donde deambulan su pena los abrumados sobrevivientes. Una mujer busca a su madre, una pareja ha perdido a sus hijos. Todas sus fuerzas se concentran en mirar las grandes paredes en las que se han colocado fotos, letreros con nombres, números de teléfono, pedidos de auxilio desesperados.

Un hombre busca a su esposa, que tiene el mismo nombre que la mía, y cuyo hijo se llama también como el mío. Yo miro esta foto unos minutos más.

Un monje budista mira los avisos de búsqueda publicado en el hospital de Phuket el 5 de enero de 2005 (AFP / Pornchai Kittiwongsakul)

Los empleados de las agencias de turismo hacen la ronda de sus clientes desaparecidos, van de un hotel a otro, cuentan los cuerpos a distancia. Voy al hospital, me reúno con el personal. En el establecimiento, las ocho cámaras frigoríficas están llenas, cada una con dos cuerpos en vez de uno. Una docena de cadáveres permanecen en el pasillo, cubiertos con un simple trapo, a merced del calor y la humedad.

Corredor de la muerte en el hotel de lujo

Ya no estoy indemne. Hasta ahora no había visto ni un cadáver, o muy pocos. Es extraño para un periodista que cubre un desastre natural. Si me dejo llevar, voy a terminar hasta sintiéndome culpable, diciéndome que son mis colegas los que hacen el trabajo duro. 

Parto a Khao Lak, una playa a dos o tres horas de carretera al norte, donde se encuentra el Sofitel Blue Lagoon, el hotel del grupo francés Accor, que quedó totalmente derruido. El hotel está construido en forma de U, frente al mar, y fue desde cuya recepción se dio la alerta. Demasiado tarde. El agua se precipitó sobre este corredor de la muerte antes de cubrir todos los espacios. Ahora quedan algunos cuerpos, un olor nauseabundo, como ningún otro, peluches, maletas, la marca del agua a 2,5 metros de altura.

Una mujer busca a sus familiares entre los cuerpos almacenados en un templo en Takuapa el 28 de diciembre de 2004 (AFP / Saeed Khan)

El mar es turquesa, los pájaros cantan, el infierno ha hecho una muy breve aparición. Yo trato de hablar con el personal del hotel pero algunos colegas se me han adelantado y a ellos ya no les salen las palabras.

Sigo mi camino sin hablar con nadie

Envío mi reportaje por un teléfono satelital y me dirijo a Phuket en autostop. Le pido a un coche que me deje en el aeropuerto. Personas de todas las edades deambulan, demacradas. Chicas llorando. Mochileros en chancletas mirando hacia el vacío. Cuarentañeros desgarrados. Hay billetes de vuelta que no se usarán. Tengo que ir a hablar con ellos. Es mi trabajo, me pagan por ello. Dos camarógrafos llegan, casi corriendo. "¿Qué siente? ¿Puede contarnos?". Hacen que me avergüence, tengo dolor de estómago y al final sigo mi camino sin hablar con nadie. ¿Hice bien? Diez años más tarde, sé que hice lo que me dijeron mis tripas: déjalos en paz, maldita sea, sabes bien que están sufriendo.

Una tailandesa llora después de identificar el cuerpo de su marido en la morgue de Pathong el 27 de diciembre (AFP / Saeed Khan)

Todas las mañanas hablo con el jefe interino en Bangkok. ¿Estás bien? Sí, Sí, no te preocupes. ¿Estás seguro? Sí, sí". Es cierto, pero aun así... Me reconforta que se haga la pregunta. Vuelvo al centro de la crisis. Constato que "lo más difícil es hacer una clasificación entre los muertos, los desaparecidos, los "extraviados" probablemente con vida pero que todavía no han sido localizados, y los que ya han regresado a casa".

Mano dura diplomática sobre los cuerpos descompuestos

Las autoridades han abierto una página web en la que se difunden las fotos. Pero esta vez, son de cadáveres. Esta la única forma de que los sobrevivientes ubiquen a sus muertos. Los rostros están hinchados, a punto de explotar bajo el efecto del calor, irreconocibles. De hecho, los vivos que los escrutan se ven colorados. No debo llorar, no soy yo quien está sufriendo. Escucha, mira y trabaja, me digo. Cada vez que me siento delante de mi consola, me encuentro con esto tan difícil de explicar: me encanta este trabajo, aunque (¿o porque?) a veces me lleva un poco más allá de mí mismo.

Un cadáver de un extranjero no identificado en la morgue de Pathong el 29 de diciembre de 2014 (AFP / Romeo Gacad)

En todas partes, las morgues están desbordadas y los medios de refrigeración no son suficientes. Funcionarios franceses encargados de la identificación llegaron al lugar, pero no trabajan porque aún no tienen autorización. Tiene lugar, de hecho, un singular combate: los occidentales quieren mantener los cuerpos allí tanto como sea posible para poder identificarlos con los dientes, alguna característica particular del esqueleto, eventualmente ADN. Pero los riesgos de contaminación son enormes, y según la cultura tailandesa deben ser incinerados.

Pronto, el enfrentamiento por el tema de los cadáveres hinchados por la putrefacción se vuelve político. No hablamos más que de ellos, pero nosotros no los vemos. Yo repaso la pared de las fotos de los sobrevivientes. Cada vez se me hace más difícil mirarlas por mucho tiempo. Cuanto más tiempo pasa, menos posibilidades quedan que sean hallados con vida.

Una víctima no identificada del tsunami es enterrada en la provincia tailandesa de Phang Nga, el 9 de enero (AFP / Peter Parks)

 "¡Encontrado!", está escrito en grande junto a una imagen. Sensación placentera la de que existen buenas noticias. Hay unas pocas. Oímos hablar de un barco con su tripulación de siete personas que estaban buceando en las costas del mar de Andamán y que supieron del horror al regresar al puerto. Hace bien contar una historia así.

La primera ola se lleva al hijo, la segunda se lleva a la mujer

Pero rápidamente se cae en la dura realidad. Como la de este hombre que mantiene agarrados a su esposa e hijo de las manos. La primera ola se lleva al hijo, la segunda a la mujer. Él se queda allí, impotente y culpándose por no haber sido capaz de aguantarlos.

Y siempre estas preguntas que atormentan a todo el mundo: ¿Qué nombre, cuál vida, que dificultades se escondían detrás de estos cuerpos? ¿Dónde mi esposa, mi hijo, mi hermana, mi sobrina, mi padre, se están pudriendo? "Es el nuevo trauma que deben soportar los sobrevivientes, privados del ataúd, de un funeral y, por tanto, de la materialidad de la muerte. La gente no quiere irse. Hasta que no vean el cuerpo, no lo creen", dice un trabajador humanitario.

Un voluntario canadiense (izquierda) ayuda en la búsqueda de desaparecidos en Pathong el 28 de diciembre (AFP / Romeo Gacad)

En el hall del hotel cinco estrellas, el 31 de diciembre. La pianista de música ambiente trabaja como todas las noches. Venimos con un colega de Le Figaro a tomar una cerveza para tratar de no pensar en nada durante dos horas. Me paso el día hablando de cadáveres pero son los sobrevivientes los que me persiguen.

Frente a la entrada, en un sofá, un hombre puso su mano sobre el hombro de su esposa, devastada. No dice nada más, ya ha dicho todo y no fue suficiente. ¿Cuántos niños han perdido? ¿Uno? ¿Dos? Yo los miro de lejos, se me hace un nudo en el estómago, sigo mi camino. Ellos me molestan porque me devuelven mi malestar. Una cerveza, luego dos. Eso es todo.

Un olor del que no puedes deshacerte más

Los forenses franceses nos cuentan su día a día en París, su trabajo, las intervenciones en las grandes catástrofes. Ellos no se relacionan con el sufrimiento de los sobrevivientes, pero se pasan la vida abriendo bolsas de plástico. Abrir el cierre tras haberse frotado un algodón perfumado por la nariz para no dejar penetrar el olor de los cadáveres, pues es un olor del que no puedes deshacerte más. Me hubiera gustado saberlo antes de ir a Khao Lak.

Más de 600 cuerpos en espera de ser identificados en un templo en Khao Lak, de 29 de diciembre (AFP / Saeed Khan)

En esta oportunidad, todavía no han empezado a trabajar: la disputa política no se ha resuelto. Dicen sarcásticamente. "Y mientras tanto, ellos se hinchan". Nos reímos juntos.

Han pasado nueve días. Han llegado más refuerzos. Un colega viene para reemplazarme, yo pedí que no se tardara demasiado. Esto no es lo ideal para la agencia, mandar a otro enviado especial cuesta caro, pero está acostumbrada y no protesta.

Me entero de que un fotógrafo en Asia desactivó el celular durante 48 horas. ¿En serio? ¿O sea que hay otros que también lo han encontrado difícil?

Aterrizo en Hanoi y vuelvo a casa. Mi hijo de 18 meses me recibe en la puerta y viene corriendo hacia mí. Yo lo tomo en mis brazos y lo acaricio por todas partes diciéndome que la ola no se lo ha llevado. Lloro, mucho tiempo. Su madre me prohíbe ver televisión. No debo ver más estas imágenes. No debo ver más los cuerpos. Tengo que volver al mundo de los vivos. Mi "terreno" me come, ahora debo recuperar mi libertad.

Didier Lauras, enviado especial a Tailandia tras el tsunami del 26 de diciembre de 2004, es actualmente jefe de redacción de AFP para Francia.

Marines tailandeses durante una ceremonia de homenaje a las víctimas del tsunami a bordo del portaviones Chakrinaruebet, en el mar de Andaman, el 28 de enero de 2005 (AFP / Pornchai Kittiwongsakul)