Lula, la lucha final

Sao Paulo, Brasil - Cuando les pedí a los periodistas de la AFP en Brasil que me dijeran qué les gustaría preguntarle a Lula en caso de que finalmente nos diera una entrevista, recibí un número insospechado de respuestas. 

Tanto los corresponsales en Rio, Sao Paulo y Brasilia como periodistas del Desk Brasil (que trata la información en portugués) me enviaron sugerencias. Algunos buscaban entender por qué el hombre más admirado y también uno de los más detestados del país se empeñaba en disputar las elecciones de octubre, después de haber sido condenado a más de doce años de cárcel por corrupción. En principio, la ley debería inhabilitarlo, poco importa que sea el gran favorito en las encuestas.

Otros querían saber qué haría si volviera al poder; y había quienes le exigían autocríticas, con un despecho que solo se puede sentir en las grandes decepciones políticas o amorosas.

El expresidente brasileño Lula da Silva lanza su pre-candidatura presidencial en Expominas, Belo Horizonte, Brasil, el 21 de febrero de 2018 (Douglas Magno / AFP)
La multitud sostiene un muñeco inflable de Lula vestido de preso (pichuleco), en una protesta contra la presidenta brasileña Dilma Roussef y el Partido de los Trabajadores (PT), en Sao Paulo, Brasil, el 30 de agosto de 2015. (Nelson Almeida / AFP)

Cuando Paula Ramón, una de nuestras corresponsales en Sao Paulo, me llamó para decirme que Lula nos recibiría el 1 de marzo, me dije que esta vez era la buena.

Yo había cubierto su primer mandato (2003-2007) como corresponsal de la AFP en Brasilia y sabía que, en situaciones adversas, el hombre podía encerrarse en el silencio o en los mítines, como ocurrió durante el escándalo del 'mensalao', los sobornos pagados por el Partido de los Trabajadores (PT) para comprar apoyo parlamentario.

Ese escándalo fue juzgado, varios implicados fueron presos y Lula fue reelecto y consiguió que Dilma Rousseff le sucediera en 2011. Pero cuando recuperó su jovialidad, yo ya me había marchado de Brasil.

Cuando regresé, esta vez a Rio de Janeiro, en 2016, el panorama había cambiado radicalmente: Rousseff acababa de ser destituida por el Congreso, el conservador Michel Temer, su vicepresidente acusado de 'traidor', completaba el mandato y Lula se hallaba bajo el foco de la Operación Lava Jato, que descubrió una gigantesca trama de sobornos encaramada en Petrobras.

El juez anti-corrupción brasileño Sergio Moro en una rueda de prensa en Lima, el 23 de febrero de 2017. (Cris Bouroncle / AFP)

Los responsables de la agenda de Lula pidieron un pequeño currículum de quienes participaríamos en la entrevista: Paula, el fotógrafo Nelson Almeida, la videasta Anne-Laure Desarnauts y yo.

Duraría una hora y tenía una única condición: solo podrían filmarse las dos primeras preguntas. Eso nos obligaba a evitar una entrada en materia blanda, dado que Anne-Laure precisaba ofrecer a los abonados de AFP-TV algo más que generalidades. 

Identificamos tres campos de interés: la situación de Lula ante la justicia electoral (¿Tiene un plan B si le impiden ser candidato?); ante la justicia penal (¿Cómo encara la posibilidad de pasar el resto de su vida en la cárcel?) y ante una eventual victoria en octubre (¿Qué alianzas tejerá para gobernar? ¿Cómo evitará una fuga de capitales?).

Partidarios de Lula sostienen una pancarta gigante con su nombre en una manifestación en la plaza Generoso Marqués de Curitiba, Brasil, el 13 de septiembre de 2017 (Heuler Andrey / AFP)

Temíamos ante todo que Lula se acorazara en sus denuncias contra las elites, sin ninguna evaluación afinada sobre su situación política y personal.

El 1 de marzo, Folha de S.Paulo publicó una larga entrevista con Lula.

Al descubrirla, temí que el expresidente hubiera lanzado una campaña de comunicación, concediendo entrevistas a diarios y agencias nacionales e internacionales que dejasen a la nuestra perdida en un enjambre.

En sus respuestas a Folha, Lula sorprendía al denotar cierta satisfacción por la manera en que Temer había sobrevivido el año pasado al escándalo de las grabaciones, en las que se le oía dar un aparente consentimiento al pago de sobornos a un diputado preso. Consideraba que Temer había derrotado en esa ocasión a fuerzas que el propio Lula identificaba como sus principales enemigos: las elites, la red Globo y los fiscales de la Operación Lava Jato, que "criminalizaron la política", como nos diría esa mañana.

Lula habla con la AFP en el Instituto Lula de Sao Paulo, en Brasil, el 1 de marzo de 2018 (Nelson Almeida / AFP)

Paula Ramón había conseguido la entrevista, sin dejarse desmoralizar por meses de veremos.

Pero Paula estaba por esos días de reportaje en el estado amazónico de Roraima, a 3.000 km de Sao Paulo, y su regreso estaba previsto menos de dos horas antes de la cita. Había que fiarse de las buenas condiciones meteorológicas y de la puntualidad de las compañías aéreas. Pedir un aplazamiento nos parecía arriesgado y frustrante.

Paula, venezolana, estaba conmocionada por la situación de decenas de miles de compatriotas que dormían en plazas e improvisados albergues de Boa Vista y Pacaraima ("Aunque no hace falta ser venezolana para estar conmovida por esa situación", me explicaba). 

Habíamos pensado algunas preguntas sobre el triste fin de la ola de gobiernos nacionalistas de izquierda en América Latina, pero ahora se nos hacía evidente que el tema no podía ser planteado de forma genérica. Al fin y al cabo, Lula fue amigo, aliado y fiador político de Hugo Chávez y la crisis se aceleró con Nicolás Maduro, sucesor designado del líder bolivariano fallecido en 2013.

Lula escucha al expresidente venezolano Hugo Chavez en el palacio Planalto de Brasilia. el 7 de diciembre de 2006. (Evaristo SA / AFP)

Estábamos ya en camino con Anne-Laure y Nelson, cuando sonó mi celular: "¡Llegué, estoy en un taxi!", gritó Paula, que poco después bajaba con sus dos maletas frente al Instituto Lula, en el tradicional barrio de Ipiranga.

Nos recibieron José Crispiniano, asesor de prensa del Instituto, y Ricardo Stuckert, fotógrafo oficial de Lula desde su primera presidencia. Entramos por la puerta trasera, que da acceso a un patio con piscina y asador. Al fondo, se hallaba el estudio de grabación.

Tres técnicos del Instituto preparaban su propia filmación. Pasaron unos quince minutos y finalmente Lula llegó, vistiendo una camiseta deportiva roja y un saco oscuro; nos saludó con ese arte que todos le reconocen de hacerte sentir un conocido de toda la vida y se puso a hablar de las dificultades de gobernar un país como Brasil, con más de treinta partidos. Una "misión imposible", comentó.

Lula llega a una entrevista con la AFP en el Instituto Lula de Sao Paulo, Brasil, el 1 de marzo de 2018 (Nelson Almeida / AFP)

Semejante inicio nos descolocaba un poco: Lula, de forma inesperada, estaba jugando con las blancas y lo único que nos quedaba era preguntarle: "¿Y entonces, Presidente, cómo piensa gobernar si vuelve al poder?», con el riesgo de que se lanzara a una perorata sobre los arcanos del sistema político brasileño.

Con Paula nos habíamos repartido los papeles: ella haría preguntas relacionadas con la corrupción y América Latina y yo las que tuviesen que ver con la política y la economía. Habíamos decidido además que quien hiciera la pregunta mantuviera el contacto visual con Lula, sin tomar notas.

Stuckert declaró en un momento la entrevista formalmente abierta, Anne-Laure empezó a filmar y nosotros pudimos preguntarle si no veía el riesgo, aferrándose a su candidatura contra viento y marea, de un inicio de campaña más centrado en sus problemas judiciales que en los problemas de Brasil.

Durante la charla, Lula bebió dos o tres cafés. Probablemente un mal sorbo le provocó varios accesos de tos, pero su voz ronca nunca se convirtió en la carraspera irritada que le había oído en la época del 'mensalao'.

Se le veía concentrado y relajado, como si ninguna amenaza le acechara.

Me dije que la batalla debía ser para él un tónico. Y pareció confirmarlo, al rechazar dar un paso de lado en las elecciones para evitar una mayor polarización del país. "Hay polarización en el fútbol, en la religión, en la política, en la cultura. No podemos tener miedo a la polarización", y menos en una campaña en la cual las encuestas lo presentan como favorito, adujo con convicción.

Lula habla con la AFP en el Instituto Lula de Sao Paulo, en Brasil, el 1 de marzo de 2018 (Nelson Almeida / AFP )

Si la batalla es su motor, la negociación y el realismo son las armas de este exsindicalista. Aunque ello le lleve a pactos difícilmente digeribles para la izquierda.

"No sirve de nada buscar un santo para hacer alianzas, porque (…) los que votan son los diputados y uno tiene que discutir con quienes tienen voto. Es difícil y al mismo tiempo un ejercicio muy rico de democracia", expuso con la sencillez de quien demuestra un teorema.

El fútbol, "polarizado" o no, es una de las pasiones de este fanático del Corinthians, el centenario club de Sao Paulo, que nos explicó doctamente cómo ve el Mundial de Rusia. Le gustaría ir a ver a la Seleçao, pero no podrá hacerlo, porque "estamos en campaña y allá no hay votos".

Resulta difícil imaginar que este hombre esté viviendo probablemente los momentos más difíciles de una vida llena de victorias, derrotas y ambigüedades que desde hace 40 años se entrelazan con las victorias, derrotas y ambigüedades de Brasil.

Lula gestualiza durante la firma de un tratado con los sindicatos, en el palacio Planalto de Brasilia, el 27 de diciembre de 2006. (Evaristo SA / AFP)
Lula llega al Tribunal Federal para ser interrogado por el juez anti-corrupción Sergio Moro, en Curitiba, Brasil, el 13 de septiembre de 2017. (Heuler Andrey / AFP)

La lucha política y la judicial son una sola para él. "Mi única preocupación en este momento es intentar mostrar mi inocencia. Si me condenaran y me encarcelaran, estarían condenando a un inocente".

Lo que está en juego, para Lula, no es solo su futuro. Es la lectura retrospectiva de un camino que llevó a un niño pobre del nordeste a convertirse en líder de las grandes huelgas obreras contra la dictadura a fines de los años 70 y en una de las figuras más admiradas y consensuadas del planeta a inicios de este siglo.

El expresidente estadounidense Barack Obama saluda a Lula a su llegada a la cena en la Cumbre de Seguridad Nuclear en Washington, el 12 de abril de 2010. (Jim Watson)

"Hay algo de lo que me enorgullezco y estoy seguro de que ya está en la Historia: hasta el día de hoy, en todas las encuestas soy considerado como el mejor presidente de la Historia de Brasil", afirmó.

"Soy el presidente que ha fundado más universidades (...) y voy a ser recordado por eso, como el hombre que creó el Programa Hambre Cero, que hizo la mayor política de inclusión social de la que se tenga noticias en los tiempos modernos".

Lula habla con miembros del Movimiento de los Trabajadores sin Tierra (MST) en una visita a su campo en Itatiaiucu, en Minas Gerais, Brasil, el 21 de febrero de 2018. (Douglas magno / AFP)
Lula da las manos a partidarios en Itinga, Brasil, el 11 de enero de 2003. (Mauricio Lima / AFP)

Pero hay una parte de la población brasileña que quiere que Lula pase a la Historia como el primer expresidente obligado a llevar un traje rayado de presidiario, tal como lo representa un muñeco, el "pichuleco", que sus adversarios enarbolan en las manifestaciones de apoyo a Lava Jato.

"¿Pasa por su cabeza que podría ir preso?", le soltó Paula. 

La respuesta fue instantánea: "Todos los días".

Pero "una prisión puede durar mucho, como la de Mandela, que duró 27 años, o durar poco, como la de Gandhi".

Si bien Lula acostumbra compararse a esas figuras, no recuerdo haberle oído esa distinción entre estadías cortas o largas tras las rejas. Me digo que se está preparando para lo peor, pero que cuenta probablemente con un arsenal de recursos que podrían resultar más desgastantes para el sistema judicial que para él mismo.

Entre tanto, sigue en campaña.

Me preguntaba al salir qué tipo de mensaje había querido transmitir este político acorralado a través de sus declaraciones a una agencia internacional. 

Lula pronuncia un discurso en la conferencia internacional de Biofuels em Sao Paulo, Brasil, el 21 de noviembre de 2008. (Mauricio Lima / AFP)

Por mi parte, había percibido a un Lula a quien le gustaría proyectarse como un sabio que tiene mucho por ofrecer a su país y a América Latina. Su toma de distancia pública con el chavismo, totalmente novedosa, sin romper puentes con Maduro, parecía apuntar en esa dirección.

Si así fuera, hoy en día parecería un espejismo: pocos creen en la posibilidad de que su candidatura sea habilitada y muchos dicen que le quedan pocas semanas de libertad.

Sus más fieles partidarios recuerdan que no es la primera vez que Lula lucha contra la adversidad.

Solo que esta es la lucha final.

Lula pronucnia un discurso en Rio de Janiero, el 6 de junio de 2016. (Yasuyoshi Chiba / AFP)

 

Jorge Svartzman