Los hijos del yihadismo
Jihan traía el cabello atado con un elástico blanco atrás de la nuca y las uñas pintadas de un tono rosa resquebrajado. Como cualquier adolescente, pensé. Excepto por lo que dijo, sus palabras estaban muy lejos de lo que diría una adolescente despreocupada.

La joven yazidí, sobreviviente de un cautiverio que duró cinco años bajo el yugo del Estado Islámico, vivió más cosas de las que cualquiera debería soportar y mucho menos una niña sola.
A los 13 años fue secuestrada por el EI y separada de su familia, en su ciudad Sinjar, en Irak, la escarpada patria de la minoría yazidí.
A los 15 años ya había sido forzada a casarse con un tunecino miembro del EI. "Le dije que quería controlar el embarazo, pero él dijo que quería niños", me narró sin dudar.
Así que a los 17 años era madre de dos hijos, mientras sus captores la arrastraban de ciudad en ciudad cuando el llamado "califato" se reducía presionado por Estados Unidos.
La chica dio a luz a su tercer hijo en Baghouz, la aldea agrícola donde el EI se estableció a principio de este año. Finalmente, las fuerzas apoyadas por Estados Unidos la rescataron en marzo y fue trasladada con sus niños a un refugio de seguridad que alberga a otros sobrevivientes yazidíes.
A los 18 años enfrentó otro dilema. Tuvo que tomar una decisión para la que una madre nunca está preparada. Permanecer con sus niños, pero aislada de su comunidad yazidí que no acepta hijos de padres que no son de esa etnia o dejar a sus pequeños en Siria y volver a casa sin ellos.
Durante una semana vivió una agonía, pero al fin se decidió a volver con su familia a su comunidad, en el noroeste de Irak, acompañada sólo de su hijo mayor, donde nosotros la entrevistamos el mes pasado.

Fue la primera vez que entreviste ante cámara a una sobreviviente de ataque sexual y lo hice con un equipo multimedia que era mayormente de hombres. Así que nos llevó tiempo charlar con sus familiares alrededor de un té para que se sintieran cómodos con nosotros. Cuando llegó el momento de grabar, le puse el micrófono en el cuello de manera lenta.
Jihan habló sin tartamudear, compartiendo momentos oscuros de su captura con una candidez conmovedora e impresionante. Dice que no se arrepintió de dejar a sus niños -"Niños Daesh", los llamó- pero sus ojos brillaron y sonrió un poco cuando habló de eso.
La chica dijo que ya los dejo atrás, en el refugio de yazidíes, en el noreste de Siria. Ahí le informaron que crecerían en un orfanato. Insistió en que no piensa en ellos. "¿Por qué querría verlos de nuevo? Qué se queden ahí, así pueden olvidarme y yo puedo olvidarlos. Déjalos vivir su vida y crecer", dijo casi de manera mecánica.

Me preguntaba si, de alguna forma, su edad le facilitó ignorar los contradictorios sentimientos que rodearon su maternidad forzada. Traté de recordar como era cuando yo tenía 18 años y concluí sin ninguna duda que no habría tenido el valor que tenía esa niña que estaba frente a mí.
"¿Piensas casarte de nuevo?", le pregunté. Esperaba un "no" contundente, un rechazo a lo establecido que le ha complicado la vida a tan temprana edad. De nuevo me sorprendió.
"Veré cómo cambia mi vida. Puedo estudiar, aún soy joven -tenía 13 años cuando esto pasó", replicó.

Nuestro equipo estuvo una semana en la provincia de Dohuk, en el noroeste de Irak, entrevistando a mujeres y niños yazidíes que fueron retenidos en cautiverio por EI, igual que sus familia, activistas, trabajadores sociales y sacerdotes.
En 2014 los yazidíes fueron expulsados de sus aldeas originarias y se ganaban la vida en decenas de campamentos y refugios informales establecidos a través de las montañas de Donuk. En esas colinas y dentro de cada tienda que les proporcinó la ONU o de cada cabaña de cemento, que una familia llama hogar, había un sinfín de historias de pérdida, de desconfianza y vergüenza.
Por cinco años esas historias estuvieron bajo la mirada internacional, en artículos periodísticos, documentales y reportes especiales.
Nuestro objetivo ahora era producir una serie de historias sensibles y originales sobre una comunidad rota y harta de los medios de comunicación, sin caer en fetiches y sin reabrir sus heridas.

La familia de Jihan fue un microcosmos de todas las historias en la destrozada comunidad yazidí. La chica tuvo su propio momento cuando estuvo secuestrada por los yihadistas y al tener que tomar la desgarradora decisión de dejar a sus hijos, pero también está el drama de sus padres separados de sus hijos hasta que fueron rastreados en el extranjero, igual que otros 100.000 yazidíes desde 2014.

Está la historia de su hermano Saman, el hombre sobreviviente de la familia que trataba de mantener a sus hijos mientras buscaba a sus familiares perdidos, y están su hermana y dos hermanos - aún desaparecidos tras ser secuestrados por EI - ausencias similares a tres hoyos quemados en una fotografía familiar.
Los tres niños de Jihan, hijos de un miembro del grupo yihadista que secuestró a sus hermanos perdidos, nunca podrán llenar esos huecos, dice Saman. "¿Cómo podría aceptar que ellos vinieran acá?, ¿cómo?", pregunta.
Otros niños también han regresado, son menores yazidíes secuestrados por IE en 2014 y que han estado la mitad de sus vidas siendo criados por yihadistas.
En mi último día en Dohuk, pasé unas horas con una familia con cinco hijos, todos entre siete y 12 años, que habían sido rescatados de IE en varias partes en los últimos tres años.
Me incomoda admitir la visible diferencia entre aquellos rescatados en 2016 y los liberados de Baghouz hace sólo unos meses. Un hermano y hermana, que escaparon con su madre del EI en 2016, reboloteaban con ropa de colores llamativa alrededor de una casa de campaña, hablando kurdo. Sus tres primos, en casa hacía sólo unos meses, estaban sentados en una esquina jugando un videojuego y hablando en árabe. Le pregunté a su madre que si les hablaba en mi árabe nativo, que ellos aprendieron con EI, podría traumatizarlos. Ella se encogió de hombros.

Le ofrecí mi libreta de notas a Lama, una de las recién llegadas. La niña de 10 años tecleó minuciosamente unas cuantas letras.
¿Qué es eso?", le pregunté.
"Tengo un nombre diferente, con el que me llama mi otra familia", dijo. Le pregunté si tenía apodos y me vio con la mirada perdida. Las preguntas eran muy grandes para víctimas tan pequeñas.
Mientras los miraba me pregunté cuantos de estos niños crecerían para pensar en un hogar, en religión y en familia. Eventualmente, ¿abandonarán el árabe, muy ligado a su experiencia en cautiverio?, ¿serán capaces de hablar abiertamente sobre lo que pasaron en una comunidad tan violenta y destrozada por las personas que los criaron durante cinco años? Eran preguntas muy grandes para víctimas tan pequeñas. Temí revictimizarlos.
Esos niños, nacidos de padres yazidíes, fueron perdonados cuando llegaron a la comunidad, pero no los que nacieron de madres yazidíes violadas. Es como si su parte yazidí no existiera, solo la parte Daesh.
En muchas conversaciones, los entrevistados parecían sugerir que la sangre no yazidí en esos niños los predisponía a la violencia y el extremismo. ¿"Crees que estos niños crecerán normales?", me preguntó un activista.
Fue difícil escuchar a las personas hablar de los niños de esa manera. Pensé que la gente que fue víctima de una crueldad inimaginable tendría más empatía con niños que no eligieron nacer de una violación.
"Si tú y yo decimos que se les debe permitir a esos niños regresar, tenemos una razón: sentido de humanidad. Pero los que dicen que no tiene mil razones", dice el mismo activista. "Si un niño nace de un padre yihadista, ¿cómo se supones que le podemos llamar? ¿Abu Bark al Baghdadi?, dice riendo al referirse al jefe de EI.
Otra mujer, una trabajadora social del gobierno, dijo que los niños que vivieron con el EI siguen siendo vulnerables al extremismo. "Los niños son como una arma vacía. Los puedes cargar con la munición que quieras", dice.

Y la doctora Nagham Hasan, obstetra y ginecóloga yazidí que ha defendido su comunidad, dijo que traer a casa niños nacidos de yihadistas podría ser un primer paso para esa minoría demasiado violentada. "Esos son los hijos de nuestros enemigos", me dijo suavemente.
Conocí a Hasan a finales de enero, cuando cubrí su trabajo como terapeuta con cientos de sobrevivientes yazidíes que no tenían a nadie más a quien recurrir. Mis colegas y yo la seguimos de tienda en tienda mientras chequeaba a sus pacientes jóvenes, diagnosticando sus heridas físicas y emocionales también.
Esta vez, nos encontramos en un café de un centro comercial en Dohuk. Los círculos debajo de sus ojos se habían oscurecido.
"Todos están exhaustos. Estamos cansados, cansados de hablar acerca de los mismos problemas, cansados de ver que nada mejora", dijo.

En muchas conversaciones esa semana, escuché de yazidíes agotados por el indefinido desplazamiento y el misterio no resuelto de sus parientes perdidos. Gran parte de Sinjar sigue en ruinas y solo unos miles de yazidíes han regresado. "Si no hay Sinjar, no hay yazidíes", dijo Ali Kheder del Consejo Espiritual Superior.

Para muchos el cansancio se ha convertido en frustración, un asunto caliente para los funcionarios locales y federales, la comunidad internacional, e incluso para los reporteros. Desde su punto de vista, la comunidad esta abierta a hablar sobre las atrocidades y la humillación cometidas por cinco años, esperando que la preocupación internacional se pueda convertir en una ayuda real.
En el contexto de este malestar, pedir la reintegración de los niños nacidos de IE fue como echar sal a heridas que aún están abiertas.
Baba Shawish, un clérigo yazidí y custodio de sitio sagrado de Lalish, se negó rotundamente a discutir sobre mujeres sobrevivientes o sobre sus hijos.
"Estos son solo unos cuantos casos cuando tenemos miles de niñas perdidas aún. Así que ante tus ojos, ¿uno de esos niños vale más que 1.000 niñas yazidíes?, me preguntó.

Muy a menudo era difícil lograr que los entrevistados superaran esa amargura y se abrieran precisamente porque ya lo habían hecho, sin ver mucho progreso.
Ahí es donde Suzan entró en escena.
Suzan, trabajadora social de la Fundación Jinda y administradora en Irak de la ONG Sikh Khalsa Aid, es lo más cercano que he visto a un ángel en la tierra. Es una feroz aliada de la comunidad yazidí de Dohuk. Escucha de manera compasiva y es una persona creativa e ingeniosa para las familias que viven en los campamentos de los alrededores. Cuando Suzan entra en el campamento de inmediato la envuelven niños, mujeres con bebés recién nacidos que necesitan nombre; adolescentes que esperar su visita porque necesitan suplementos higiénicos o para saber cosas que no preguntan a nadie más porque son muy tímidas.

Suzan fue indispensable para encontrar a muchas mujeres y niños vulnerables que entrevistamos, y para ayudarlos a sentirse cómodos con nosotros. Los defensores como ella son mediadores cruciales para historias sensibles como esta.
Había otra línea plateada: la oportunidad de producir historias completamente sobre mujeres.
Después de cubrir Siria de manera remota por tres años y ocho meses en mi puesto en Irak, me acostumbre a que los hombres condujeran y a historias centradas ellos. Combatientes, altos funcionarios de gobierno, expertos y académicos, activistas y representantes de agencias de ayuda, una abrumadora mayoría de nuestras fuentes son hombres.
La semilla de algo bueno que ha emergido de la horrible subyugación de los yazidíes en 2014 es el empoderamiento de las voces femeninas de la comunidad.
La laureada premio Nobel de la Paz, Nadia Murad, puede ser el ejemplo más prominente, pero hay miles de almas valientes como ella en todo Dohuk. Navin Dinnay, una joven periodista yazidí que llegó a casa desde el noreste de Siria solo hace unas semanas luego de cinco años bajo el yugo de EI, estaba visiblemente impaciente cuando la conocimos.
"Quiero empezar a hablar, tengo mucho que decir y hay mucho que hacer", nos dijo. Su valor y el de otras me dieron la rara posibilidad de escribir historias casi completamente de mujeres: sobrevivientes, cooperantes, periodistas, médicas, analistas y funcionarias, hablaron de sus propias historias por única vez.

Han pasado cinco años desde que EI arrasó con Sinjar y la comunidad está de acuerdo en una cosa: la horrible saga que inició ese año no ha terminado. "El genocidio continua", repetían los entrevistados.
¿Cómo podría terminar, dijeron, con tanta gente perdida, otros destruidos y sus comunidades originarias en ruinas? ¿Cómo terminar mientras los yazidís sintieron que las grandes ciudades de Irak los traicionaron en Sinjar hace una década y lo pueden hacer otras vez? El EI hizo mucho más para destruir a los yazidíes que los horrores de la esclavitud y los asesinatos en masa. Abrió por la fuerza a una minoría insular, los arrancó de sus raíces en Sinjar y sembró la paranoia después de que habían estado miles de años en Irak. No podían seguir llamando hogar a este país.
“Necesitamos garantías que no pasará nuevamente. Hasta ahora, no hemos obtenido esas garantías”, dijo Nagham.
“Todos están hablando de salir. Irse es un genocidio, pero quedarse lo sería también”.
