La pistola en el baño
Bagdad -- Cuando el nuevo coronavirus empezó a propagarse en febrero en el país vecino de Irán, los iraquíes de inmediato empezaron a volverse sarcásticos. Uno de los comentarios que más se escuchaba era: ¿Qué podría hacernos? Lo hemos visto todo.
Fue la primera vez que regresé a Bagdad desde 2014. La ciudad estaba muy diferente. Sin embargo, no había cambiado en nada.

A pesar de que la situación de la seguridad estaba relativamente estable, y que en los últimos tiempos solo había sido interrumpida de manera casual por enfrentamientos en las protestas y por los cohetes dirigidos a bases que albergan a soldados de Estados Unidos, la frustración seguía siendo el único sentimiento común entre sus ciudadanos.
Me enviaron a Bagdad entre 2011 y 2014, cuando la muerte asediaba a la ciudad y estaba dominada por los coches bomba.
Las familias iraquíse visitaban diariamente las morgues tratando de identificar a sus seres queridos muertos. Personas que habían fallecido de manera fortuita en heladerías, restaurantes, escuelas, teatros... Todos habían perdido a alguien.

En junio de 2014, semanas antes de que saliera de la ciudad, el grupo Estado Islámico tomó Mosul y condujo al país a un túnel aún más oscuro. Pero la derrota del EI cuatro años después abrió una ventana de esperanza.
Cuando regresé en febrero pasado a una misión periodística, parecía como si Bagdad finalmente hubiera podido respirar después de un maratón de turbulencias que duró cuatro décadas, desde que Saddam Hussein llegó al poder.

Justo antes de que el nuevo coronavirus comenzara a obligar a la gente a quedarse en casa, coches de lujo recorrían por las noches la orilla del Tigris, casa antiguas fascinantes eran restauradas, se podía ver a las familias compartiendo pacíficamente comidas en restaurantes recién abiertos y en el día de San Valentían había parejas cogidas de la mano caminando por las calles de la vibrante zona de al Mansour.
Muchos tabúes sociales se han caído en poco tiempo. Ahmad, de 32 años, me dijo que esta relativa calma ha hecho que la gente se de cuenta de que en la vida hay algo más que luchar contra la muerte todos los días. "Dignidad", dijo.
En un país rico en petróleo, donde el 65% de la población es menor de 25 años, los jóvenes aspiraban a disfrutar del mismo estilo de vida de los países vecinos. "Quiero un país", se convirtió en el lema de las protestas que estallaron en octubre.

Pero la corrupción sigue siendo uno de los principales desafíos. Es un problema que se arraigó tanto desde la invasión encabezada por Estados Unidos en 2003, que no se podía conseguir nada sin un soborno. Incluso el mejor postor se quedaba con los ministerios.
El sectarismo, la falta de servicios básicos, las milicias que controlaban los negocios, la ausencia de atención médica que obligó a las familias a tener que viajar al extranjero para recibir tratamientos, todo eso puso a los iraquíes al borde de la depresión y la desesperación.
Muchos residentes de Bagdad querían irse en 2014, y muchos todavía quieren escapar de la interminable frustración, profundizada recientemente por las muertes causadas por el coronavirus que a mediados de mayo se había cobrado 110 víctimas en su país y cerca de 7.000 en el vecino Irán.

En la histórica calle Al Mutanabi en el centro de Bagdad, Ali, un hombre nacido en los años 40, se gana la vida con trajes coloridos, corbatas de flores y una foto de él cuando era joven pegada a una moto decorada con flores de plástico.
A la sombra de una estatua del famoso poeta árabe Al-Mutanabi, Ali me dijo que Bagdad era, y debería ser de nuevo, como él: "Limpio y alegre".

Pero la ciudad parece estar muy lejos de eso.
En mi primera noche en febrero, salí a cenar a un restaurante encantador.
Un hombre esperaba impaciente a su chica, parejas y amigos charlaban y reían a carcajadas, y una familia se había reunido alrededor de una mesa celebrando con una tarta amarilla lo que parecía ser el cumpleaños de su pequeño hijo.
Sentí un consuelo que no había experimentado en ninguna de las veces que me habían asignado una misión en esa ciudad.
Pero el momento duró sólo hasta que fui al baño.
Sobre un cubo de basura de metal, en un rincón del pequeño espacio, contra el fondo del papel tapiz de rosas azul celeste, alguien había dejado su pistola negra.
Un simple recordatorio de que seguía en la misma Bagdad que dejé hace seis años.
