En el ojo del huracán Odile

Habitantes de Cabo San Lucas ven la destrucción en las calles después del paso del huracán Odile, el 15 de septiembre de 2014.
LOS CABOS, México, 1 de octubre de 2014 - El aeropuerto en el que aterrizamos por la tarde ya no estaba a la mañana siguiente. De hecho, muchas cosas dejaron de existir en Baja California Sur tras el paso del monstruoso Odile.
El meteoro, que llegó a cobrar la fuerza de huracán categoría cuatro, le arrancó a este rincón de playas y desiertos del noroeste de México la felicidad apacible y pintoresca que 30.000 turistas habían ido a buscar.
Cuando nos colamos a la fuerza en el último vuelo comercial que salió de Ciudad de México rumbo al ojo del ciclón, creíamos estar prevenidos contra todos los destrozos posibles.
Un garrafón de combustible para no quedarnos varados cuando todas las estaciones de gasolina estuvieran por los suelos. Otro de agua que valdría oro cuando el sistema de agua potable colapsara. Varias latas de atún y galletas para sobrevivir. Linternas, botiquín de primeros auxilios… antenas satelitales para transmitir a la AFP aunque se caiga el mundo.
Pero Odile escondía un as bajo sus brazos nubosos que marcaría toda nuestra cobertura: el miedo que cundió como remolino entre turistas y habitantes, y que al paso de las horas se polarizó en angustia, impotencia, frustración y violencia.
Un miedo generalizado que nos hizo parecer, ante los ojos de las víctimas, como algo que no éramos.
“¿Cómo es un huracán de esa fuerza? Ustedes que saben, díganos por favor qué va a pasar”, nos suplicó un lugareño refugiado en un albergue, temiendo –atinadamente- que su casa de madera y techo de lámina no resistiera.
“¡No nos tomen fotos!, ¡Váyanse, primero traigan las despensas!”, replicó una mujer en ese albergue improvisado entre los pupitres multicolores y pizarrones de una primaria.

Habitantes de San José del Cabo revisan sus casas destruidas después del paso del huracán Odile, el 15 de septiembre de 2014.
Obviamente, no teníamos todas las respuestas ni manera de hacer labor humanitaria en aquel refugio abarrotado, donde las cobijas a ras del suelo no parecían alcanzar para cubrirse de la angustia.
Para entonces, Odile se acercaba peligrosamente a la costa. La noche había caído y nuestro jeep parecía naufragar en el caudal que corría por las calles, arrastrando consigo árboles caídos, desechos y cuanto objeto hallara a su paso.
La oscuridad total sólo se entrecortaba fugazmente con la aparición de un relámpago o con las chispas que escupían los postes de luz ante los vientos de más de 200 km/h. Pero la suerte nos condujo hasta un par de cuartos –inundados– de hotel.
A los pocos minutos, Odile llegó.
El ambiente se llenó de una humedad que todo lo transpiraba y de una presión que oprimía los oídos. Quebrando ventanas y cimbrando muros, Odile nos arrinconó en los baños, el único lugar de las habitaciones donde nuestro equipo estaba a salvo. Ahí transmitimos, comimos un bocado y pasamos buena parte de la noche. A la luz de las linternas.
Para cuando amaneció, de Odile ya sólo quedaba una estela gris en el cielo. Pero su as de miedo apenas germinaba sobre el paisaje apocalíptico en que se convirtió Los Cabos, aislado del mundo por tierra, sin electricidad, gasolina, agua potable, ni señal telefónica.

Personas saquean un supermercado en San José del Cabo después del paso del huracán Odile, el 15 de septiembre de 2014.
Los turistas hospedados en nuestro hotel empezaron a ver en nosotros una fuente de salvación. Nos pidieron dos galones de agua para los biberones de un bebé, usar el satelital para comunicarse con sus familiares, que les informáramos con detalle cómo estaba todo en los alrededores, que los transportáramos al aeropuerto…
Sólo pudimos dar los galones de agua.
Cuando fuimos a los barrios pobres de la ciudad, sus habitantes nos abrieron las puertas de lo que quedó de sus casas para mostrarnos con lujo de detalle su recuento personal de daños. Pero, a cambio, nos pedían llevarles en persona al presidente municipal o al gobernador, hacer presión para que buscaran a sus vecinos desaparecidos, y, ya que estamos, hacer que se construyera la clínica que quedó en promesa muerta desde la última campaña electoral.
De haberlas encontrado, habríamos cuestionado a las autoridades sobre estos y otros asuntos, pero 24 horas después del paso de Odile seguían brillando por su ausencia. Nada de policía local, ni federal, ni ejército, ni Protección Civil.
Esta sensación de desamparo fue metamorfoseándose en psicosis y anarquía mientras la temperatura se acercaba a los 40°C y el aire se volvía irrespirable.
Una oleada de cientos de habitantes y turistas, que parecía presa de un estado alterado de conciencia, decidió arrasar con las tiendas de autoservicio. Los adultos animaban a sus hijos a saquear “lo más posible”, y entre todos se atropellaban y empujaban en un frenesí violento.

Turistas esperan en el aeropuerto de San José del Cabo ser abordados en un avión para abandonar la zona afectada por el huracán, el 16 de septiembre de 2014.
Nuestras cámaras y micrófonos se convirtieron entonces en una amenaza para la turba que se organizaba como un enjambre de abejas: unos nos repelían con amenazas y empujones, los otros seguían robando desde bolsas de arroz hasta galones de bebidas alcohólicas, pantallas de plasma, cigarros, bicicletas, electrodomésticos y cubiertos de plata.
Después se supo que los primeros en saquear fueron los policías locales y hasta el coordinador de Protección Civil, y que los vecinos de una quincena de colonias decidieron armarse con palos, machetes y pistolas para proteger sus casas del enjambre rapaz.
Más de 30 horas después del embate de Odile, y todavía sin ningún servicio público, las autoridades empezaron a operar un puente aéreo en lo que quedó del aeropuerto local para sacar a los miles de turistas que quedaron varados.
Las filas de espera eran kilométricas, los recursos gubernamentales insuficientes.
Un oficial de la gendarmería nos pidió transportar a una mujer y su pequeña hija hasta el aeropuerto, mientras que un grupo de estadounidenses nos rogó hacerlos pasar por periodistas, creyendo que eso les daría prioridad en el acceso a vuelos.
Después de esperar más de ocho horas sobre la pista de despegue, un avión de la Fuerza Aérea nos condujo hasta Tijuana junto con otros 150 turistas que estallaron en aplausos y fanfarrias cuando la nave despegó.
“¡Nunca más Los Cabos!”, gritaban, en inglés.
Yemeli y Ronaldo fueron parte del equipo de AFP que viajó al balneario mexicano de Los Cabos para cubrir el impacto de Odile tras su paso el 14 de septiembre. El huracán categoría cuatro dejó seis muertos y cientos de personas sin hogar en esta ciudad turística en el peninsular estado de Baja California Sur, donde los daños en hoteles y comercios se calcula que ascienden a cerca de 1.000 millones de dólares.

Una vista de las calles vacías de Cabo San Lucas previo a la llegada del huracán Odile, el 14 de septiembre de 2014.