En Congo soy "blanca"
Lubumbashi (República Democrática del Congo) -- Apenas había bajado del avión en la República Democrática del Congo cuando un aduanero empezó a mostrarme un video de una decapitación de extranjeros en su teléfono al mismo tiempo que su compañero me pedía matrimonio... recordaré durante mucho tiempo de mi llegada a Lubumbashi, la capital minera del sur del país.
Tras declinar educadamente tanto una como otra proposición, recuperé mis maletas y me adentré en la RDC, un sueño para mí y una experiencia radicalmente diferente de todo lo que había vivido hasta hoy.
Aquí, por primera vez en mi vida, fui considerada “blanca”.

Soy periodista francesa, he trabajado en Camboya, en Hong Kong y ahora en Nueva Delhi, donde soy la coordinadora de video de la AFP para Asia del Sur.
Me he acostumbrado a colocar mi material, ordenador y trípode incluidos, en la parte trasera de calesas indias que van como locas esquivando tenderetes callejeros entre olores de manzanilla y de masala, mientras sudo a chorros bajo un calor de plomo y protejo mi cámara de la lluvia de los monzones.

Sin embargo, África era para mí una tierra inexplorada. Galardonada con una beca de la Fundación Internacional de Mujeres International Women’s Foundation (IWMF), que patrocina reportajes de mujeres periodistas de todo el mundo en la región de los Grandes Lagos africanos y en América Latina, tuve oportunidad de viajar al continente por primera vez en mayo.
La beca me condujo primero a Kenia, donde participé en un programa de entrenamiento para periodistas que trabajan en entornos hostiles y pasé algunos días aprendiendo a dar golpes en la nariz tras ser secuestrada repetidamente por actores armados de machetes.

A los pocos días, viajé a Lubumbashi, donde empezaron las cosas serias y donde pasé poco más de una semana trabajando en dos reportajes texto, foto y video para la AFP: uno sobre la Academia de Fútbol del todopoderoso club congolés Mazembe, y otro sobre unas pintoras de una aldea que consiguieron vender sus obras en Francia por decenas de miles de dólares.
Ambos temas, muy diferentes unos de otros, me permitieron explorar la ciudad y el campo, hablar con adolescentes y aldeanos, filmar en un estadio repleto, con más de 18.000 personas, y en una aldea sin electricidad.
Las mayores diferencias entre India y Congo se pusieron en evidencia rápidamente. En Francia, muchos creen que soy una turista asiática a causa de mis orígenes chinos. En India, a menudo creen que soy nepalesa. Pero en Congo era sencillamente una “mzungu” (una “blanca”), por primera vez en mi vida, igual que mis compañeras periodistas rubias con ojos azules.

Como videasta, trabajar con una gama de colores tan diferente fue absolutamente fascinante. Las ropas de los congoleños no tienen nada que envidiar a los saris de las indias en lo que concierne a la vivacidad de los colores y el refinamiento de los motivos…

Acostumbrada a filmar bajo el cruel sol indio, tuve que aprender a domesticar la luz congoleña, mucho más dulce pero también caprichosa a su manera. En las primeras semanas de la estación seca, unas nubes inmensas no dejaban de desfilar lánguidamente por encima de la cabeza de mis entrevistados, y eso hacía cambiar constantemente la luz sobre sus rostros.
Filmar la piel de los congoleños, a menudo más sombría que la de los indios, fue un ejercicio fascinante y exigente: la forma de la que su rostro refleja la luz es increíble pero deja poco espacio al error, sobre todo en el caso de sobre-exposición.


Otra diferencia, capital para mí, fue el factor lingüístico. Poder hablar francés, mi lengua materna, y no necesitar un guía o un traductor improvisado me supuso una gran liberación. No me gusta meter la cámara en la nariz de la gente sin haber intercambiado antes unas cuantas palabras y haberme presentado, pero a veces la barrera del idioma complica la labor.
En India muchas veces me siento frustrada tras conseguir retratos magníficos de aldeanos liando cigarrillos tradicionales o de granjeros con turbantes fumando la pipa de agua sin haber conseguido intercambiar una sola palabra con ellos.
En Congo, ¡qué felicidad poder llegar a diferentes barrios, incluso los más remotos, y poder charlar con los niños, con los ancianos!… hablar en mi lengua materna en un entorno tan diferente fue una experiencia extrañamente familiar e inédita.

También redescubrí el placer de caminar sin ser observada de arriba abajo, respirando aire puro y sin sudar un litro de agua por minuto, cosa habitual en Delhi, la capital más contaminada del mundo según la OMS. En las calles de Lubumbashi, la muchedumbre es menos densa y, sobre todo, no hay manos resbaladizas que temer, algo muy habitual en la mayoría de los rodajes en India.
Tampoco es todo tan fácil, hacer reportajes en Congo también tiene sus dificultades. A nivel administrativo las gestiones pueden ser tan laboriosas como en India y además teníamos que tener los bolsillos constantemente llenos de cigarros por si había que sobornar a alguien en los puestos de control…

Además, otros imprevistos marcaron mi estancia: uno de los entrevistados estaba convencido de que mi guía era un espía, pasamos en coche al lado de un cadáver que yacía en la carretera, unos agentes de policía dieron una paliza a un supuesto ladrón a unos metros de mí y una de las periodistas de la beca se libró de ser linchada por una muchedumbre hostil en las inmediaciones de una mina. La tranquilidad ambiental parece que puede estallar en cualquier momento.

Al charlar con una periodista congoleña, me di cuenta de que para los reporteros locales ejercer su trabajo puede resultar difícil, sobre todo para una mujer, y en cierto modo me sentí privilegiada de poder trabajar diariamente sin ser importunada de esa forma.
Marcel Proust escribió: “El único viaje verdadero, el único baño de juventud, no sería ir hacia nuevos paisajes, sino tener otros ojos, ver el universo con los ojos de otro, de otros cien, ver los cien universos que cada uno de ellos ve, que cada uno de ellos es”. Regresé de Congo con la impresión de haber conseguido entrever una pequeña parte de la riqueza de este país a través de cientos de miradas y de haber podido inmortalizar la imagen para algunas de ellas.
