Camisas para el sudor en la Casa Blanca
Washington DC - Cuando llegué a la solemne Washington desde la despreocupada Rio de Janeiro como nuevo corresponsal de la AFP en la Casa Blanca, lo primero que tuve que hacer fue comprarme un traje. Entonces, mientras vagaba entre pilas de ropa en una tienda por departamentos, un letrero llamó mi atención: "Camisas de vestir masculinas con absorción de humedad".
Me tomó un segundo hacer clic, pero sí, estaban vendiendo camisas de oficina resistentes al sudor. En la cada vez más nerviosa capital de la nación, parecía algo adecuado.

Una histeria colectiva se ha apoderado de Estados Unidos desde la última vez que trabajé aquí, durante la presidencia de Barack Obama.
O quizás –más que colectiva- una histeria dividida, pues hoy todo se filtra a través de prismas opuestos, en los que Donald Trump es un soplo de aire fresco que llegó a salvar al país de la decadencia o un ególatra que empuja a Estados Unidos hacia un precipicio.

Mi primer encuentro en vivo con el presidente se dio apenas uno o dos días después de comenzar mi trabajo en la corresponsalía, cuando me uní a otros reporteros de la Casa Blanca en la Sala Roosevelt, donde lideraba una reunión sobre iniciativas de empleo. Era una ocasión de rutina, pero yo era un novato y estaba emocionado de estar allí. Me preguntaba cuándo vería a Trump tan cerca de nuevo. Y lo noté todo, incluido su cabello.

Sí, su pelo. Mis hijos adolescentes me pidieron que lo mirara, así que lo hice, intentando torpemente dibujar en mi libreta un boceto para mapear las contradictorias direcciones tomadas por esos mechones de color cítrico a medida que avanzaban y retrocedían alrededor de la cabeza del presidente número 45 de Estados Unidos.
Bueno, resultó que no tenía que preocuparme por las oportunidades para acercarme a Trump. A pesar de haber casi eliminado las reuniones informativas tradicionales de la Casa Blanca, el mandatario es sorprendentemente, casi absurdamente, accesible: da improvisadas entrevistas de manera tan frecuente como éstas son propensas a contener sorpresas.

Pero el enigma de quién es realmente Trump, el peligroso bufón o el salvador no convencional, sigue sin resolverse. Justo como el secreto de su cabello.
Trabajar en la Casa Blanca suena bastante glamoroso y lo es. A veces.
Volar con el presidente es vivir el viaje de tu vida. Si subes al Air Force One nunca te sentarás en puertas de embarque, esperarás por un lugar para aterrizar o tendrás que quitarte los zapatos. En el momento en que las puertas del Boeing 747 se cierran, el piloto despega tan rápido como el conductor de la fuga en un robo a un banco. Apenas tienes tiempo de abrocharte el cinturón de seguridad. ¿Y lo mejor? Nadie se molesta en obligarte a ponerte el cinturón de seguridad.

Pero luego regresas a tierra y las cosas empiezan a ponerse raras.
Antes de las elecciones parlamentarias de medio mandato de noviembre, acompañé a Trump a varios de sus mítines bajo el eslogan “Make America Great Again” (“Hacer a Estados Unidos grande de nuevo”) en el sur y el medio oeste del país. Así viví la extraña experiencia de volar con un lujo considerable, para aterrizar y llegar a estadios a ser abucheado por miles de personas.
Demonizar a los periodistas es uno de los pilares de los actos de Trump. Cuando da discursos, habla de la economía ("caliente"), la inmigración ilegal ("invasión" de violadores y ladrones), el patriotismo ("nuestros corazones sangran rojo, blanco y azul") y los medios de comunicación: "deshonestos", "noticias falsas", "enemigos del pueblo". Vaya a un mitin de Trump y escuchará cada uno de estos contenidos. Vaya a otro y lo escuchará todo de nuevo. Aunque es acusado de dirigir una Casa Blanca caótica y de hacer política al vuelo, el presidente es en muchos aspectos notablemente consistente.


Funciona así: de repente, Trump apuntará al área destinada a la prensa y le dirá a la multitud que inventamos todo, nunca decimos la verdad y, en general, somos terribles. La multitud se dará la vuelta y nos abucheará, mientras Trump, incitándolos, sacudirá la cabeza, murmurando algo así como "triste".
No puedo decir que esto me moleste a nivel personal. Se siente más como una pantomima que como algo intimidante. Más que nada, me siento avergonzado por los hombres y mujeres adultos que pretenden amenazarnos. Dudo que se involucren en ese tipo de cosas en casa o en la oficina al día siguiente. Es serio lo que dicen estas escenas sobre la salud del debate en Estados Unidos.

Entonces el mitin termina. Nos apresuramos a regresar a los cómodos asientos del Air Force One. Nos ofrecen macarrones con queso, costillas a la barbacoa, trozos grandes de carne y, como estamos volviendo a casa, vino, whisky o cerveza. Una vez, Ivanka Trump sacó un pastel de cumpleaños. Como dije: raro.
Dentro de la Casa Blanca, los periodistas somos una especie de molestia aceptada, un poco como un nido de roedores en el sótano o el ático de alguien. Cuando los habitantes de la casa arrojan fragmentos de información, nos precipitamos.

El ala de prensa, construida sobre lo que una vez fue una modesta piscina interior, es pequeña. Con los equipos de televisión, no solo falta lugar para que los periodistas puedan sentarse, sino que apenas hay espacio suficiente para salir por la puerta.
La sala de reuniones, famosa cuando aparecía casi a diario en las pantallas de televisión del mundo, es ahora un lugar desolado. Casi abandonada como escenario para que portavoces de la Casa Blanca brinden resúmenes informativos regulares, tiene un propósito poco discernible más allá de ser un lugar donde los corresponsales sin escritorios asignados pueden sentarse. Atrapados en sus teléfonos y computadoras portátiles, parecen viajeros perdidos en el aeropuerto.

AFP tiene la suerte de tener tres escritorios asignados -en realidad, uno y medio para tres personas- en una esquina llamada "Stills Country", donde mi colega de texto Jerome Cartillier y yo trabajamos entre varios fotógrafos de la agencia. "Stills Country" es una maravilla (los fotógrafos son una gran compañía y están bien informados), pero tiene la comodidad de un armario de limpieza. No hay luz natural ni ventilación. Ah, y si pensabas que el "pantano de Washington" era solo una metáfora, ten en cuenta que los mosquitos son algo común en "Stills Country".
Pero en lo más importante, sin embargo, somos consentidos. A diferencia del afable pero distante Obama, este presidente nos habla varias veces a la semana. Él dice odiar a la prensa, pero en verdad nunca parece tener demasiado de nosotros, ni nosotros de él.

Washington está lleno de gente que encontrará cientos de maneras de no decir nada. Trump, sin embargo, se aleja rutinariamente del guión y dice lo que piensa. Tiene una sincronización cómica natural y una sorprendente falta de inhibición. Y justo cuando crees que ya no puede salirse más de la pista, lo hace.
Se deleita en comentarios escandalosamente autoelogiosos, contando cómo los mandatarios extranjeros adulan sus logros. Afirma que él y el líder de Corea del Norte, Kim Jong Un, "se enamoraron". Se jacta de simplemente haber ignorado el teléfono cuando los aliados intentaron persuadirlo para que no mudara la embajada de Estados Unidos de Tel Aviv a Jerusalén. Inventa apodos infantiles para oponentes: "Pocahontas Elizabeth Warren", "el lloroso Chuck Schumer", "la deshonesta Hillary", etc.

Suena a veces como un tipo presumiendo en el bar, otras como un comediante de stand-up, o un tipo rudo de la calle, un acosador escolar, un líder popular. Pero al final de todo, como el mismo hombre de negocios implacable que hizo de su nombre un sinónimo del despiadado mundo inmobiliario de Nueva York.
En esta primera temporada del “show de Trump”, a su protagonista le fue muy bien. Con el control republicano del Congreso, solo enfrentó una oposición ineficaz. Mediante su estilo disruptivo y acaparador de titulares, dominó todos los debates y estableció la agenda noticiosa.
Ahora, sin embargo, llega la segunda temporada, con una gran cantidad de nuevos personajes.

A partir de enero veremos una Cámara de Representantes controlada por los demócratas, ansiosos por escribir sus propias líneas de la trama. Con el control de los comités de supervisión, podrán obtener información que hasta ahora la administración Trump consideró propiedad privada. Con la fecha, el fiscal especial Robert Mueller entrará también en el tramo final de su misión de investigar los presuntos vínculos entre la campaña de Trump y agentes rusos en las elecciones de 2016.
Esto no es solo una presión más para Trump, es una amenaza existencial.
Y ya estamos viendo un adelanto de cómo reaccionará.

Pocos días después de la derrota de su partido en la cámara baja del Congreso, Trump estuvo en pie de guerra. Expulsó de la Casa Blanca a un periodista de CNN que encuentra especialmente molesto, se burló de Francia por haber sido invadida por Alemania en las guerras mundiales, y generó un alboroto cuando reemplazó a su fiscal general con un aliado que coincide con él en que la investigación de Mueller es "una caza de brujas".
Una reorganización del personal de la Casa Blanca seguirá pronto: a fin de año dejará su cargo el general retirado John Kelly, considerado el "adulto en la habitación", hasta ahora su jefe de personal.

Imagínese el panorama a medida que se acerque la elección presidencial de 2020: no será lindo.
En una conferencia de prensa de Trump, es posible que escuche al presidente insultar a un periodista, llamarlo estúpido o mentiroso o mala persona y, en el siguiente aliento, oírlo hacer una broma. Él sabe cómo encantar, tanto como sorprender.
Sí, esas camisas que absorben la humedad realmente pueden ser útiles.
