Ver al mundo en llamas

A medida que el planeta sufre olas de calor, inundaciones, incendios forestales y sequías, crece una sensación de inquietud o incluso pánico.

El momento en que caí en la cuenta de la situación y dije "¡Oh, mierda!" fue a principios de 2009, dos años después de que comencé a cubrir ciencia y la geopolítica del cambio climático para la Agence France-Presse.

Para ese entonces, había informado sobre decenas de estudios, hablado con científicos, asistido a cumbres climáticas de la ONU y entrevistado a isleños del Pacífico cuyas pequeñas naciones se hundían bajo las olas.

Pero aún no había recibido el impacto que sentí  al darme cuenta de que un calentamiento global descontrolado pondría patas arriba a la civilización. Una patada en el estómago.

Ese golpe se produjo en una conferencia en Oxford, donde se pidió a una amplia gama de expertos que imaginaran un planeta cuatro grados Celsius más caliente. El cuadro que surgió fue una pesadilla. Me hizo sentir como si estuviera en posesión de un conocimiento aterrador que de alguna manera otros no lograban ver.

 

Un bombero combate un incendio forestal cerca de Louchats, el el suroeste de Francia, el 17 de julio de 2022 (Thibaud Moritz / AFP )

 

 Lo cual es extraño, porque el peligro que representa el cambio climático es visible y está presente desde hace mucho tiempo. Ya a fines del siglo XIX, Svante Arrhenius, el primer ganador del premio Nobel de Química, predijo que duplicar el CO2 en la atmósfera calentaría el planeta en cinco grados centígrados, tornándolo inhabitable. Incluso especuló sobre cómo podría suceder: quemando demasiado carbón.

En 1969, el asesor presidencial y futuro senador estadounidense Patrick Moynihan dijo al gobierno de Richard Nixon que el calentamiento global podría levantar el nivel de los océanos lo suficiente como para ahogar las principales ciudades. “Adiós Nueva York”, escribió en un memorándum. “Adiós Washington, para el caso”.

En 1985, el astrobiólogo Carl Sagan advertía al Congreso de Estados Unidos que "estamos legando problemas extremadamente graves a nuestros hijos cuando el momento de resolver esos problemas, si es que pueden resolverse, es ahora".

Y en 1988, el mismo año en que el científico del gobierno estadounidense James Hansen proclamó que el calentamiento global había comenzado, las Naciones Unidas crearon un cuerpo de científicos voluntarios, el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), para mantener a los líderes mundiales actualizados sobre la crisis.

Cuatro años más tarde, esos líderes estaban lo suficientemente alarmados como para elaborar un tratado para combatir la "peligrosa interferencia humana en el sistema climático".

Sin embargo, la mayoría de las personas parecían totalmente ajenas al peligro y veían el cambio climático, si es que lo veían, como una amenaza futura evitable.

Mi dosis diaria de informes científicos y proyección de impactos me hicieron imposible ignorarlo. Como dice Greta Thunberg: si lees ciencia, ¿cómo puedes pensar en otra cosa?

Ocasionalmente me encontraba con alguien que estaba tan silenciosamente asustado como yo por el rumbo del planeta. Pero exponer una sensación de temor que lo abarca todo no es algo que uno haga ante cualquiera, así que ejercí la moderación.

Mi único lugar seguro estaba en casa, donde, noche tras noche, año tras año, detallé las sombrías noticias a mi resistente esposa. Pero hubo daños colaterales. Me estremezco hoy cuando pienso sobre las sombras que arrojé sobre la vida de mis dos hijas a medida que crecían hasta hacerse adultas, en particular a la más joven.

En el trabajo, mis colegas me reprendieron por la preponderancia de historias negativas en mis reportajes. “Tenemos que dar esperanza a la gente”, dijo uno. “Deberías concentrarte más en las buenas noticias”.

 

Niños juegan sobre el hielo derretido debido al cambio climático en el Delta del Yukon, Alaska, el 18 de abril de 2019 (Mark Ralston / AFP )
Un niño en la playa empetrolada de Itapuama, en Cabo de Santo Agostinho, Brasil, el 21 de octubre de 2019 (Leo Malafaia / AFP )

 

Pero no hay buenas noticias, al menos en materia de ciencia y naturaleza. Desde que el mundo decidió colectivamente hace 30 años arreglar el clima y salvar el reino de los seres vivos, todos los indicadores de la salud planetaria han empeorado dramáticamente.

En 2009, los científicos identificaron nueve “límites planetarios” que no debían cruzarse. En ese momento, ya habíamos salido de la zona segura de tres de ellos: el calentamiento global, la tasa de extinción de especies y demasiado nitrógeno en el medio ambiente (principalmente por fertilizantes). Hoy hemos violado seis, probablemente siete. Estamos arrojando más gases de efecto invernadero y contaminación de todo tipo que nunca.

Los estribillos más comunes en los miles de estudios científicos sobre el cambio climático y la degradación ambiental que he analizado en los últimos 15 años son: “peor de lo que pensábamos", "más rápidamente de lo que temíamos".

Lo que en estos días pasa como una buena noticia es la virtud de señalar objetivos de “cero neto” por parte de países y empresas que dependen más de la plantación de árboles y de las dudosas compensaciones de carbono que de la reducción real de las emisiones.

En la ciencia, una interminable ristra de modelos sobre la premisa “si hacemos todo bien”, traza caminos de fantasía hacia un mundo en el que la temperatura promedio de la superficie de la Tierra nunca se calienta más de 1,5 grados centígrados por encima de los niveles de finales del siglo XIX. (El mercurio subió 1,2 °C hasta ahora, principalmente en los últimos 50 años).

Estas historias bien intencionadas, diseñadas para mostrar tanto a los líderes como a los liderados que aún podemos evitar lo peor, se presentan como “técnicamente factibles”, lo que significa que funcionan en el papel. En el mundo real de los intereses creados y las presiones políticas, no tanto.

De manera reveladora, el último año también ha mostrado entusiasmo por soluciones de ingeniería (absorber CO2 del aire, atenuar la radiación solar con protectores solares estratosféricos) que ya fueron descartadas hace una década como medidas desesperadas y de último recurso.

Quizás sea ahí donde aterricemos. En su último informe, publicado a principios de este año, el IPCC dejó muy claro que no habrá salvación climática sin las principales contribuciones de estas y otras tecnologías que aún están en la mesa de dibujo o en su infancia. Estamos patinando sobre hielo delgado.

 

Un oso polar reposa sobre un témpano de hielo derritiéndose en el archipiélago de Franz Josef Land, Rusia, el 16 de agosto de 2021 (Ekaterina Anisimova / AFP )

 

Digámoslo de una vez por todas: el límite de calentamiento de 1,5 °C del Acuerdo de París es un espejismo que se evapora en un horizonte azotado por la sequía. Pasaremos por allí. ¿Significa esto una fatalidad a nivel de extinción? Por supuesto que no, pero lo mal que se ponen las cosas depende de cuán profundamente nos adentremos en la zona caliente.

Más allá de cierto umbral, que nadie sabe exactamente dónde está, el planeta en sí mismo aumentará significativamente el calentamiento y liberará grandes reservas de carbono que abrumarán nuestros ya laboriosos esfuerzos para reducir y eventualmente detener las emisiones humanas. Mientras tanto, estamos destruyendo rápidamente los sistemas de soporte vital de la Tierra.

Los océanos, los bosques y los suelos se esfuerzan por mantener las condiciones estables que han hecho de este un lugar tan hospitalario para nuestra especie durante los últimos 11.000 años, pero podrían cambiar abruptamente de rumbo y correr hacia un nuevo equilibrio de “invernadero”, como sucedió en el pasado, advierten los científicos.

Y ese no es un mundo en el que podamos vivir.

Con un desastre tras otro provocado por el clima, la realidad comienza a golpear con fuerza en todo el mundo. Paradójicamente, esto es para muchos tranquilizador. Despejadas las persistentes dudas fomentadas durante mucho tiempo por las Big Oil, un Plan Marshall de acción climática parece ser la única opción racional que queda.

Los políticos han despertado, los mercados también. Pero ¿realmente comprenden que solo hemos visto un leve anticipo de los impactos que ya se han incorporado al sistema climático? Incluso si comenzamos a arrojar billones de dólares, euros y yuanes al problema, las cosas empeorarán mucho antes de mejorar. Y ese es el escenario optimista.

 

Un joven indio cuelga de una línea eléctrica tras el desborde del río Ganges cerca de Allahabad, en agosto de 2013 (Sanjay Kanojia / AFP )

 

Tampoco el mundo ha asimilado que la construcción de infraestructura para protegerse de los monzones erráticos, las mortales olas de calor, el aumento del nivel del mar, las megasequías y las inundaciones de una vez cada 1.000 años no es un plan viable, ni siquiera en países rebosantes de dinero, destreza en ingeniería y confianza en sí mismos.

Pero el foco de este lamento es más un estado de ánimo que un estado de la naturaleza, que se siente al trabajar lo que llamamos el ritmo del fin del mundo. ¿Cómo lleva uno esa carga?

Mis alumnos de las escuelas de periodismo de París en las que enseño muchas veces me hacen esa pregunta. En ocasiones me encojo de hombros y bromeo: de lunes a viernes es para la desesperación, los fines de semana para la esperanza. O intento una respuesta seria, explicando en términos generales cómo los periodistas, los corresponsales de guerra más famosos, levantan muros de protección emocionales contra la crueldad, el sufrimiento y la injusticia a los que están expuestos. Los editores de fotografía de AFP en regiones devastadas por la guerra reciben capacitación psicológica antes de clasificar imágenes con violencia demasiado gráfica para ser publicadas.

Durante más de una docena de años en el tema, me convencí a mí mismo de que no me había afectado el goteo constante de fatalidad y tristeza planetaria. Mi sentido de propósito era mi escudo: ayudar a la gente a comprender que no reparar el daño causado tendrá consecuencias nefastas e irreversibles.

Siguiendo la ciencia, mis artículos avanzaron poco a poco a lo largo de los años hacia el lenguaje de la crisis existencial, pero solo en raras ocasiones me permití contemplar realmente lo que eso significaba, revivir la intensidad de mi momento original de "Oh, mierda". Cuando lo hice, apreté los dientes hasta que la borrasca amainó y continué.

Ahora el muro de protección se está desmoronando y no sé cómo reconstruirlo.

 

Bañistas observan cómo se acerca un incendio forestal cerca de Saint Tropez, Francia, el 25 de julio de 2017 (Valery Hache / AFP )

 

En retrospectiva, es vergonzoso cuánto tiempo me tomó conectar los puntos. Episodios de ansiedad, noches de insomnio, neuralgias paralizantes, destellos de ira: durante mucho tiempo los había atribuido a una constelación nada excepcional de problemas de dinero, una cirugía fallida, frustraciones en el trabajo y preocupaciones por mis hijas. Si bien todos eso era real, no era la única causa.

En relación con el covid y mi propia mortalidad, el inicio de la pandemia a principios de 2020 me obligó a pensar mucho sobre las grandes preguntas de la vida. Volví a meterme ansiosamente en el veloz carril de los informes diarios tan pronto como pude, pero algo fundamental había cambiado.

Ese mismo año fui nominado para un premio internacional de periodismo ambiental recién creado que requería escribir un largo ensayo sobre por qué importaba mi trabajo. No gané, pero el ejercicio me hizo darme cuenta de hasta qué punto mi vida había estado envuelta por la primera historia que es una breaking news permanente.

Empecé a consultar a un especialista en dolores crónicos, un antiguo anestesiólogo que toma prestados elementos del psicoanálisis para ayudar a sus pacientes a comprender las fuentes de su tormento físico. Eso desbloqueó algunos de lo recovecos más ocultos, pero el desencadenante más obvio permaneció invisible para mí.

Al año siguiente volví a presentarme al mencionado premio y gané, lo que constituyó una agradable sorpresa porque los reporteros de las agencias de noticias rara vez son el centro de atención. Pero también me hizo perder el equilibrio, por razones que todavía no puedo comprender.

Por ese entonces, comencé a pensar mucho sobre lo que significa vivir bajo la sombra del colapso ambiental, de la misma forma en que mi generación se encogió en la infancia debajo de los pupitres de la escuela durante los ensayos del Armagedón nuclear. Pero aquello no se sentía personal.

 

Manifestantes simulan un funeral en la necrópolis de Glasgow para simbolizar el fracaso de la conferencia COP26 de la ONU en esa ciudad escocesa, el 13 de noviembre de 2021 (AFP / Paul Ellis)
  
Activistas de Extinction Rebellion durante la COP26 lanzan el mensaje de que el cambio climático será mortal si no se ataca, Glasgow, el 11 de noviembre de 2021 (Andy Buchanan / AFP )

 

Hay una literatura creciente sobre el tema, que tiene varios nombres: ansiedad climática, ansiedad ecológica o, en casos extremos, "fatalismo".

Katharine Hayhoe, una destacada científica del clima que viaja por Estados Unidos y el mundo para ayudar a las personas preocupadas por el cambio climático a encontrar consuelo en el activismo, dice que la preponderancia de sus enemigos en las redes sociales ha cambiado abruptamente de negadores del clima a agoreros enfurecidos por su mensaje de optimismo y esperanza.

Estos llamados fatalistas han sido criticados por científicos y activistas climáticos que los ven como más peligrosos que los escépticos climáticos de la vieja escuela. Pero dado que estos mismos expertos gritan a los cuatro vientos que nos enfrentamos a una crisis a nivel de extinción, no deberían sorprenderse si algunas personas pierden la cabeza. Solo significa que están escuchando.

Sentirnos emocionalmente abrumados por la amenaza del cambio climático es claramente algo que no podemos permitirnos. Hay demasiado en juego y muy poco tiempo para actuar. Es por eso que las personas que hacen comunicación estratégica sobre el calentamiento global (ONU, grupos ecologistas, científicos y, aunque discutible, los medios de comunicación) caminan por una línea muy delgada.

Quieren asustar a la gente lo suficiente como para que se tomen el problema en serio, pero no tanto como para que se sientan desesperanzados. Al mismo tiempo, quieren asegurarle a la gente que un futuro seguro para el clima es posible, pero solo lo suficiente para evitar la autocomplacencia. Me encontré atravesando este dilema cuando comencé a dictar un curso sobre el cambio climático. Inmediatamente sentí el peso de las expectativas de los estudiantes.

Ellos eran como pacientes ansiosos, temerosos de enterarse de un diagnóstico, y yo el médico que les decía que se prepararan para las malas noticias. Medio en broma emití una advertencia de activación al comienzo de cada semestre.

Ha aparecido una grieta en la sabiduría convencional respecto a que una inmersión profunda en el pesimismo climático solo hace que las personas se rindan o se desconecten. En 2018, conocí a los miembros fundadores de la entonces incipiente Extinction Rebellion (XR), que utilizaba extravagantes actos de desobediencia civil para destacar la inacción ante el calentamiento global.

Desde entonces, XR se ha transformado en una presencia global. El ingreso comienza con un curso intensivo de ciencias climáticas que destaca cómo hemos llevado a la Tierra a un período poco común de extinción masiva del que los humanos no están exentos. Eso significa dejarse abrumar emocionalmente y “condolerse” por lo que se ha perdido y se perderá.

“Hoy veo casi todo a través de la lente del cambio climático”, me dijo un integrante. Los seguidores de XR, en otras palabras, no están inmovilizados por su profundo sentimiento de aprensión. Por el contrario, aceptar y abrazar nuestro sombrío futuro los ha convertido en un ejército de guerreros climáticos implacables. 

 

Un agricultor brasileño camina por un área devastada de la selva cerca de Porto Velho, el 26 de agosto de 2019, mientras los incendios forestales arrasan la Amazonia (Carl De Souza / AFP )

 

A nivel humano, deseo desesperadamente brindar una visión optimista a mis alumnos y a las personas que leen mis historias, evidencia de que podemos, y evitaremos, lo peor. Pero no es mi trabajo, ni el trabajo de ningún periodista, fabricar esperanza. Hacerlo no solo sería manipulador, sino intelectualmente deshonesto.

También puede ser contraproducente. Dada la urgencia que siento por la crisis climática, anhelo denunciar explícitamente lo que sé que es dañino o incorrecto, y defender lo que creo que es el curso de acción correcto. Pero actuar de acuerdo con este impulso, incluso si fuera posible dentro de las restricciones de AFP, sería un error.

“Los reporteros en realidad saben más que casi nadie, incluso que la mayoría de los científicos, sobre la verdadera escala de la amenaza”, me dijo el ambientalista Bill McKibben hace algunos años, cuando le exterioricé mi frustración. “Pero si te conviertes en un defensor, se usará para socavar lo que escribas”, agregó el autor de “The End of Nature”.

La imparcialidad, la neutralidad, y especialmente la percepción de estas cualidades, son la base de nuestra credibilidad como organizaciones de noticias.

Nuestros recursos incluyen un análisis matizado de por qué sucedió (o puede suceder) algo, pero no cruza la línea de “lo que es” a “lo que debería ser”. Más que nunca, el mundo necesita informes basados en hechos que no se puedan cuestionar, incluso si a veces se ignoran o distorsionan.

Recientemente entrevisté a un trío de figuras prominentes en el campo climático, sin darme cuenta de hasta qué punto estaba buscando inconscientemente consejos para mí mismo sobre cómo sobrellevar el asunto.

 

Todos habían lidiado con los problemas que lentamente me estaban desentrañando y cada uno de ellos tenía sabiduría para compartir.

Como científico del sistema terrestre, Johan Rockstrom ayudó a replantear la comprensión de nuestra relación con el planeta. También es un incansable defensor de la acción climática, ya sea haciendo caso omiso de las élites mundiales en Davos o narrando su especial de Netflix “Breaking Boundaries”. Durante una conversación sobre su concepto de un “espacio operativo seguro” para la actividad humana, lo embosqué con una pregunta personal.

“En 2009, habíamos transgredido tres límites planetarios, hoy son siete”, dije. “¿Cómo se puede sentir otra cosa que no sea desesperación?”

“Definitivamente me siento muy, muy preocupado y frustrado”, me respondió un poco desconcertado. “Exactamente en el momento en que necesitamos una biosfera resiliente, la estamos perdiendo. Si nos alejamos demasiado de los límites planetarios, las retroalimentaciones de la Tierra comenzarán a amplificar nuestra trayectoria de manera irreversible hacia un mundo de cuatro, cinco o seis grados”. Larga pausa.

“¿Cómo podemos mantenernos enfocados de manera constructiva ante apenas un pequeño rayo de luz?” inquirió mientras yo estaba pendiente de cada una de sus palabras. "Para empezar, ¿qué opción tenemos?" Las sombrías advertencias de Rockstrom solo son tranquilizadoras en la medida en que confirman mis razones para sentirme triste. Y aunque no dudo de la verdad de la máxima de Churchill - “Soy optimista; no parece demasiado útil ser otra cosa” - ello no necesariamente levanta la moral. 

Sin embargo, pasar dos horas con la inconteniblemente optimista Katharine Hayhoe fue definitivamente un subidón. Al igual que Rockstrom, Hayhoe es una científica climática de alto nivel que pasa mucho tiempo en la carretera difundiendo el evangelio de la acción climática, especialmente en los estados conversadores de Estados Unidos y de cultura media.

Trabajando en estrecha colaboración con científicos sociales, su objetivo general es “activar a todos los que están preocupados… Cuando se trata del cambio climático hoy en día, la mayoría de las personas ya están preocupadas. Pero no sabemos qué hacer”.

Hayhoe no endulza el problema: “Nuestra civilización fue construida para un clima que ya no existe. Cada aspecto de nuestras vidas en la Tierra está en riesgo por el cambio climático”. Pero rebosa optimismo y esperanza, los que, señala, no son lo mismo. Cuando uno no tiene preocupaciones, aún puede ser optimista de que el futuro será tan bueno o mejor. “Solo necesitas esperanza cuando las cosas no van bien. La esperanza viene del sufrimiento”, explicó.

Hay varias fuentes para la reserva de esperanza excepcionalmente grande que alberga Hayhoe: la ciencia, una visión caritativa de la naturaleza humana, y su profunda fe cristiana. “Gracias a la ciencia, sé a un nivel visceral que lo que hacemos marca la diferencia”, dijo, y agregó que en el espacio de una década los compromisos de reducción de emisiones han visto proyecciones de la disminución de la temperatura de la superficie de la Tierra para fines de siglo de 5ºC a 3ºC por encima del punto de referencia preindustrial. No es lo suficientemente bueno, pero es una gran diferencia. “La ciencia muestra que cada pequeña parte importa, y eso es realmente algo muy esperanzador”.

 

Positiva a pesar de todo: la climatóloga Katharine Hayhoe habla con el actor Leonardo DiCaprio en Washington, DC, el 3 de octubre de 2016 (Mandel Ngan / AFP )

 

Hayhoe cree que un "¡Oh, mierda!" colectivo, provocado por los desastres meteorológicos extremos que se están convirtiendo rápidamente en la nueva normalidad, impulsará la acción climática a toda velocidad.

“Si se tiene en cuenta cómo reaccionan socialmente los humanos a los desastres, entonces podríamos alcanzar el objetivo de 2ºC”, indicó y puso como ejemplo la obtención del derecho al voto de las mujeres y otros derechos civiles, que fueron posibles gracias a rápidos cambios en los valores.

Seguramente tiene razón en que lo que puede salvarnos es que las personas exijan y acepten un cambio profundo, pero no comparto su confianza en que prevalecerá lo mejor de nosotros cuando las cosas se pongan realmente difíciles.

No obstante, en otros sentidos, sus palabras fueron un salvavidas. Si bien no abundó en ello, claramente la ira fue para ella un poderoso impulsor.

Hayhoe se mudó con su familia a Colombia cuando tenía nueve años. “Lo que me hizo convertirme en científica del clima en primer lugar fue la injusticia”, dijo; y el cambio climático afecta más a los menos responsables. “Si vives en un país de bajos ingresos, cuando ocurre un desastre, sabes cómo se ve, y es muy diferente de cómo se ve aquí”.

Lo que también encontré tranquilizador fue su simple idea de que no tienes que llevar la carga solo. “Hay un millón de manos sujetando la roca, y si tuviera que quitar las mías por un momento, está bien, alguien más la sostiene”. Los tensos músculos de mi cuello se relajaron un poco.

Sin embargo, fue la tercera entrevista la que realmente me dejó boquiabierto. Fue como una sesión revolucionaria de psicoanálisis sin siquiera saber que estaba en un diván.

Canguros escapan de un incendio forestal australiano en Snowy Valley, Cooma, el 4 de enero de 2020 (Saeed Khan / AFP)

Clover Hogan es un experto en ansiedad climática y creó una ONG - Force of Nature - en 2019 para abordar sus consecuencias, especialmente en los jóvenes. “No solo nos enfrentamos a una crisis climática, sino también a una crisis de salud mental”, me dijo mientras estábamos en un parque de París entre niños jugando.

Rápidamente comprendió que la fuente de esa ansiedad era tanto la sensación de que la humanidad caminaba dormida hacia el borde del precipicio como lo que podría suceder cuando llegase allí. “Ejecutamos programas que ayudan a los jóvenes a canalizar su ansiedad ecológica a través de la acción”.

Al crecer en la Australia rural, la mejor amiga de Hogan fue la naturaleza.

Viendo documentales se dio cuenta de que su querido mundo estaba gravemente amenazado. Tenía 11 años. Se lanzó al activismo ambiental y a los 16 se encontró en la cumbre climática COP21 en París. Un evento al que asistió fue al Foro de Innovación Sostenible, patrocinado por BMW, Coca Cola y Shell. “Recuerdo que pensé que era como ir a una conferencia sobre cáncer de pulmón patrocinada por (el gigante del tabaco) Philip Morris”, dijo.

Cuando vio a su país en llamas, algo en ella se rompió. “Tuve que rendirme a ese dolor. Pero al hacerlo, encontré una tremenda cantidad de amor, pasión y determinación, y la comprensión de que esto no se trata de ti o de mí, sino de todos. Se trata del futuro del planeta”.

Hogan regaña a los periodistas como yo por quedarse cortos en su cobertura de la crisis climática. Los medios de comunicación (finalmente) han aprendido a hacer sonar las alarmas y a hablar sobre el alcance del peligro. “Es como ser atropellado por un tren. Pero no estamos equipados con las habilidades, el conocimiento o las herramientas para pensar ‘¿qué puedo hacer realmente?’,” dijo. “Muchos periodistas no lo consideran como su responsabilidad; ven su trabajo como informar sobre los hechos de la forma más objetiva posible. No piensan en el impacto de lo que están diciendo”.

 

   

En mi búsqueda de consejos sobre el clima, también recurrí a un anciano travieso que prendió fuego mi cerebro durante una entrevista en 2009. James Lovelock, quien murió en su cumpleaños número 103 este verano boreal, inventó la máquina que reveló que estábamos haciendo agujeros en la capa de ozono y diseñó un experimento para la NASA para probar que Marte está despojado de vida.

Pero será más recordado por Gaia, su teoría - revolucionaria en la década de 1970 - de que la Tierra es un sistema autorregulador que tiende a la estabilidad, un “planeta vivo” en el que todo juega un papel. Es por eso que, por ejemplo, los océanos y los bosques, que se esfuerzan por mantener la Tierra en equilibrio, han absorbido durante décadas la mitad de nuestra contaminación por carbono, incluso cuando las emisiones de CO2 aumentaron en más del 50%.  También creía que Gaia tenía un propósito.

“Creo que el objetivo es simplemente mantener la habitabilidad, y eso lo garantiza la selección natural. Cualquier especie en el planeta que afecte negativamente al clima, afecta negativamente a su propia progenie y, según el darwinismo, tenderá a ser eliminada”, dijo.

Lovelock decidió hace mucho tiempo que la humanidad perdió el tren sobre el cambio climático y que nuestra especie está destinada a ver su número muy reducido. Dos años antes de morir, su opinión no había cambiado mucho. “Si no hacemos algo al respecto, seremos eliminados del planeta”, me dijo.

 

Un bosque incendiado cerca de Mariposa, California, el 24 de julio de 2022 (David Mcnew / AFP )
Voluntarios intentan limpiar una represa llena de plásticos cerca de Krichim, Bulgaria, el 25 de abril de 2009 (Dimitar Dilkoff / AFP )

 

 

Tenía una perspectiva Olímpica (le gustaba la vista desde el espacio) sobre el momento de la humanidad en el escenario. "Somos como otras especies antes que nosotros, que cambiaron masivamente el medio ambiente de todo el planeta... Los fotosinteizadores, cuando produjeron oxígeno por primera vez (hace más de 2.500 millones de años), eran organismos devastadores y dañinos que acabaron con toda una gama de otras especies".

Después, las algas marinas produjeron un compuesto orgánico cargado de azufre que probablemente provocó que el planeta se cubriera de hielo hace más de 650 millones de años. “Y luego vienen los humanos con inteligencia comunicante”, agregó. “Ha tenido efectos devastadores en el planeta, y lo estamos viendo. Pero si el planeta puede adaptarse, y nosotros podemos adaptarnos, al final podría hacer de Gaia un planeta inteligente, el primero de la galaxia”. En otras palabras, incluso si miles de millones de nuestra especie perecen, “aquellos que sobrevivan pueden tener un planeta mejor para vivir”.

Entonces, ¿dónde me deja todo esto? A nivel personal, me doy cuenta de que ya no puedo narrar, día tras día, la destrucción acelerada de la naturaleza y la creciente tormenta climática como lo he hecho desde 2007. No es agotamiento; es autoconservación.

Ahora hay una legión de reporteros para tomar mi lugar. Tampoco puedo reunirme para creer, una vez más, que las negociaciones climáticas de la ONU traerán algo más que una amarga decepción fermentada con el progreso suficiente para evitar que el proceso se derrumbe.

La cumbre climática de la ONU que tendrá lugar en noviembre en Sharm el-Sheij, es la número 27 que se realiza desde 1995 y la 11ª y última que yo cubriré. En cuanto a la batalla entre la esperanza y la desesperación, no encuentro consuelo en la visión de Lovelock de un “buen Antropoceno” que emerge de las ruinas de un mundo devastado por el clima.

Tampoco tengo la menor idea de lo que significa compartir la fe de Hayhoe de que prevaleceremos contra viento y marea para evitar una catástrofe.

Pero el pesimismo no significa necesariamente retirarse a los Alpes y levantar el puente levadizo. La ira aún me llena de energía frente a las mentiras, las mentiras a medias, la codicia y, especialmente, el sufrimiento adicional que traerán en un mundo cada vez más desigual e injusto.

 

Humo de los incendios forestales en Altamira, estado de Pará, Brasil, en la cuenca del Amazonas, el 27 de agosto de 2019 (AFP / Joao Laet)

 

“La esperanza es un verbo activo”, dijo Hogan. “Seguimos lanzándonos hacia el colapso climático. Eso es lo que dice la ciencia. Pero tienes que estar dispuesto a sostener ambas verdades, tener esperanza y desesperación al mismo tiempo. No son polos opuestos, son en gran medida uno y lo mismo”.

Más importante aún, ¿dónde te deja todo esto? Puede que no lo hayas pensado mucho y puede que no quieras hacerlo. Pero nos guste o no, la realidad del cambio climático va a invadir nuestras vidas, en cuerpo y alma. Prepárense.

 

Edición en Paris por Fiachra Gibbons. Traducción y edición en español por Yanina Olivera Whyte en Montevideo.