"Pasajero en problemas"
ESTAMBUL, 29 de marzo de 2016- El gobierno tiene razones que la razón ignora... La fórmula es un poco simplista pero resume la situación kafkiana de Mohamed K, un refugiado sirio a quien le prohibieron la entrada a Turquía pero que es “inexpulsable”, y que se encuentra desde hace cinco meses retenido en el aeropuerto de Estambul.
Su pesadilla empezó en noviembre de 2015, cuando desembarcó en la megalópolis turca con su esposa y otros familiares, proveniente de Amán, en Jordania. A la salida del avión "todo el mundo pasó sin problemas el control de pasaportes, ¡salvo yo!", cuenta enfadado el hombre de 28 años de marcadas ojeras.
Teóricamente a la espera de su expulsión, Mohamed se encuentra detenido desde entonces en una pequeña sala gris de la terminal conocida como “Sala de pasajeros en problemas”, a dos pasos del puesto de policía, de los mostradores de facturación internacional y de una marea de turistas llegados del mundo entero.

Tras haber llegado al final de la tarde a Estambul en un vuelo directo desde París, acababa de tener el desagradable privilegio de conocer esta sala, cuando las autoridades turcas consideraron que yo pertenecía también a la categoría «pasajeros en problemas».
"No Estambul"
En el control de pasaportes, el funcionario frunció el ceño al teclear mi nombre en su computadora.
Uno de sus colegas me envió al puesto de policía del terminal. Allí, un funcionario haciendo mutis total llenó un montón de formularios y luego me anunció en un inglés tartamudeante: "No Estambul; regresa mañana a París". "Razones de seguridad, usted no está autorizado a entrar en Turquía", me explicó sucintamente.
Tenía una remota idea de qué se podía tratar... Durante diez meses, desde mediados de 2012, cubrí la guerra en Siria, utilizando como base la ciudad de Antioquía, en el sur de Turquía. En cada una de mis estadías en Siria, tenía que cruzar la frontera, legalmente a través del puesto fronterizo de Bab al Hawa o clandestinamente bajo los alambres de espino, como lo hacían cientos de refugiados, combatientes y voluntarios de la yihad.

A la vuelta de una de mis misiones, la policía turca me detuvo y me dejó en custodia dos días, me amenazaron de expulsión y después finalmente me dejaron libre tras el pago de una multa y me autorizaron de nuevo a trabajar... Pensé que el asunto había quedado completamente resuelto. Pero claramente, no fue el caso.
Sin pasaporte, celular ni computadora
Tras los atentados del grupo Estado Islámico, las críticas internacionales sobre la actitud demasiado "conciliadora" de Turquía hacia los yihadistas, junto con los combates contra los rebeldes kurdos del PKK que asolaban al país, llevaron a las autoridades turcas a aumentar sus niveles de seguridad. Y por poco que sus servicios de inteligencia hubieran hurgado en mi historial, habrían descubierto también que fui en 2008 a reunirme con rebeldes kurdos del PKK en su bastión en las montañas de Qandil, en el norte de Irak, lo que sin duda agravó mi caso.
Así que heme aquí, en mi turno en la sala de "pasajeros en problemas". Teléfono, computadora, máquina fotográfica, todos mis equipos electrónicos fueron confiscados, así como mi pasaporte.

Bajo la mirada permanente de una cámara de vigilancia de la policía, el lugar sirve tanto de sala de espera como de dormitorio y, de hecho, de celda, para los indeseables en territorio turco, los desafortunados que han perdido su pasaporte, les han negado la visa o son expulsados por “razones de seguridad”.
Las condiciones de confort son espartanas. Una fila de sillas de aeropuerto, una decena de butacas, algunas de ellas convertidas en cama individual, con cojines con manchas sospechosas. No hay ventanas al exterior, pero la sala está inundada a toda hora del día y de la noche por una incandescente luz artificial que viene del techo.
Sobre una mesa había restos de comida. La puerta fue cuidadosamente cerrada por un vigilante, que permanece apostado en su oficina en una pieza adyacente para evitar que algún audaz trate de escabullirse.
Normalmente la gente permanece allí solo unas horas, a los sumo una o dos noches. Durante la noche que estuve allí conocí, dormido en una de esas butacas con la cara tapada por una toalla grande, a un kurdo iraquí proveniente de Erbil.
Poco después llegó un hombre musculoso con barba de aspecto siniestro. ¿Nacionalidad? «Turco, llegado de Viena», gruñó el treintañero que aún no entendía que estaba haciendo ahí. Luego, se dejó caer sobre una silla, se apoderó del control remoto de la televisión y se quedó inmediatamente hipnotizado frente a la versión turca de “Voice Academy”.
"¡Es una locura!"
En medio de estos acampantes transitorios, Mohamed el sirio era un caso extremo. Cinco meses entre estas cuatro paredes lo habían convertido en un huesped de larga duración que, "inexplicablemente", decía, permanecía encerrado en la triste cotidianidad de la "sala de pasajeros con problemas".
"¡Es una locura! Hay cerca de tres millones de refugiados sirios en Turquía, y a mí me niegan la entrada al país". No puede ser devuelto a Jordania, menos aún a Siria en plena guerra. Y evidentemente ni se diga a Europa, su sueño, donde su esposa ha logrado llegar a Alemania tras haber atravesado el Mediterráneo en la ola de decenas de miles de migrantes.
"Yo les digo que me manden a Sudán (donde a los sirios no les piden visa), a Somalia, no importe aóonde. ¡Pero que me saquen de aquí!”, dice furioso. "La policía sabe que yo no soy Estado Islámico, sabe que no soy PKK ni un delincuente. ¿Por qué los turcos no me aceptan como a cualquier otro refugiado?".

Su rocambolesca historia se asemeja mucho al guión de la película «La terminal», dirigida en 2004 por Steven Spielberg, en la que Tom Hanks encarna el papel de un turista extranjero que queda atrapado en el aeropuerto J.F. Kennedy de Nueva York al estallar una revolución en su país de origen.
A principios de marzo, Amnistía se manifestó públicamente sobre su caso y denunció una "detención claramente arbitraria». En la misma situación, otro refugiado sirio estuvo retenido casi un año en otro aeropuerto de Estambul.
La misma comida tres veces por día
"Llevo cinco meses sin ver la luz del día. Como tres veces al día la misma comida. ¡Me vuelvo loco!".
Los sanitarios contiguos le dan cierta privacidad y un lugar para fumar. Los guardias le dan algún que otro cigarrillo y le dejan usar su celular –un privilegio extremo-, su único vínculo real con el mundo exterior, que utiliza hasta bien entrada la noche tratando de conciliar el sueño bajo las implacables luces de neón.
Sin un libro o un periódico, su día a día se pasa viendo desfilar a las personas non gratas y expulsados de turno. "Veo un montón de gente, un poco de todo", se ríe. Probablemente con algunos aspirantes o presuntos yihadistas en el lote, pero que "no crean ningún problema" y que se conforman por lo general con hacer sus oraciones.
"Los guardias son generalmente simpáticos. Los policías son correctos, salvo que, como ocurrió un día con un kuwaití que tuvo esa mala idea, les levantes la voz o golpees la puerta", recuerda.

Con bermudas y chancletas, Mohamed contó que hizo "una huelga de hambre durante diez días" para denunciar su situación. Vano esfuerzo. Su abogado turco no ha sido más eficaz. "Nunca lo he visto. No habla ni árabe ni inglés, y lo único que sabe decirme por teléfono es: ‘Please, wait’ (por favor, espera)".
"Es una historia increíble, un escándalo internacional", opina Mohamed, evidentemente obsesionado por su situación, olvidándose un poco del todos los dramas del mundo exterior, los 270.000 muertos en Siria, la crisis migratoria en Europa, los ataques en París, en Bruselas, en Turquía...
"Prefiero reír que llorar. A veces bromeo con los policías, ellos me dicen que me quedaré hasta el final de la guerra en Siria. ¡Entonces estaré atrapado en este agujero diez años!".
Para mí como periodista de la AFP, al quedar confinado por una noche junto a Mohamed la situación fue muchísimo más clemente. Después de una noche de lectura y dos cortas horas de sueño conseguidas incómodamente bajo las luces de neón, un empleado del aeropuerto tan amable como una puerta de prisión vino por mí en la mañana temprano para llevarme sin mediar una palabra al avión. Recuperé mi equipo y mi maleta. En un sobre cerrado, mi pasaporte siguió en manos del personal de abordo.
Al llegar al aeropuerto de Roissy Charles de Gaulle, el comité de bienvenida me esperaba al bajar del avión: dos policías uniformados querían "proceder a verificaciones". El ambiente era ya mucho más amable. Unos minutos más tarde, ya tenía conmigo mi pasaporte y estaba libre en territorio francés.
Hervé Bar es un periodista de AFP en París.
