A la caza del fantasma de Bin Laden y sus conejos
París - Fue LA llamada telefónica con LA noticia que venía esperando desde hacía años. Estaba en Islamabad el 2 de mayo de 2011, muy temprano en la mañana, en la cama y medio dormido, cuando sonó el teléfono. Al otro lado de la línea estaba Jennie Matthew, la subjefa de la oficina, tan concisa como de costumbre: “Washington llamó, están a punto de anunciar que mataron a OBL en Pakistán”.
¡Bin Laden!
Había estado esperando este día durante seis años, desde mis primeros pasos cubriendo la región en Afganistán en 2005. Todos los imformes de la OTAN planteaban la interrogante sobre qué había pasado con Osama bin Laden tras su fuga en 2001. Muchos creían que estaba escondido al otro lado de la frontera, en el cinturón montañoso, tribal y semiautónomo de Pakistán, donde los estadounidenses no enviaron tropas sino que libraron su guerra desde el aire con drones.

Tras la llamada, corrí a mi coche y me resigné a tener largos días de duro trabajo en la oficina. No era por lo peligroso de aventurarse en el cinturón tribal para los periodistas, aunque lo era. El problema era que los poderosos militares de Pakistán habían prohibido el acceso a la zona so pena de cárcel o deportación. Entonces, razoné, serían nuestros corresponsales en el terreno quienes harían todos los informes y recopilarían todas las imágenes.
La agitación era máxima en nuestra oficina de Islamabad. Todos llegaban, incluso quienes estaban de vacaciones. Nos sonreímos anticipando los días subsiguientes en los que el mundo tendría los ojos clavados en las noticias de Pakistán.




Todos nos sentamos frente a las pantallas de televisión donde, en vivo desde la Casa Blanca, Barack Obama anunciaba la muerte del fundador de Al Qaida, de 54 años... hasta que dijo que había sido abatido en Abbottabad.
¿Abbottabad? ¿La agradable ciudad de montaña tan popular entre los paquistaníes acomodados? ¿La ciudad universitaria, el hogar de la prestigiosa academia militar de Kakul, en Pakistán? Un sueño hecho realidad para los periodistas: un lugar accesible para todos y a apenas dos horas de auto.

El jefe de la oficina, Emmanuel Giroud, con el ceño fruncido de quien sabe que le esperan largos días de coordinación, dijo volviéndose hacia mi: “¿Irías tu?”. Era menos una pregunta que una afirmación. “Con foto y video”, agregó.
Partimos de inmediato: el fotógrafo Aamir Qureshi, el periodista de texto Sajjad Tarakzai, la reportera de video Mélanie Bois y yo. Ninguno regresó a casa para hacer maletas. En el camino que serpenteaba hacia las montañas, leímos todo lo que había salido de Washington, la narrativa oficial que rápidamente se convirtió en la película de Hollywood “Zero Dark Thirty”.
Lo que sabíamos: Bin Laden había estado viviendo con tres esposas, una docena de hijos y nietos, junto con dos guardias y sus familias. Fue abatido durante una operación de las Fuerzas Especiales de Estados Unidos y su cuerpo fue luego arrojado al mar. Washington dijo que Pakistán no fue informado de la operación por temor a filtraciones. Se sospechaba que en el país y en particular en su ejército, había colusión con los yihadistas.

Cuando llegamos a Abbottabad, aparte de las majestuosas estribaciones del Himalaya, nos encontramos con una escena paquistaní completamente normal: calles concurridas, tiendas coloridas, desfile de clientes en sus ropas tradicionales. No obstante, había cierta tensión. La vista se detenía en los vehículos que venían de fuera de la ciudad. Esa tensión aumentó cuando llegamos al barrio de Bilal Town.
Nuestra primera impresión fue lo agradable que se veía todo: casas recién construidas, campos de hortalizas, con vistas impresionantes a verdes colinas. Luego pasamos a cinco camiones del ejército pakistaní que transportaban los restos de un helicóptero: uno de los aparatos estadounidenses se había estrellado contra una pared exterior de la propiedad de Bin Laden, el único traspié en un ataque meticulosamente planeado.
Sacamos nuestras cámaras, sin saber entonces que esa sería una de las pocas pruebas concretas del ataque estadounidense.

Rápidamente encontramos el lugar: un gran edificio de piedra blanca que se distinguía por su altura de tres pisos, dos amplios patios y altos muros de más de cuatro metros, rematados con alambre de púas.

Cuando llegamos, aún se veía una columna de humo: sin duda los restos del helicóptero accidentado que los estadounidenses inutilizaron con granadas para no dejar rastro de informaciones confidenciales.
Un puesto de control militar impidió acercarse a menos de 100 metros. Nos movimos rápido, aprovechando que éramos el primer medio extranjero en la escena. En un pequeño mercado de barrio, la gente se mostró muy dispuesta a hablar de los asombrosos 45 minutos que en medio de la noche sembraron miedo y cambiaron la dinámica de la ciudad para siempre.

El repentino sonido de los helicópteros, la impactante “bola de fuego” provocada por el choque, las explosiones, los disparos, los gritos de mujeres y niños. Luego 30 minutos de silencio, cuando los estadounidenses confiscaron documentos y empacaron el cuerpo de Bin Laden, antes del nuevo estruendo de la partida.
Los habitantes de Bilal Town estaban preocupados. Su pequeño oasis de paz se convirtió de pronto en sinónimo de terrorismo para el resto del mundo. ¿Se convertiría en un nuevo frente en la “guerra contra el terror”? Estaban sorprendidos, enojados. ¿Cómo podía el ejército paquistaní dejar que los estadounidenses fueran y vinieran impunemente a su antojo?

Otros, más suspicaces, dijeron que el ejército paquistaní llegó más de media hora después de que se fueran los estadounidenses e instó a todos a quedarse en sus casas. “Me resulta difícil de creer, es como una película o una especie de juego entre Estados Unidos y Pakistán”, dijo uno de ellos.
Menos de hora después de nuestra llegada, se instalaría la narrativa que perdura hasta el día de hoy en Pakistán: una sensación de humillación hizo que pocos creyeran la versión de Washington de los hechos.
Algunos dijeron que se trató de una estrategia para avergonzar a Pakistán y dudaron que Bin Laden siquiera haya estadó allí alguna vez, pues no vieron sus restos, que los estadounidenses dijeron haberse llevado y lanzado al océano.
Otros dijeron sospechar que se trató de un acuerdo entre el ejército paquistaní y Washington, que cada año destina miles de millones a la lucha contra Al Qaida y los talibanes.
Aún otros dijeron que fue un regalo para Obama, quien un año después consideró al asesinato de Bin Laden como el "día más importante" de su presidencia.


Y el silencio ensordecedor del ejército paquistaní, arrestando a algunos vecinos y manteniendo a los periodistas a raya, no hizo nada para sofocar las teorías conspirativas. Incluso los agentes de policía enviados a vigilar la casa no podían creer que Bin Laden hubiera estado allí. “No lo creo ni por un segundo, nadie lo cree”, dijo un oficial. “¡Es una broma!”

En los dos días siguientes, las fuerzas de seguridad permitieron que las entonces decenas de periodistas se acercaran a la pared exterior del recinto, aunque no nos dejaron entrar. La gente se paseaba después del trabajo para tomar fotos. Cientos se empaparon del bucólico entorno y disfrutaron de un atardecer en Bilal Town, hasta que el ejército se hartó de los turistas y volvió a sellar la zona con barricadas.


Gracias a un contacto, nos quedamos en un hotel que acababa de abrir y por tanto era poco conocido. La mayoría de los otros periodistas extranjeros optaron por quedarse en el Pearl Continental, famoso por su comodidad y también por ser un “nido de espías”.

Durante esos primeros días, los servicios de inteligencia monitorearon a los medios antes de acosarlos, poco a poco, para que se fueran de la ciudad. Al principio, eran “consejos” o advertencias a través de mensajes de texto sobre “cuatro terroristas suicidas” dispuestos a vengar a Bin Laden. Luego se volvió más insistente.
Nuestro hotel, que se había beneficiado de la afluencia de huéspedes, hizo todo lo posible por el equipo de AFP, que se expandió y luego recambió periodistas para que pudieran descansar. Nos dieron todo el primer piso, incluida la sala de estar principal, que convertimos en nuestra oficina. Rápidamente establecimos una rutina diseñada para evadir la seguridad y obtener las mejores historias e imágenes posibles.
Salíamos del hotel a las 5:30 am para llegar a Bilal Town antes de las seis, cuando los soldados, más estrictos, relevaban a la policía en los puestos de control. Aamir y Melanie tomaban tantas imágenes como les era posible.

Trabajé con los reporteros de texto de AFP Sajjad Tarakzai o Khurram Shahzad, tan tranquilos como ingeniosos. Paseábamos tranquilamente por la calle mezclándonos como residentes de Abbottabad, vestidos con camisas holgadas, pantalones y chalecos, aunque con cuadernos metidos discretamente en nuestros bolsillos. Cuando la policía prestaba poca atención o hacía pocas preguntas, pasábamos el puesto control. De lo contrario, cuando miraban para otro lado, nos agachábamos detrás de un automóvil, nos escondíamos detrás de una arboleda o caminábamos agachados por las acequias. Las confidencias de los vecinos alimentarían nuestros despachos de la mañana y la información de las autoridades y de las fuerzas de seguridad los de la noche.
Durante 10 días informamos sobre las dudas de los habitantes de que Bin Laden hubiera realmente estado alojado en el complejo. Solo los dos guardias -llamados Arshad y Tariq- habían salido alguna vez de la propiedad. Y si bien el tamaño de la casa llamaba la atención, el vecindario era acomodado y estaba bien vigilado, por lo que nadie hizo preguntas.
Obtuvimos un video del interior de la casa filmado por la policía que refutó las afirmaciones apresuradas sobre la vida de lujo que llevaba Bin Laden o la seguridad de alta tecnología que lo protegía. Por el contrario, el amoblamiento era austero: suelo de baldosas grises, armarios y estantes sencillos de madera, mobiliario básico. La seguridad consistía literalmente en los altos muros y los dos guardias ligeramente armados.
No había Internet ni teléfonos móviles. Durante seis años, una estrategia de sigilo permitió a Bin Laden, aparentemente debilitado físicamente, evadir al ejército más poderoso del mundo.

Después de 10 días, empezamos a quedarnos sin información fresca. Los servicios de inteligencia, que pensaban que el circo mediático ya había durado bastante, ordenaron a todos los periodistas extranjeros a irse de Abbottabad, amenazándolos con arresto o deportación.
Nosotros también empacamos y nos fuimos. Menos de un año después, Pakistán destruyó el complejo de Bin Laden con todos los secretos que aún contenía.

Uno de nuestros últimos informes ofrecía un relato sobre cómo vivía el líder de Al Qaida: además de sus tres esposas y numerosos niños, había cien gallinas, dos vacas y un número indeterminado de conejos, una especie de “pequeña jihad en la pradera”. Un trabajo de investigación sólido, digno de su trascendencia geoestratégica, permitió determinar que los soldados paquistaníes se llevaron las vacas y que la policía repartió las gallinas. Sin embargo, pese a nuestros mejores esfuerzos, nunca supimos qué pasó con los conejos de Bin Laden.

Por Emmanuel Duparcq en Paris. Edición: Michaëla Cancela-Kieffer. Traducción: Yanina Olivera Whyte