Un día con la Pandilla 18

Miembros de la Pandilla 18 en la prisión de San Pedro Sula, 240 Km al norte de Tegucigalpa, el 28 de mayo de 2013 (AFP ARCHIVO / Leonel Cruz)
TEGUCIGALPA, 23 de junio de 2014 - Vistos de cerca, los miembros de la pandilla 18 resultan ser muy respetuosos, hasta afectuosos. Ni siquiera dicen malas palabras.
Son 250. La mayoría son muy jóvenes, aunque hay algunos ya entraditos en años. Todos se identifican con tatuajes en todo el cuerpo, inclusive en la cara, sus ropas anchas y sus tenis Nike.
Están hacinados en el módulo "Escorpión", a un lado de la Penitenciaría Nacional (PN), 20 km al norte de la capital. El edificio tiene ya más de 3.500 internos, a pesar de que fue construido para 1.700. Pero es una situación ya tradicional en las cárceles de este país centroamericano.
"¿Para dónde va?", me pregunta un policía, al parecer asustado. "A Escorpión", le respondo. "¿A Escorpión?", repite, entre la sorpresa y la advertencia.
Yo me siento muy seguro. Voy con una mujer de confiar, activista de derechos humanos.
Cruzamos la puerta de barrotes de hierro y los policías vuelven a echar llave al candado. Nos recibe un miembro de la organización estrechándonos la mano. Incluso detecto cierta reverencia, probablemente hacia la activista.

Un graffiti de la Virgen en la unidad Escorpión de la Penitenciaría Nacional (PN) ,el 5 de junio de 2011 (AFP ARCHIVO / Orlando Sierra)
Caminamos por un pasillo de unos 100 metros, una de cuyas paredes estaba llena de graffitis. Su valor artístico es indiscutible. Algunos muestran a miembros de la pandilla haciendo señales con las manos. Otro a un fusilero disparando a un vehículo clásico. También hay mujeres desnudas en posiciones eróticas, pero sin mostrar demasiado. Y un Jesucristo en brazos de la virgen María.
A mi colega, el fotógrafo Orlando Sierra, no le permitieron entrar con cámara. Tampoco tuvo éxito la camarógrafa Nincy Perdomo. Así que entro resignado a que no habrá imágenes y tendremos sólo fotos de archivo.
Nos recibe Norlin, uno de los jefes. Recibió un tiro en la cabeza hace unos meses dentro del penal, pero está totalmente restablecido y muy lúcido, aunque con notorias cicatrices. Le contamos el motivo de la visita: queremos compartir con los miembros de "La 18" el partido del Mundial entre Honduras y Francia.
Desde el principio es pesimista: "La gente está más interesada en las visitas, no les importa eso”, nos dice. Claro, es domingo y todos esperan ver a sus familiares. Por eso, apenas cinco integrantes de la pandilla y tres policías se prenden de la transmisión, en un pequeño salón de la entrada a las celdas.

Un pandillero de la 18 en la unidad Escorpión de la Penitenciaría Nacional (PN) el 5 de junio de 2011 (AFP ARCHIVO / Orlando Sierra)
Norlin está más interesado en que lo ayude a publicar un comunicado de prensa de la pandilla, en el que niega que ellos hayan ordenado la muerte de tres de los 17 niños asesinados en un barrio de San Pedro Sula, 240 km al norte de la capital.
Tres de sus compañeros están presos por esos crímenes que pusieron con los pelos de punta a los hondureños, ya acostumbrados a la violencia.
En el comunicado, denuncian que miembros de su agrupación han sido "arrestados, torturados, asesinados y en ocasiones desaparecidos" por miembros de facciones contrarias infiltrados en organismos de seguridad del Estado y piden una investigación de los verdaderos culpables.
Luego Norlin se despide porque tiene que atender a sus visitas y me deja viendo el juego con el puñado de espectadores.
Minutos después me envía a uno de sus cercanos colaboradores, que me lleva por un pasillo donde un estridente equipo de sonido lanza al aire una bachata. La lluvia golpea sobre el techo de zinc. En los costados, en pequeños cubículos tapados con cortinas maltrechas de plástico o de tela, los internos atienden a sus hijos y sus parejas.

Parte de un lote de armas incautadas a las pandillas antes de que sean destruidas en la sede de la policía en Tegucigalpa, el 3 de junio de 2014 (AFP ARCHIVO / Orlando Sierra)
Subimos por unas estrechas gradas a un pequeño salón de billar donde unos 30 pandilleros, la mayoría jóvenes, sí están interesados en el partido y lo siguen desde en un plasma mediano. Transpiran pesimismo.
Al verlos recuerdo que la 18 y la MS-13 (así como otras pandillas recién creadas) son tipificadas por las autoridades como organizaciones sanguinarias, que colaboran estrechamente con los cárteles del narcotráfico en el trasiego de drogas, secuestros, robos y sicariato. También deben buena parte de sus ingresos a las extorsiones que cobran como un "impuesto de guerra" en Honduras.
Supuestamente, a ellos y a los carteles se les atribuye el primer lugar que tiene Honduras en homicidios en el mundo, con una tasa de 79 asesinatos por cada 100.000 habitantes.
Pero estos jóvenes me reciben con simpatía y me ceden una silla plástica en la primera fila para ver el encuentro con Francia.

Miembros de la pandilla 18 custodiados por la policía en Tegucigalpa el 2 de julio de 2003 (AFP ARCHIVO / Orlando Sierra)
"Va a ser 3 a 0", vaticina uno.
"Con tal de que no nos metan más de 3-0", añade otro.
Pero el primero acierta. Esperaban la derrota. Algunos se habían retirado ya a jugar billar.
Yo también me siento derrotado, pero más porque no tendremos imágenes que por el resultado del partido. Las imágenes de archivo los muestran esposados, tirados en el suelo, privados de sus ropas para mostrar la evidencia: los tatuajes que simbolizan su pertenencia a la agrupación.
Habíamos perdido la posibilidad de mostrarlos como lo que son: muchachos sin oportunidades, rendidos a la desesperanza, a quienes les llega muy pronto una decisión vital: la pandilla o la muerte.
Cuando salgo de la puerta con candado, siento un nudo en la garganta. En el encierro, ¿qué futuro les espera? No hay rehabilitación, no reciben una palabra de afecto. Algún día saldrán y ¿qué va a pasar? Seguramente, serán la carne de cañón de los escuadrones de la muerte. Porque, como me dijo uno de ellos: “Somos los despojos de la sociedad”.

Integrantes de la pandilla 18 hacen gestos ante el fotógrafo en la prisión de San Pedro Sula en Honduras, el 26 de marzo de 2005 (AFP ARCHIVO)