España: tacataca policial y silencio en la torre
La corresponsal de la AFP en Madrid Katell Abiven cubrió España los últimos cuatro años, que coincidieron con la caída sin precedentes de la economía ibérica. En momentos en que se prepara para unirse al equipo latinoamericano en la sede regional de Montevideo, Katell repasa algunos hitos del colapso español.
Seguir a @AFPFocusMADRID, 25 de junio de 2014 - He pasado cuatro años en Madrid. Cuando llegué, la tasa de desempleo acababa de superar la barrera del 20%, un 'shock' para el país. Cuando me marche, en julio, estará todavía alrededor del 26%, un récord histórico. Y parece como si todo el mundo se hubiera resignado.
Entre tanto, la España devota del fútbol ha visto cómo, a medida que se agravaba la crisis, la economía ocupaba cada vez más espacio en los telediarios, apasionados por conceptos tan opacos como la prima de riesgo del mercado de obligaciones y los créditos dudosos de los bancos.
Más allá de las cifras, hemos tenido que ilustrar el sufrimiento social, financiero y moral de los españoles. Aunque ahora se hable de recuperación, estos cuatro años pasados han sido años de crisis, que podría resumir en unos sonidos e imágenes:

El camarero de un restaurante impide la entrada de la policía luego de que manifestantes "indignados" se refugiaran en el local (AFP / Pierre-Philippe Marcou)
"Tacatacataca"
Cuando llegué a España, en julio de 2010, tuve la sensación de que estaba en un país donde nadie se manifestaba, donde la gente protestaba poco, ocurriera lo que ocurriera. Sin duda, un cliché de pueblo fatalista… Pero la crisis golpeó fuerte y las cosas cambiaron.
Los indignados en mayo de 2011, aquella movilización ciudadana nacida de forma espontánea y cultivada gracias a las redes sociales, y después las 'mareas' de colores (verde para la educación, blanca para la sanidad, violeta para defender el derecho al aborto…) se lanzaron a animar las calles madrileñas, manifestándose varias veces por semana.
Y entonces apareció él: el helicóptero de la policía, encargado de vigilar cada una de estas protestas.
En la ciudad nos acostumbramos a escucharle volar por encima de nosotros. A veces, una sola tarde en toda la semana (las manifestaciones en España suelen convocarse por la tarde, al acabar la jornada laboral), y otras veces tres o cuatro días seguidos. Durante la acampada del 15-M en la Puerta del Sol, tronó sobre nosotros casi constantemente durante meses.
Se convirtió así en un termómetro de la protesta social y a menudo me sorprendía a mí misma buscando su sonido para comprobar si la noche sería movida.
Para burlarse de la situación, un anónimo creó en Twitter la cuenta @putohelicoptero, cuya descripción es de una sencillez ejemplar: "taca tacatacataca tacatacataca tacatacataca tacatacataca tacatacataca tacatacataca tacatacataca tacatacataca tacatacataca".
Actualmente, más de 8.000 seguidores leen la historia burlesca de estas hélices parlanchinas, con sus tuits llenos de "tacatacataca".

Manifestación de los "indignados" en la Puerta del Sol en Madrid (AFP / Pedro Amestre)
Enfado de los funcionarios
Un episodio más personal me mostró el punto de hartazgo al que se había llegado.
Cuando nació mi hijo, en diciembre de 2012, tuve que realizar una serie de trámites administrativos para registrarle en el sistema español.
Primero, en el Registro Civil: todas las paredes del edificio, tanto por fuera como dentro, estaban llenas de mensajes de protesta contra un proyecto del gobierno del conservador PP para aumentar las tasas judiciales y administrativas.
Luego, en la Seguridad Social, una trabajadora, al enterarse de que yo era periodista, me dijo que tendríamos que hablar de la injusticia cometida contra los funcionarios, cuyo salario fue rebajado, después de varios años congelado. Ella, por ejemplo, solo cobraba 850 euros al mes y se les había suprimido la paga de Navidad, por lo que me contaba que tendría problemas para comprar los regalos para sus hijos ese año. Asqueada, me dejó esta amarga frase: "Con Franco era más duro, pero al menos teníamos para comer".
Luego, la pediatra, que llevaba sobre su ropa una chapa que decía "Salvemos la Sanidad pública", me advertía: no, mi hijo no podría ser vacunado contra la varicela, a diferencia de su hermana mayor, porque el Estado ya no financia esta vacuna. La mujer sacudía la cabeza en señal de desaprobación. Lo mismo ocurría con la vacuna contra la meningitis, pero esta vez, por lo peligroso de la enfermedad, ella misma me aconsejó comprarla, aunque no tuviera reembolso alguno: tres dosis de 75 euros cada una, una suma prohibitiva para muchos españoles. Yo tuve la suerte de que mi mutua francesa me sufragó el gasto.

Aeropuerto busca pasajeros
Cuando llegaba en noviembre de 2011 al aeropuerto de Huesca, cerca de los Pirineos españoles, con el fotógrafo Josep Lago y la cámara de televisión Virginie Grognou, me encontré un ambiente apocalíptico, como del fin del mundo: ningún coche en el aparcamiento, ni un gato en los pasillos.
Era extraña la sensación de pasar por los arcos de seguridad, de poder ponerse detrás de los mostradores de las compañías aéreas, paseándonos libremente por un lugar que, en la mayoría de los casos, suele estar repleto de seguridad.
Las únicas personas con las que nos cruzamos ese día fueron, curiosamente, los vigilantes de seguridad, obstinados en negarse a hablar con nosotros, encerrados en sus oficinas, y también estaba el personal de limpieza del edificio.
Durante los años de la burbuja, España, llena de fondos europeos, construyó aeropuertos a todo trapo, y actualmente buena parte de ellos no tienen suficientes pasajeros para ser rentables. Varios, como el de Huesca, no tienen ni un solo vuelo comercial.
Esto me recuerda el popular programa de investigación de la televisión en España 'Salvados', en la cadena La Sexta, que dedicó hace unos años toda una emisión a contar los excesos de la burbuja inmobiliaria española, con todos estos aeropuertos, las autopistas o las estaciones para los trenes de alta velocidad en cualquier parte… Su título es buen resumen de lo que España ha vivido en los últimos años, pasando de un crecimiento alocado a su crisis más profunda: "Cuando éramos ricos"

Katell Abiven era corresponsal de la AFP en Madrid y fue recientemente trasladada a la sede regional para Latinoamérica en Montevideo.