Josef Schütz oculta su rostro de las cámaras al iniciarse el juicio en su contra, el 7 de octubre de 2021 (AFP / Tobias Schwarz)

La historia oculta

Berlín - “Alemania juzga a su acusado nazi más antiguo a los 100 años”: cuando mi editora Hui Min Neo me preguntó si quería cubrir ese juicio, no lo dudé. Mejor que mis viejos libros, fue la oportunidad de deslizarme hacia la historia en mi pequeña escala con una H mayúscula.

Josef Schütz, ahora de 101 años, fue acusado de complicidad en el asesinato en al menos 3.518 casos por haber sido, entre 1942 y 1945, guardia del campo de concentración de Sachsenhausen, unos 30 km al norte de Berlín.

Varias decenas de miles de prisioneros perecieron en ese campo entre 1936, año de su apertura, y su liberación por los soviéticos en abril de 1945.

Entrada al campo de Sachsenhausen en Oranienbourg, ahora un monumento, el 7 de febrero de 2020 (AFP / John Macdougall)

 

Según la fiscalía alemana, el ex suboficial de las SS de la división "Totenkopf" participó en los fusilamientos de prisioneros soviéticos. También se le acusa de haber sido cómplice de "asesinatos sistemáticos" con gas Zyklon B. Su juicio comenzó una semana después del de Irmgard Furchner, de 96 años, ex secretaria de otro campo de concentración nazi que había intentado escapar. Una historia increíble seguida por mi colega Yannick Pasquet.

 

(AFP / John Macdougall)

 

Josef Schütz no está acusado de haber "disparado contra alguien en particular", sino de "haber contribuido a esos hechos a través de su trabajo como guardia y de haber tenido conocimiento de que se estaban produciendo tales asesinatos en los campos". Por tanto, habría sido uno de los engranajes de la enorme maquinaria de exterminio nazi.

 

Interior de una barraca del antiguo campo de concentración de Sachsenhausen en Oranienburg, Alemania, el 7 de febrero de 2020 (AFP / John Macdougall)

 

El 7 de octubre de 2021, día de inicio del juicio, acudo a la audiencia que se realiza en un gimnasio en las afueras de la ciudad de Brandenburgo. El sitio fue elegido para facilitar la llegada del imputado, que vive cerca, así como para permitir a los asistentes mantener la distancia debido al covid-19 y dar cabida a los medios de todo el mundo acreditados para la ocasión.

Se programaron veintidós audiencias, hasta principios de enero, que serán registradas en el país “por su carácter científico y su interés histórico”.

 

Jornada de apertura del juicio contra Josef Schütz en un gimnasio de la ciudad de Brandeburgo, el 7 de octubre de 2021 (AFP / Tobias Schwarz)

 

Una vez en la sala, la dimensión histórica del hecho se impone ante mi... El espacio es inmenso. A ambos lados del salón, los asientos de la parte denunciante y los de la parte acusada quedan enfrentados.

El jurado se sienta en una mesa enorme que recuerda a la Última Cena de Leonardo da Vinci. Excepto que aquí solo cinco magistrados servirán como los Doce Apóstoles. Frente a ellos: periodistas de todo el mundo y una asistencia que incluye a muchos estudiantes y familiares de las víctimas.

De repente, una nube de cámaras rodea a una persona en silla de ruedas. Se trata de  Leon Schwarzbaum, de 100 años, sobreviviente de Auschwitz y Sachsenhausen. La visión del hombre, actor involuntario de un episodio tan oscuro de la historia, me intimida. Con el rostro demacrado y la piel seca, parece asustado, abrumado. Apenas me atrevo a imaginar los pensamientos que lo atraviesan. Solo quiere que "se haga justicia", me dice.

 

Leon Schwarzbaum, sobreviviente de Auschwitz y de Sachsenhausen, llega a la sala de audiencia, portando una foto de su familia, el 7 octubre de 2021 (AFP / Tobias Schwarz)

 

Algo más lejos, hay un rostro que me resulta familiar, reconocible por su despeinada cabellera gris y los anteojos redondos: el incansable "cazador de nazis" Thomas Walther.

Este abogado alemán de 78 años, antiguo juez y fiscal, pasa los días de su jubilación cazando a los últimos representantes del nacionalsocialismo. Según él, Alemania tiene el deber de juzgar a los antiguos nazis, incluso a los centenarios. Ello está en el origen de la jurisprudencia alemana de 2011, que permite ampliar los procesos judiciales a simples ejecutores del nazismo.

Desde entonces, cualquier persona involucrada directa o indirectamente en la "solución final" corre el riesgo de ser procesada. Una forma para que la justicia alemana "corrija tardíamente una práctica que durante mucho tiempo fue indulgente, incluso benevolente, con respecto a los criminales nazis", me dijo Guillaume Mouralis, director de investigación del CNRS (Centro Nacional para la Investigación Científica de Francia).

La apertura de la audiencia se retrasa y la tensión aumenta. Los jueces finalmente entran a sala. Todos los ojos están puestos en una mesa vacía, detrás de la cual debe sentarse el acusado. Dos paramédicos ingresan seguidos por un anciano que avanza con paso firme pese al andador. Su mano sujeta una carpeta de cartón azul detrás de la cual oculta su rostro para escapar de las cámaras, que pueden tomar imágenes antes del juicio.
 

Josef Schütz oculta su rostro de las cámaras al iniciarse el juicio en su contra, el 7 de octubre de 2021 (AFP / Tobias Schwarz)

 

La carpeta se cae, el silencio en la habitación es absoluto. Miro a este anciano bien arreglado con el pelo blanco bien peinado y que viste un jersey con motivos cúbicos multicolores. Parece 20 años menor.

Esta es la primera vez que su rostro aparece en público y no puedo evitar sentirme un poco decepcionado. ¡Cuánto más fácil es imaginarse a los criminales -o presuntos criminales- como seres hostiles y siniestros!

Esto me recuerda el concepto desarrollado por la filósofa Hannah Arendt sobre la “banalidad del mal”: el mal no reside en lo extraordinario sino en las pequeñas cosas.

Desde sus primeras palabras para manifestar su identidad y dar algunos detalles de su vida, el imputado habló con claridad y sin dificultad. Incluso se muestra feliz al evocar su cumpleaños: apagará su “vela 101 el 16 de noviembre”. Se escuchan risas avergonzadas. Rápidamente, su abogado aclara que el señor Schütz no comentará los hechos que se le imputan, ni el contexto de la época.

A partir de ese momento del primera jornada del juicio, y al día siguiente, se contentará con detallar su vida en la granja familiar, luego en el ejército alemán, antes de volver a ser, después de la guerra, un campesino y luego un cerrajero. Apenas se deslizará en un rápido "soy inocente" antes de ser sermoneado por su abogado, que no quería que lo dijera, generando disgusto en las partes civiles que, si no una autocrítica, al menos esperaban una disculpa o un pedido de perdón.

Vista de la entrada del antiguo campo de concentración de Sachsenhausen, en Oranienbourg, Alemania (AFP / Tobias Schwarz)

 

¿Podrían esas palabras curar heridas más profundas? ¿Acaso este juicio no se realiza en última instancia demasiado tarde y con un acusado sustituto? Varios de sus predecesores acusados ​​de crímenes nazis afirmaron ante los tribunales no haber hecho más que "seguir órdenes" sin otra opción. ¿Compartirá la misma opinión?

Tras varias semanas de audiencia, el anciano continuó hundiéndose en su silencio. Es cierto que, habiendo el nacionalsocialismo penetrado toda la sociedad alemana desde 1933, ser un opositor no era fácil. Solo había un puñado de combatientes de la resistencia en Alemania: entre los más conocidos, los estudiantes del colectivo “White Rose”, ejecutados por haber distribuido folletos en la universidad.

Me surgen preguntas. ¿Podría al menos haber pedido cambiar de puesto, departamento o asignación? ¿Es acaso fácil rehacer la historia, tantos años después, situándonos del lado del Bien cuando no sabemos cuál habría sido nuestra propia actitud en aquel momento?

Como demostró el historiador Robert Paxton en “La France de Vichy”, el estado francés participó en la deportación de los judíos y pocos se resistieron. Pero las partes civiles esperan una disculpa: “Entiendo que, empujado por el miedo a las represalias, no desertaste. ¿Pero cómo pudiste dormir tranquilo durante tanto tiempo?”, pregunta con emoción el hijo de una víctima, Christoffel Heijer, de 84 años.

Está claro que, a pesar de los esfuerzos pedagógicos para enseñar sobre esta oscura etapa de la historia alemana, el pasado sigue molestando, especialmente a las generaciones mayores, como explica la historiadora Barbara Stambolis: “Es natural que las personas mayores deseen enumerar sus buenos recuerdos en retrospectiva. Y que aquellos que han pasado por cosas terribles necesiten olvidar o encubrir algunas de ellas, porque eso les pesará toda la vida. Y porque tienen miedo de transmitirlo a las generaciones posteriores ”

Algo de eso sé debido a mi historia personal: de origen franco-alemán, crecí en esta dualidad histórica con un bisabuelo detenido y deportado a Alemania para realizar su Servicio Obligatorio de Trabajo (STO). Y por otro lado su contraparte alemana ... un reclutador local para futuras SS.

El mariscal Philippe Pétain durante su juicio por colaboracionismo con la ocupación nazi de Francia. Fue condenado a muerte el 15 de agosto de 1945 a los 89 años, pena conmutada a cadena perpetua debido a su edad (AFP / -)

 

Este último es una oveja negra de la que nadie quiere hablar en la parte alemana de mi familia. Sin embargo, saber el por qué de las cosas es interesante: ¿Tuvo la opción de realizar otra actividad? ¿Por qué lo hizo? ¿Qué hizo realmente? Tantas preguntas que me molestan y que nunca pude contestar. Cuando les pregunté a mis abuelos, obtuve la misma respuesta una y otra vez: “Estas son historias viejas, olvidemos el pasado”.

Incluso mi madre nunca supo realmente de qué se le acusaba. Recuerda a un "lindo abuelo" que pasaba mucho tiempo con ella, llevándola en su motocicleta o mostrándole sus colmenas que contunuaría su vida en paz hasta jubilarse como zapatero. Recién cuando mi madre tuvo 30 años, más de 25 después de la muerte de su abuelo, supo de su turbulento pasado a través de un ex compañero: habría permanecido al menos un año en la prisión de Marburg, en Hesse (oeste) después de la guerra. Pero aún no hay detalles sobre por qué...

Por mi parte, la única imagen que tengo sigue siendo una vieja foto suya en blanco y negro, detrás de la puerta de un pasillo poco visitado de la casa de mi abuela: su rostro frío posa con un atuendo en el que se ve el "Reichsadler", el águila imperial ampliamente utilizada durante el nazismo. Un detalle que me da escalofríos cada vez lo veo: luce un bigote rectangular perfectamente cortado que recuerda al del Führer.

Adolf Hitler ovacionado en el Reichstag, en marzo de 1938 (AFP / Ho)

No sé mucho más, ni de fuentes familiares ni de registros oficiales, ya que Alemania Occidental hizo todo lo posible por barrer este fatal episodio de su historia bajo la alfombra. En cualquier caso, se necesitaban las fuerzas vitales para reconstruir el país y enfrentar al nuevo enemigo comunista, como me explicó el historiador Guillaume Mouralis.

Mi persona se moldeó siempre a través de esta dualidad histórica, con un lado luminoso y un lado oscuro, de víctima y verdugo, de héroe contra bastardo. Aunque, por supuesto, elegí "mi lado" y no me avergüenza decir que mi parte alemana tiene un pasado turbulento, como el de tantas familias germanas.

Pero es ahí donde finalmente me doy cuenta de la utilidad de estos juicios y de mi profesión: recordar este pasado en todas sus formas, especialmente en los medios de comunicación. Es en estos momentos cuando me siento útil y me enorgullezco de ejercer el periodismo.

Adolf Hitler en París, frente a la Tour Eiffel junto al arquitecto Albert Speer (i) y el escultor Arno Breker, el 23 de junio de 1940 (AFP / Ho / )

Relato de David Courbet en Berlín. Edición y maquetación: Michaëla Cancela-Kieffer en París. Traducción y edición en español: Yanina Olivera Whyte

 

David Courbet