Un torrente de tristeza
MOCOA, Colombia - Piedras, piedras, piedras. Del tamaño de una casa, de un carro, de una cama. Piedras donde había hogares o escuelas. Juguetes, ropa y muebles: todo aplastado por las piedras. Es todo lo que se ve.
Poco antes de la medianoche del viernes 31 de marzo, esas piedras fueron arrastradas por la fuerza del agua y el lodo, destruyendo barrios completos de la ciudad de Mocoa, en el sur de Colombia.
El sábado en la mañana empezamos a saber de a poco lo que había pasado: a las 09H00 se informó que el alud dejaba 16 muertos, dos horas después eran 92 y al cierre de ese día más de 200 fallecidos.
El fotógrafo Luis Robayo, basado en la ciudad de Cali (oeste), llegó el mismo sábado. Viajó en avión hasta la ciudad de Puerto Asís y de ahí en auto a Mocoa. La mañana del domingo, el videasta Guillermo Legaria y la periodista Lissy De Abreu -que viajamos desde Bogotá- nos unimos a la cobertura.


Entre los primeros sitios que visitamos estuvo uno de los lugares más afectados por la avalancha, el barrio San Miguel. Nos encontramos con la viva imagen de la destrucción: piedras gigantes que se habían tomado el espacio de casas y calles, y por las que teníamos que saltar mientras buscábamos hablar con sobrevivientes y documentar la catástrofe.

Íbamos de una piedra a la otra, a veces haciendo equilibrio sobre un colchón enlodado o usando las vigas de una casa como puente. Si resbalábamos, nuestras botas quedaban atascadas en el barro, espeso, pegajoso y con un olor penetrante que invadía todo el ambiente.
A nuestro alrededor también sorteaban el lodo rescatistas, otros reporteros, damnificados que buscaban recuperar enseres y oportunistas que sacaban piezas de un camión, aunque reconocían que no era propio, o cargaban una nevera o silla. No sabíamos bien quién era quién.
De las zonas arrasadas, una de las imágenes que permitía ver la violencia de lo ocurrido, más allá de las piedras y casas destruidas, eran los postes de luz que quedaron en pie: puertas, vigas, marcos de ventanas habían tomado forma de herradura al toparse con estas estructuras y ahí habían quedado. Era fácil imaginarse la fuerza del agua que las doblegó.


En nuestras primeras horas en Mocoa fuimos al refugio más grande para damnificados. El dolor se imponía. Personas que habían perdido una decena de familiares o padres desconsolados porque no habían podido sujetar con suficiente fuerza a sus hijos para evitar que los arrastrara el alud.
Para nosotros, sin embargo, la experiencia más dura fue la del cementerio, al que accedimos el lunes 3 de abril: había policías en la entrada pero ese día nos abrieron la reja sin preguntas, luego de que hasta la víspera impidieran el acceso a la prensa.
En una loma encontramos la cara más dura de la avalancha: decenas de familias llorando y enterrando a los suyos –más de 300 personas murieron-, personal de la Cruz Roja separando de ataúdes a madres desesperadas, baúles de todos los tamaños que iban y venían, y también cuerpos que pasaban por detrás de nosotros dentro de lonas blancas.


Olor a muerte y mucho dolor. Un cadáver cayó al lado de Guillermo, que instintivamente alcanzó a voltear su cámara antes de darse cuenta de lo que había pasado. Un grupo de familiares le rodeó segundos después, acusándole de amarillista: "Tuve que explicarles que no era mi intención mostrar esas imágenes y mucho menos faltarles el respeto. Pedí disculpas, les expliqué que no las usaría y me aparté".
Momentos después, mientras entrevistábamos a un voluntario que cavaba hoyos para sus vecinos, se nos acercó una señora, que caminaba sostenida por dos de sus hijas. Aún no habíamos sido capaces de interrumpir a ninguna familia para que nos contara su historia en ese contexto, pero Flor Enil quiso recordar con nosotros a su hijo, su nuera y su nieta, todos muertos en el alud.

Hacía un momento lloraba desconsolada, pero ahora se mostraba un poco más entera: "Eran tres en uno" nos dijo sobre la joven familia, mientras primos y hermanos comenzaron a mostrar fotos y videos de los fallecidos en sus teléfonos.
Resultó que la hija de la pareja tenía año y medio, como mi propia hija, y en su primer cumpleaños la decoración había sido de la princesa preferida de mi Lucía. Cuando Flor Enil terminó de hablarnos, apagamos la cámara y el grabador. Di la espalda a todo aquello y lloré viendo hacia la montaña: a mi derecha un hombre de unos 50 años hacía lo mismo.

A Luis, también padre reciente, le impactaron las decenas de casos de niños muertos y desaparecidos. Igualmente la imagen de los familiares cavando con sus propias manos y herramientas los huecos en la tierra rojiza del cementerio y las familias enteras que removían escombros en las zonas devastadas para buscar a sus muertos.
Guillermo, en tanto, mantendrá en su memoria a Antonia, quien le dio un "tour" por lo que había quedado de su casa: "Aquí está mi pieza, esta es la cocina", le decía mientras resbalaba entre los escombros e intentaba en vano contener el llanto por la desaparición de su madre.
Los tres, aún en Mocoa o tras volver a nuestras casas, tuvimos que llorar para procesar todo aquello. No sin algo de vergüenza a parecer más débiles, incluso, que quienes vivieron directamente el alud y aún así hablaban de planes de futuro, de reconstruir sus casas y sus vidas en otros lugares.
Nos quedamos con números de teléfono de personas que buscaban familiares, con imágenes de desaparecidos que nos enviaban por si presenciábamos un rescate y les reconocíamos. Pero, sobre todo, con la fuerza de personas que tenían poco, se quedaron sin nada, perdieron mucha gente querida y seguían hablando de enfrentar la vida con "valentía".

