La desesperada lucha por respirar
Manaos - En el inicio de la segunda ola de contagios, los casos de covid-19 se extendieron como un reguero de pólvora en Manaos, mi ciudad natal, capital del estado brasileño de Amazonas.
Como tantas otras personas, de repente me encontré tratando de brindar atención médica a un familiar que se asfixiaba en casa: mi suegra, Dilza Maria Rodrigues, de 71 años.

La trajimos a vivir con nosotros cuando mostró síntomas de covid-19. Pronto empeoró tanto que nuestro médico de familia nos dijo que teníamos que llevarla de inmediato a una unidad de cuidados intensivos.
Empezamos a ir de hospital en hospital, el mismo peregrinaje que yo había hecho tantas veces para documentar como fotoperiodista los estragos de la pandemia en Brasil.


Necesitaba oxígeno desesperadamente. Compramos un pequeño cilindro que duraría unas horas y nos dispusimos a buscar un hospital que pudiera ofrecerle cama y oxígeno.
Sabía, por mis reportajes, que la pesadilla podía tener finales diferentes. La gente estaba desesperada por encontrar oxígeno; Manaos se derrumbaba y la muerte estaba por todas partes, tanto que los cementerios tenían filas de ataúdes en espera de ser enterrados.
Nunca olvidaré el día en que conocí a José Moreira, de 90 años, y su familia. Estaba filmando una historia sobre un grupo de voluntarios que ayudaban a familias a buscar cilindros de oxígeno y llevaron uno para José en el maletero de un auto.

El hombre estaba muy pálido. Los tubos y válvulas se conectaron lo más rápido posible. Después de unos minutos de soporte de oxígeno, su piel recuperó el color.
Pudo sentirse un soplo de esperanza en la casa, pero duró muy poco. Un grito llegó desde el dormitorio: su nieta, Débora García, le realizaba resucitación cardiopulmonar. Demasiado tarde. Vi a José exhalar su último suspiro.


Ahora, la historia estaba dentro de mi casa. Junto con mi esposa, Juliana Milagres, improvisamos una enfermería en una habitación, igual a las que había fotografiado por toda la ciudad, y nos preparamos para nuestro nuevo "trabajo" de intentar compensar el colapso del sistema de salud.

Siempre fui muy cercano a Dilza y a la familia de mi esposa. Tenemos recuerdos felices de nuestros encuentros y paseos familiares previos a la pandemia. Pero eso parece ahora muy lejano.
Al menos yo tenía un solo paciente que cuidar. Pocos días atrás, fotografié a dos estudiantes, las hermanas Laura y Laís de Souza Chaves, que debieron hacerse cargo de ocho integrantes de su familia al mismo tiempo.
Los pacientes en su improvisado hospital incluían a su padre, el enfermero Márcio Moraes, de 43 años, un profesional de primera línea que ahora peleaba por su vida.

Las hermanas carecían de cilindros para proporcionar oxígeno a todos al mismo tiempo. Me dijeron que lo peor era decidir quién lo necesitaba más. Mientras uno respiraba, otro perdía fuerzas.
Cambiaban el suministro de oxígeno sin avisarles, para evitar empeorar la situación. "Me viene un ataque de pánico si escucho la palabra oxígeno. Todo mi cuerpo se estremece", dijo Laís, de 25 años.

El 14 de enero fue uno de los peores días de la pandemia en Manaos: los hospitales se quedaron sin una gota de oxígeno. Muchas personas murieron. Repentinamente, nos enterábamos de amigos y conocidos que ya no estaban.

En algunos lugares, la gente levantó grandes tiendas de campaña para improvisar atención médica. Visité dos: Tenda Uapi, que atendía pacientes indígenas, y Tenda da Salvação, improvisada con láminas de plástico, en el patio trasero de una iglesia evangélica.
Ahora, yo atravesaba la misma odisea de buscar hospital, oxígeno y profesionales de la salud que ayudaran a mi suegra.

Hice cola afuera de la compañía que rellena los cilindros de oxígeno en la ciudad. Allí me crucé con historias increíbles, como la del mecánico de vehículos Josimauro da Silva, de 57 años.
Josimauro estuvo internado con covid en enero. Pero después de pasar la noche en el corredor de un hospital con más de 100 enfermos esperando tratamiento, llamó a su hija y le pidió: "¡Sácame de aquí lo más rápido que puedas o moriré en este lugar!". Le dijo que no había camas, no había oxígeno, no había médicos ni enfermeras para atender a tantos pacientes al mismo tiempo.

Desde entonces, su hija Jessica da Silva, de 22 años, lo cuida en casa. Usó 20 cilindros de 50 litros en los primeros 21 días de tratamiento. Logró pagarlos gracias a donaciones de familiares y amigos.
Por mi lado, finalmente logramos hospitalizar a mi suegra por 15 días. Los médicos confirmaron el diagnóstico de covid-19. En ese período, Dilza perdió a su madre, Zila Maria Brandão, de 98 años, y a su hermana, Socorro dos Santos, de 78, debido a la pandemia.
Mi suegra fue dada de alta el 30 de enero. Pero tuvo que volver al hospital ocho días después. Sobrevivió al coronavirus, que no obstante le dejó secuelas.

Los médicos dijeron que sus pulmones estaban más de 80% comprometidos. En su débil condición, contrajo una infección bacteriana. Nadie, ni siquiera ella, quería regresar al hospital, pero no hubo más remedio: permaneció otros 17 días internada lidiando contra las secuelas del covid. Luego regresó a casa para terminar su recuperación con nosotros.
Yo regresé a las calles a tomar fotografías en cuanto estuvo mejor. Quiero contar esas historias, las de los voluntarios y familiares que luchan -igual que nosotros- por mantener a sus seres queridos con vida.
Mi esposa debió dejar de trabajar para cuidar a su madre y a su hijo de 14 años, Marcelo Milagres, quien también se contagió el virus.
Todo ha sido muy duro, pero tenemos confianza en que vendrán días mejores. Ganaremos la batalla. Pronto nuestra familia recuperará la salud.
Editado por Mauro Pimentel y Joshua Berger; traducido por Yanina Olivera Whyte