Viaje a las vallas, las peleas de gallos a la cubana
LA HABANA, 1 de diciembre de 2015 - Esperé por esta historia varias semanas. Cuando, por fin, aceptaron abrirme las puertas me advirtieron: “No hay entrevistas ante las cámaras”, “no muestras el dinero y, por ningún motivo, citas nombres”. “Eso sí —concedieron—, puedes preguntarnos lo que quieras”. Fueron las condiciones para acceder a esta "valla" o pelea de gallos clandestina.

En Cuba este tipo de espectáculos es tolerado, siempre y cuando no medien las apuestas. Las pujas con dinero se sancionan con cárcel por considerarse un juego ilícito. En países como Colombia, Perú, Ecuador y México las peleas de gallos son una diversión popular que mueve mucho dinero. Incluso gozaron de prestigio en el cine. Un charro de película llevaba pistola al cinto y muchas veces un gallo de vistoso plumaje bajo el brazo, cuando no eran pistola, caballo y gallo juntos. Tal como con las corridas de toros —otra herencia española—, los defensores de animales las aborrecen y presionan por su prohibición.

Para muchos cubanos los gallos son "candela". Adrenalina pura. Una costumbre que incluso merece ser grabada en el cuerpo, como lo refleja el tatuaje que lleva uno de los organizadores de peleas, un hombre joven que sabe como pocos amarrar espuelas a los gallos. Las espuelas, o espolones, para peleas son unas púas largas y sumamente afiladas de metal o plástico que se les atan en la cara interna de las patas, donde tenían originalmente sus espuelas naturales, que les son cortadas.

El martes 24 de noviembre entré a una gallera en las afueras de La Habana. Ahí los gallos son tratados como púgiles. El mánager es conocido como capataz y es quien paga por la manutención del animal. También hay un entrenador, que se encarga de preparar al "pupilo" para el combate a muerte. Las aves aguardan su turno en una jaula de techo alto.

Llega el momento para el gallo azulado. El entrenador lo saca de su "camerino". Con la ayuda de una jeringuilla, el gallo recibe por el pico una dosis de vitamina y "estimulante", lo frotan con una rama de aloe por la parte pelada y le encajan la espuela. Antes de salir al ruedo, el entrenador, un hombre de movimientos rápidos, lo incita a la pelea con un gallo de trapo. Es un boxeador emplumado lanzando los últimos golpes de ensayo antes de subir al cuadrilátero.

La Revolución prohibió por completo las "vallas de gallos" en 1968 por las apuestas. Hacia los ochenta fueron despenalizadas, y el Estado asumió su control. Hoy se celebran bajo la regulación estatal en "sitios oficiales" pero sin dinero de por medio. Pero también se hacen clandestinamente en parajes no autorizados y ahí sí corren cuantiosas apuestas.
El azulado es liberado para la pelea. Las graderías, con varias decenas de personas, ensordecen. Los asistentes, todos hombres —a las mujeres no se les permite participar— , clavan la mirada sobre el ruedo, algunos pareciera que estuvieran en trance y otros sueltan alaridos. Un salto sobre la cabeza, un picotazo, otro salto, una espuela afilada que hiere en cada embestida. Una pelea de gallos puede durar tres minutos o diez segundos, me explican. Aquí el mejor no es el que sobrevive, sino el que mata más rápido. Una descarga de furia que acaba de repente con un animal acuchillado.

—No me hablen —dice el hombre cuando se acercan para consolarlo.
Fue su gallo el que quedó sobre el ruedo. Aprieta el gesto, mete el animal en una bolsa de tela y se la lleva bajo el brazo. Según cuentan los entrenadores, un gallo que muere en la pelea no termina en el plato. Lo entierran. Y algunos cortan la cabeza y la disecan y exhiben como trofeo de caza. Otra imagen no apta para protectores de animales.
Las riñas de gallos son candela. Los cubanos vibran con cada cuchillazo y, claro, con las monedas. Pero esto forma parte del trato: no se muestra el dinero ni se habla de eso en un blog.
Yamil Lage es fotógrafo y videógrafo de AFP en Cuba. El texto fue escrito con Héctor Velasco en La Habana.




