Tras las cenizas de Fidel
La Habana - Pasé una semana estresante persiguiendo las cenizas de Fidel Castro y atravesando Cuba con mis colegas, desde La Habana hasta la otra punta de la isla, volviendo sobre los pasos de esa travesía crucial de 1959 que marcó su llegada al poder.

La ruta de 900 kilómetros, denominada la “Caravana de la Libertad”, dejó esas famosas imágenes de Fidel y el Che Guevara, en la parte de atrás de una camioneta, llegando triunfantes a La Habana entre la multitud que festejaba.
Nuestro viaje terminó siendo mucho más largo que el que hizo Fidel en aquel entonces, porque nos topamos con carreteras secundarias, dimos vueltas, desperdiciamos horas atascados en las calles, o simplemente porque nos perdimos.
Al igual que otros grandes medios de noticias, AFP preparó durante décadas su cobertura de la muerte de Fidel Castro e ideó un ambicioso plan para el descanso del “Padre de la Nación”.
Cinco equipos de fotógrafos y camarógrafos más tres periodistas fueron enviados para documentar el convoy que llevó las cenizas de Fidel por distintos pueblos y ciudades. Lo íbamos a hacer en partes: un equipo cubría la primera ciudad y luego saldría corriendo hasta la tercera, mientras que otro equipo cubría la segunda, y así seguidamente. Era un plan arriesgado. Las rutas estaban cortadas detrás y delante del cortejo. Si quedabas atrapado, te retrasabas durante horas y perdías la siguiente parada.
Enviar nuestras imágenes nos generó otro desafío logístico. Solemos enviar el material a través de internet, un medio bastante restringido en Cuba. Otra manera es hacerlo por satélite, aunque ello implica costosos impuestos de importación. La única manera de conectarse es a través de zonas públicas de wifi, a las que se accede con tarjetas prepagas y donde la conexión es frágil. No tener internet fue más desafiante de lo que esperaba. Pierdes el rastro de lo que sucede en el resto del mundo o de los días de la semana.
La cacería comenzó un miércoles, temprano, cuando el convoy de una docena de autos, que acompañaban el cortejo con las cenizas, se dirigió hasta la pintoresca y costera Avenida Malecón, en La Habana.
El helicóptero que seguía el desfile se convirtió en un indicador remoto de la evolución de la caravana. El cortejo era simple: una urna de cedro marrón con las cenizas, rodeada de rosas blancas y cubierta por una caja de cristal, viajaba en la parte trasera de un jeep verde. “Fidel Castro Ruz”, se podía leer en en la parte de atrás de la urna.

La caravana manejaba más rápido de lo esperado y uno tenía que planear las tomas cuidadosamente para obtener la imagen del féretro en esos 10 segundos en los cuales estaba a la vista (y rezar para que nadie irrumpa en el cuadro inesperadamente). La gente caminaba por las calles, animando y saludando. Era un mar de banderas cubanas.
La misma escena se repetía en todos los pueblos y ciudades a lo largo de la ruta. En cada sitio, los altavoces pasaban la melodía “Su nombre es pueblo”, una oda a los combatientes que murieron por la patria, de la diva Sara González, una especie de Edith Piaf cubana.
Uno de los grandes momentos fue cuando el cortejo pasó delante del memorial del luchador comunista Ernesto Che Guevara, en Santa Clara. Miles de personas esperaron durante horas, y se estrujaron unos a otros cuando el convoy de Fidel pasó frente a la estatua en tamaño natural y con cabello ondulado del revolucionario, a la medianoche. Sus cenizas pasaron la noche junto a los restos de su antiguo compañero, unidos una última vez.

Nuestro chofer, Carlos, era un cubano con un sentido del humor afilado y una orientación cuestionable. También tenía la tendencia de desviarse frente al tráfico inminente, en general para evitar los baches gigantes en las rutas. Llegó incluso a recibir una palabrota por parte de un desafortunado policía que casi nos choca de frente.
Todas las noches, en el camino a nuestro alojamiento, nos perdíamos. Las indicaciones en la ruta son escasas y, en Cuba, están alejadas las unas de las otras. La costumbre es ponerse al lado de un negocio y simplemente gritar su destino, a la espera de que alguien señale (con suerte) la dirección correcta.
Desplazar un elaborado cortejo fúnebre a través de todo un país supone cierta organización. Nos quedamos varias veces atrapados en la carretera. A veces, porque adelante estaban despejando la ruta para que pase Fidel, otras para permitir el paso de extensas caravanas de autobuses y camiones que transportaban a los lugareños hacia donde pasaría el cortejo. Conocida por ser difícil, la policía fue más bien de ayuda, sobre todo después de ver nuestras credenciales de prensa. Y cuando uno insistió en bloquearnos, logramos escurrirnos por una ruta paralela.

En otra ocasión convencimos a las autoridades de que nos permitieran conducir en el medio de la guardia de honor de Fidel durante todo el camino hasta una zona con conexión wifi. Ésta resultó estar en la misma plaza donde las cenizas hacían una parada, lo que implicó miles de miradas inquisitivas de la gente a medida que pasábamos. Archivé mi video justo a tiempo para agarrar mi cámara y filmar el cortejo. Había algunas veces como éstas, en las que las cenizas de Fidel terminaban persiguiéndonos.
Las noches eran largas y el descanso era corto. La persecución nos dejó poco tiempo para explorar el país en nuestras horas libres. Durante el duelo oficial, además, estaban prohibidas la música en vivo y la venta de alcohol, lo que significaba que dos de las exportaciones más famosas de Cuba estaban fuera de nuestro alcance.
Por todos lados había carteles que elogiaban a Castro. Quizás él haya dicho que no quería estatuas o instituciones a su nombre, pero el culto de la personalidad lo compensa.

Palabras como “Yo soy Fidel” o simplemente “Fidel” decoraban paredes y edificios, muchas veces escrito con pintura aún fresca. Esto me hizo preguntarme cuán presente estaba el discurso revolucionario en la vida de la gente.


Fidel Castro tenía un legado ambivalente: algunos lo consideraban un salvador y campeón de los pobres, otros lo creían un dictador que aplastó a la oposición. Entre los cubanos que salieron a ver su último viaje a través de la isla, vi un tributo a un hombre que en gran medida definió sus identidades a lo largo de cinco décadas. La tristeza que vi era cruda y real, como los soldados jóvenes sollozando mientras pasaba el cortejo.

Nuestros diversos equipos convergieron en la ciudad de Santiago, al este, en la última parte del recorrido de Fidel: su llegada, paradas en puntos clave donde comenzó su revolución en 1953, y finalmente el entierro. Nos dijeron que recibiríamos una retransmisión en vivo de la ceremonia de la televisión pública. Quince minutos antes del inicio, ese plan fue cancelado. "Esto es Cuba", les dijimos a nuestros jefes en París.
Las imágenes posteriores mostraron a Raúl Castro colocando la urna con los restos de su hermano en una cripta de piedra, y soldados colocando una placa de metal sobre la abertura con la simple inscripción: Fidel.

El viaje de Fidel había terminado pero aún teníamos 16 horas de regreso a La Habana para tomar nuestros vuelos a casa. Nuestra carrera nos había permitido echar un vistazo a una nación que le decía adiós al único líder que muchos de ellos conocieron. A veces la persecución fue increíblemente estresante, pero también había una emoción de presenciar la Historia. Dentro de unos años miraré hacia atrás y podré decir, con orgullo, que yo estuve allí.