En Brooklyn, una fiesta callejera para Hillary
NUEVA YORK - A menudo Hillary no parece realmente feliz en público, aunque esta vez, de pie en la parte trasera de un camión en Brooklyn, sí lo estaba. Venía de perder varias primarias contra Sanders, pero Nueva York es su casa, estaba adelante en los sondeos y la muchedumbre le demostraba su afecto.
Era un domingo a la tarde, el sol brillaba y sus seguidores la recibieron con una fiesta callejera en Bedford Stuyvesant, el corazón negro de Brooklyn de casas de piedra rojiza que se está aburguesando rápidamente con el desembarco de familias blancas de clase media.
El ambiente era relajado aunque todo estaba bien organizado. Había un castillo inflable para los chicos, que podían pintarse la cara, y palomitas de maíz para todo el mundo. Por los altavoces sonaba de fondo música bailable a cargo de un DJ, un cambio bienvenido en comparación con la música de la campaña en la que participan Katy Perry y Rachel Platten.

Los primeros oradores intentaron emocionar con historias de gente que logró superar las dificultades con esa combinación estadounidense de fe y perseverancia, y convencer de las razones por la que todos debemos votar a Clinton para tener un Estados Unidos más justo, tolerante y seguro.
De pronto surgieron gritos de "¡Está aquí, está aquí!" entre la relativamente pequeña asistencia, la mayoría mujeres, apiñada contra el cordón de seguridad delante del camión.
Hillary apareció resplandeciente, con un abrigo verde, maquillaje y bien peinada a pesar de haber llegado esa mañana desde Los Ángeles, en la otra punta del país, y haber estado ya en un primer acto de campaña.

Tras ser presentada por el alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, que solía trabajar para ella, la exsenadora subió los escalones para alcanzar la parte trasera del camión, le dio un beso a su anfitrión, abrazó a otros seguidores y se lanzó en una versión sencilla de su discurso habitual de campaña.
Al final, los rayos del sol la bañaron, una imagen premonitoria de la victoria que llegaría el martes silenciando algunas críticas y dejando la candidatura de Sanders en la cuerda floja.
No solo parecía feliz, sino que se trataba de la Hillary Clinton más relajada que me ha tocado ver hasta ahora.
En un acto en New Hampshire en febrero, donde sufrió una dura derrota contra Sanders, la escuché dar el mismo discurso, su típica performance, articulada pero más bien rígida.

Su esposo Bill también estaba ahí, pero no hubo ocasión de acercarse a los Clinton. Los reporteros de la prensa escrita fueron sentados al fondo de la sala, detrás de las cámaras, tras hacer una larga fila de espera con temperaturas muy bajas.
Otro acto de Hillary que cubrí en Harlem empezó con una larga espera en un bus, solo para avanzar hasta la vuelta de la esquina y pasar 10 minutos viéndola interactuar con gente en una pastelería.

En Brooklyn, me encontré como parte de la audiencia. Y los imité. No había control de aparatos electrónicos, ni preguntas ni pedido de identificación. Por supuesto, los servicios secretos estaban allí, pero eran discretos.
Cuando terminó el discurso, estallaron los aplausos y empezó el circo de las selfies.
Clinton se acercó hasta el perímetro de seguridad para tomarse fotografías con la gente.
Una vez un miembro de su equipo dijo que las selfies eran un regalo para Hillary. Menos carismática que su marido, le ayudaban a acercarla a la gente a falta de una conversación entradora.

No lejos de este lugar, su rival Bernie Sanders había reunido una multitud de 28.000 personas, según su campaña.
Sin dudas Clinton había sido incapaz de movilizar el fervor y la pasión que el senador de Vermont ha despertado entre los jóvenes con sus propuestas de una universidad gratuita, cobertura médica como un derecho y el fin de la influencia de los multimillonarios en la política del país.
Pero la base de Clinton es fiel y comprometida y, lo más importante, fueron a votar en Nueva York, donde los demócratas tenían que registrarse en octubre pasado para poder hacerlo, es decir meses antes de que la candidatura de Sanders despegase.

Sin la atención mediática que crean las controversias de Donald Trump, la implosión del Partido Republicano o la revolución prometida por Sanders, Clinton aparece más segura que nunca de hacer historia y convertirse en la primera mujer al frente de la Casa Blanca.
"Fue grandioso", dijo Abbie Scott, una madre afroestadounidense que esperó bajo el sol con su aburrido hijo de seis años para estrechar la mano de la candidata.
De 25 años y en busca de un trabajo, no tenía la menor duda de que Clinton debe ser presidenta. Clinton es una luchadora y prueba que cualquiera puede hacerlo si se empeña, dijo. "Es una mujer maravillosa", resumió.
